Introducción a la Democracia Real

 

 

Generación Aconcagua es una Asociación Civil conformada por personas que trabajan en el estudio y desarrollo de nuevas formas organizativas en el ámbito social. Ya se han publicado algunos trabajos referidos a la propuesta de un nuevo sistema económico y acerca de la No-Violencia como metodología de acción para generar los cambios.

En este caso se ha abordado el tema de la crisis de la democracia formal y se ha intentado avanzar en el análisis de algunos temas a tener en cuenta para construir una democracia real, directa y participativa.

Como siempre el interés es efectuar un aporte, sumar un granito más de arena a la construcción de un mundo más humano.

 

Introducción

           

Este trabajo no pretende ser más que una aproximación al tema de la Democracia Real, un simple borrador con algunos puntos de vista. Podríamos habernos extendido mucho más en citas bibliográficas, en el análisis de la problemática y en el detalle de las propuestas, pero entendemos que la urgencia del momento actual requiere de respuestas rápidas y en lenguaje llano. Hay quienes establecen algunas diferencias entre democracia directa y democracia participativa, en cuanto al poder de decisión que debe tener el pueblo. En este trabajo preferimos hablar de Democracia Real, en contraposición con la Democracia Formal actual, y entendemos que tanto lo que se entiende por “directa” o “participativa”, en realidad son aspectos de una misma cosa: el pueblo tiene que poder participar opinando pero también tomando decisiones.

Por otra parte, sería una gran contradicción elaborar un producto terminado de un modelo de sociedad, si se pretende precisamente que sea una sociedad participativa. Hay numerosos ejemplos en la historia de la humanidad acerca de lo que sufrieron muchos pueblos cuando se les pretendió implantar un esquema rígido de organización social, diseñado en el laboratorio de cuatro iluminados.

El diseño de un sistema de Democracia Directa y Participativa, debiera ser desarrollado en base a un estudio de experiencias anteriores, en base al aporte de ideas de especialistas, y sobre todo en base a la opinión de sus actores, los ciudadanos.

                       

La crisis de la Democracia Formal

 

Aquel párrafo de la constitución que expresa “.....el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes....”, no parece adecuarse a este momento histórico a la luz de la crisis de representatividad que, si bien ahora ha provocado un estallido en el caso particular de Argentina, es un problema vigente en todo el mundo.

Sería un error de apreciación considerar que la crisis se limita a la representatividad de algunos funcionarios o políticos, y que si los reemplazamos por otros solucionaríamos la crisis. Desde luego que cuando un sistema se corrompe, los peores se instalan en la cima, y desde luego que hay que sacarlos de allí, pero cuando la crisis es del sistema, cualquier recambio será más de lo mismo.

Nunca está de más aclarar que cuando nos referimos al fracaso de la democracia formal, lo decimos siempre con la intención de que se avance hacia alternativas más participativas y en ningún caso dejar un resquicio para interpretaciones tendenciosas que pretendan insinuar un retroceso al autoritarismo.

Acá no se trata solamente de un problema con los personajes corruptos o ineficientes que ocupan cargos públicos, acá se trata de una crisis total de las instituciones.

Por ejemplo, si entrevistáramos a 100 médicos recién recibidos de una facultad y descubriéramos que hay 30 que no tienen la menor idea de qué es el fémur o en que lugar del cuerpo está el hígado. ¿Pensaríamos que es un problema acotado a esos 30 médicos o pensaríamos que la Facultad de Medicina funciona muy mal y hay que hacer cambios profundos en ella?; seguramente lo segundo, porque no es concebible que un médico no tenga esos conocimientos tan sencillos ya que forman parte de su especialidad..

Del mismo modo, cuando vemos que en la justicia y en las fuerzas policiales hay gran cantidad de funcionarios corruptos, o policías que delinquen y asesinan, ¿Podemos minimizar el tema hablando de que son sólo un porcentaje?, de ninguna manera porque se trata precisamente de quienes se supone deben combatir los delitos y aplicar la justicia.

Del mismo modo, cada vez que vemos políticos que se supone deben defender los derechos de los ciudadanos hacer todo lo contrario, o vemos legisladores que votan leyes para perjudicar a la gente y beneficiar al poder económico, o a un poder ejecutivo que negocia a espaldas del pueblo que se supone lo eligió para que lo defienda, no podemos pensar que se trate solamente de malos ejemplos. Se trata de problemas estructurales, se trata del derrumbe de las instituciones.

Cuando vemos que una y otra vez hay cúpulas sindicales que traicionan a los trabajadores, cuando se supone que su función es defenderlos, ¿Podemos hablar de excepciones, o tenemos que hablar de que todo está podrido?.

Si uno presiona una madera con el dedo en 4 o 5 lugares al azar y el dedo se hunde haciendo un orificio por efecto de las laboriosas polillas ¿decimos que casualmente se apolilló en esos 4 o 5 puntos, o decimos que toda la madera está apolillado y no sirve para nada?.

En todos los casos el problema no son sólo los individuos, el problema es que el sistema ya no sirve.

Muchos hablan de estas cosas y dicen que hay problemas de corrupción “estructurales”. Desde luego que se acercan más a la verdad que quienes hablan de excepciones. Pero en todo caso nadie dice cómo se resuelven los problemas estructurales, o peor aún, nos quieren hacer creer que se resuelven desde adentro, rescatando a instituciones que ya no funcionan, porque seguramente quienes hablan así son parte del problema y no quieren verse afectados por los cambios.

Si un edificio tiene una falla pequeña, se lo puede rescatar arreglando esa falla, pero cuando empieza a fallar por todos lados, cuando hay más goteras que techo, cuando las columnas se derrumban y las paredes se resquebrajan, es hora de demoler ese edificio y construir otro totalmente nuevo y distinto.

 

La división de poderes

 

Es muy común escuchar hablar en los medios de prensa acerca de los problemas que existen cuando no se respeta la división de poderes, cuando el Poder Ejecutivo invade o presiona al Judicial, o cuando el Judicial toma decisiones políticas, o cuando los legisladores influyen en los jueces, etc.

Ocurre que en la génesis de las primeras democracias, la división de poderes era un baluarte del equilibrio democrático, para garantizar decisiones reflexionadas y debatidas, sujetas a mecanismos de contrapeso y control. Diversos poderes, organismos de control y cámaras legislativas con representación de diversos partidos deberían garantizar el equilibrio y evitar cualquier concentración de poder.

Sin embargo, a nadie escapa el hecho de que hoy en día, los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial, y hasta el denominado cuarto poder de la prensa, todos ellos responden a un único poder absoluto: el poder económico.

Con dinero se compran medios de prensa, legisladores, jueces, ministros y presidentes. Se compran comisarios, policías y funcionarios de todo tipo. Con dinero se compran sindicalistas y políticos. Y cuando decimos que se compran, lo decimos en sentido amplio, porque en algunos casos se trata de actos de corrupción para hechos puntuales, pero en general se trata de mafias organizadas donde todos son “hombres de negocios” que ejercen la función pública en representación de los intereses económicos.

Desde luego que este proceso por el cual el poder del dinero ha comprado a las instituciones democráticas para ponerlas a su servicio viene avanzando desde hace muchos años, hasta que se transformó a todo el sistema institucional en una gran empresa con diferentes negocios. A veces hay “gerentes” de esta empresa que se pelean entre ellos por superposición de intereses o diferencias en sus negocios, pero todos pertenecen al mismo cartel. Por eso es muy difícil encontrar gente decente en los partidos políticos tradicionales acostumbrados al poder, porque ya desde sus primeros pasos comenzaron a pervertirse, y si no lo hicieron abandonaron el partido.

Y por supuesto que en esta “gran empresa”, dedicada al negocio de dar prebendas al poder económico a cambio de una parte del botín, es necesario aprobar leyes, y para eso están los “gerentes legisladores”, o es necesario instrumentar medidas ejecutivas, y para eso están los “gerentes ministros” o el “director presidente”; también es necesario que se apliquen urgentemente algunas leyes o que se hagan oídos sordos de otras, y para eso están los “gerentes jueces y comisarios”. Y también es necesario que muchas cosas no se sepan, que otras se transmitan mal y que otras se propagandicen, y entonces aparecen los “gerentes formadores de opinión” que en los medios de difusión nos pintan el mundo que quieren que veamos.

Y todo esto está interconectado funcionalmente. No es que para cada nuevo negocio que quiera hacer el poder económico, tenga que ir a sondear a un funcionario para ver si lo puede sobornar. No, la cosa ya está sumamente organizada y orquestada desde hace tiempo, inclusive con “operadores” que ponen la cara por otros para evitar futuras investigaciones de algún “gerente enemigo” ocasional. Los circuitos ya están aceitados para que la maquinaria funcione.

Alguien dijo alguna vez “hecha la ley, hecha la trampa”. Pues ese refrán ha quedado totalmente superado: primero planifican la trampa, y luego hacen la ley a medida. Si alguien quiere hacer un negocio con una empresa constructora en un municipio, planifica con los funcionarios qué es lo que se va a hacer y luego saldrá la ordenanza y la licitación a la medida del constructor. Si alguien quiere el negocio de los documentos, planifica con los funcionarios correspondientes el negocio, y luego sale la ley que obliga a todos a renovar los documentos. Si alguien quiere el negocio de la jubilación privada, primero se sientan a planificar el negocio y luego sale la ley que le da el marco jurídico. Y así podríamos poner miles de ejemplos, y en todos veremos la misma mecánica, donde la maquinaria institucional se mueve al servicio del poder económico, con tanta perfección como si hubiese sido creada para ello.

Y desde luego que todo esto se hace tratando de mantener la cobertura legal ¡obvio, si para eso son las instituciones!, y solamente cuando por alguna pelea entre “gerentes” aparece una cámara oculta escrachando a un coimero de poca monta, solo entonces aparece a la luz el delito y “se hace justicia”. Desde ya que todo está muy resguardado para que no haya pruebas de la infamia. Pero a pesar de que solamente en algunos lugares de la madera se vean los agujeros, la gente intuye que está toda apolillada.

Por eso, hablar de división de poderes, en este contexto, es hablar en todo caso de corporaciones dentro de una gran corporación que velan por su sector, para que nadie les birle su parte del negocio, pero nunca podemos hablar de democracia.

 

La representatividad

 

Se supone que los tres poderes de la democracia representan los intereses del pueblo. En algunos casos, como los jueces y comisarios no son elegidos directamente por el pueblo, cosa que debiera ocurrir en una democracia real, pero todos directa o indirectamente se supone que ocupan el lugar que ocupan porque el pueblo ha elegido a sus representantes del legislativo y ejecutivo en una elección democrática, y a partir de allí se va organizando todo.

Y efectivamente, salvo las interrupciones de los gobiernos de facto, que roban y asesinan de facto, se supone que el resto de los gobiernos ejercen el poder que les delega “el soberano”, el pueblo. Sin embargo, gran paradoja, el pueblo los aborrece al poco tiempo de emitir el voto, y a veces los aborrece desde antes de votarlos pero siente que no tiene muchas opciones.

Es como si alguien fuera a un negocio de comidas, y en las vitrinas donde las exhiben, solo hubieran dos o tres platos para elegir; y resulta que todos los platos son un asco, pero no hay otra cosa y uno termina llevando el menos repugnante para no morirse de hambre.

Nos dejan elegir entre lo que exhiben en la vitrina, pero antes alguien eligió por nosotros que opciones debía contener la vitrina.

Esta es una trampa formidable de la democracia formal. Elegir entre falsas opciones.

Si pudiéramos realizar un estudio con rigor científico sobre las condiciones en cuanto a capacidad de trabajo, idoneidad, honestidad, efectividad, etc. de todas las personas de un país, y de acuerdo a los resultados elegir lo que mejor nos parece, seguramente otro sería el resultado de las elecciones. Tal vez descubriríamos que el mejor presidente es tal o cuál profesor universitario, o que el mejor concejal es tal vecino o tal ama de casa, o que el mejor legislador es una maestra o un obrero, etc. ¿Pero cómo hacemos para que toda la población conozca esos atributos y pueda elegir con ese conocimiento? . ¿Acaso podremos esperar que el cuarto poder de la prensa, también manejado por el poder del dinero, ilumine con sus pantallas y primeras planas a un candidato honesto con el que no van a poder hacer negocios, ni ellos ni sus socios?

¿Cómo hace el hambriento para que las vitrinas con platos de comida ofrezcan lo mejor y no lo peor si él no está donde se cocinan las cosas?

Una de las principales crisis del actual sistema democrático representativo consiste en que la opción para elegir está restringida por factores que el pueblo no maneja.

 

Los partidos políticos

 

Una posible respuesta a esta paradoja de la democracia formal sería decir que si la gente participara en la democracia partidaria, tendría voz y voto en la definición de los candidatos, y por lo tanto podría luego elegir entre mejores opciones. Y esta respuesta podría implicar tanto participar en los partidos que suelen turnarse en el poder, o en partidos más pequeños, o directamente generar nuevos partidos. El problema está entonces en cuales son los mecanismos democráticos o supuestamente democráticos de los partidos, y cuales son las dificultades de participación que puedan hacer inviable esta opción.

Desde ya que mucha gente honesta que ha intentado incursionar en las marañas de las trenzas de poder de los partidos tradicionales, ha desistido del intento con impotencia y desencanto, y eso es totalmente comprensible. Pero también es verdad que cuanto menos participa la gente, más fácil es para los crápulas tener pista libre para llegar a la vitrina y convertirse en opción. Y desde ya que luego mucha gente puede decidir no votar a nadie, votar en blanco, impugnado o no votar, pero con eso sólo consigue disminuir el universo de votos válidos, ya que de todos modos los mismos de siempre se terminan repartiendo los cargos.

Antes decíamos que los tres poderes de la democracia formal, a través de un proceso de varios años se han ido vendiendo al poder económico hasta conformar una gran corporación donde todos sus miembros tienen intereses comunes. Pero el poder económico no comienza a corromper a los funcionarios en el minuto posterior a su elección en el cargo, sino que ya desde antes, desde el ascenso en las trenzas partidarias de los partidos tradicionales comienza la rosca: ¡No vaya a ser que se lleven la sorpresa de que en las internas ganen las personas decentes!. Que se les cuele algún decente por distraídos, puede ser, y luego se encargarán de comprarlo o de aislarlo y difamarlo, pero el conjunto de las primeras líneas siempre deberá responder a sus intereses. De lo contrario no habrá dinero para las campañas políticas.

Mucha gente se pregunta cómo es posible que en ciertas organizaciones gremiales los trabajadores se la pasan despotricando contra la burocracia sindical, contra la corrupción de las cúpulas, y si embargo siempre ganan las elecciones sindicales los mismos dirigentes, y muchas veces se presenta una lista única. Este fenómeno, si bien se agrava por la coacción que se puede ejercer con los disidentes que quieren armar una lista opositora, se explica principalmente por la desproporcionada relación de fuerzas entre un aparato ya montado y la iniciativa de un grupo que no encuentra la forma ni los recursos para llegar a darse a conocer en todas las fábricas, hacer campaña, generar simpatías y lograr el voto de la mayoría descontenta. Por lo general los recambios se dan por divisiones internas entre la misma cúpula, o por el pase a retiro de algunos ancianos, y en ambos casos los reemplazantes cuentan con el aparato y son del mismo palo que los reemplazados. Y aunque por el descontento sea muy baja la proporción de votantes, siempre ganan los mismos o algunos parecidos. Algo similar ocurre en muchos partidos.

Pareciera ser entonces que, así como la democracia se supone que sirve para que los funcionarios representen a la gente y termina siendo al revés, (por lo cual decimos que se trata de una democracia formal); así también podemos decir que los mecanismos partidarios a través de los cuales se supone que todo ciudadano tiene las mismas oportunidades para postularse a ser elegido para acceder al poder, son también formales.

 

La crisis

 

Si bien las limitaciones de la democracia representativa y de la organización interna de los partidos políticos siempre existieron, hay en este momento de la historia razones convergentes que empiezan provocar situaciones de crisis y puntos de ruptura.

Si bien el poder económico siempre estuvo cerca del poder político buscando influir, nunca como ahora el poder económico estuvo tan concentrado ni con tanto poder de presión y chantaje. Nunca como ahora el poder económico atravesó las fronteras globalizando al mundo a su antojo e imponiendo sus condiciones a sangre y fuego.

Si bien siempre existieron los corruptos, nunca como ahora estuvo tan evidente el dinero como el valor central de las sociedades, barriendo con toda otra escala de valores e ideologías. Venderse por dinero ya pasó a ser casi una actitud de “sentido común”, y el pragmatismo suele exhibirse como una virtud, subestimando el idealismo como algo obsoleto.

La sociedad del “sálvese quien pueda” y del individualismo a ultranza destruyó el tejido social y la solidaridad, y a río revuelto los peores se encaramaron en el poder. Si los viejos valores ya no movilizan a nadie, entonces el único factor dinámico es la avaricia y todo se organiza en función de ella.

Pero este comportamiento tan irracional necesariamente lleva al colapso, y lo que hoy ocurre en Argentina es sólo la punta del iceberg. El poder económico acumulando riqueza en forma desmesurada sólo puede sostener su carrera desenfrenada con un creciente empobrecimiento de los pueblos, y para eso las democracias deben ser cada vez más formales y responder a su voluntad. Esto hace que cada vez sean menos creíbles los funcionarios, más groseras las injusticias y más obvios los engaños. Ya no existen márgenes de maniobra para explotar a los pueblos y mantenerlos contentos simultáneamente, porque la explotación es cada vez mayor y porque los pueblos están cada vez más hartos. Y entonces estalla la crisis.

Claro que el mismo sistema intenta capitalizar la crisis de representatividad a su favor, potenciando el descrédito de la política desde los medios de difusión pero cuidándose muy bien de no dar espacio a las verdaderas alternativas de cambio, sobre todo a las que pasen por la organización de la gente o por partidos anti-sistema. De ese modo el poder económico intentará desprenderse en esta próxima etapa de los “viejos cómplices de la política”, que cada vez les resultan menos útiles y les resultan muy caros, y reemplazarlos por nuevos equipos de “técnicos pragmáticos”. No nos debemos dejar engañar por los medios de difusión, porque si bien muchas veces son críticos con lo mismo que aborrece la gente (los políticos tradicionales y funcionarios corruptos), lo hacen con el interés de reemplazarlos por otro tipo de cómplices del sistema y no por la organización de la gente.

Seguramente el sistema intentará nuevas formas de engaño y de chantaje; en la medida que los políticos no puedan ya engañar a nadie saltarán como fusibles y se intentará potenciar “figuras creíbles” desde los medios de difusión, que a veces serán nuevos políticos y a veces otros personajes como empresarios, deportistas y artistas. Pero la crisis de representatividad se irá devorando a todos rápidamente.

Seguramente el sistema probará nuevas recetas para mantener el poder, pero más allá de eso, tenemos que ver qué puede hacer la gente para generar una opción articulada de poder que esté en condiciones de reemplazarlo. Y sea a través de nuevos partidos políticos, o sea con una nueva organización de base social, se deberán resolver las dificultades de representatividad, si se quiere evitar que nuevamente la voluntad de la gente se diluya en la impotencia o se frene con nuevos armados burocráticos de seudos representantes que se terminen atornillando al poder.

 

Las estructuras  

 

La crisis de representatividad e institucional ha generado un comprensible rechazo por parte de la gente hacia las estructuras organizadas. Este fenómeno en un primer momento favorece a los crápulas, ya que sus estructuras corruptas siempre serán más fuertes que los ciudadanos aislados. Sin embargo, en la medida que la desestructuración avanza, se agudizan las divisiones entre las cúpulas y esas fisuras pueden permitir el avance de nuevas formas organizativas por parte de la gente. Pero ante esa posibilidad, el desafío consiste en que la gente pueda conformar un nuevo tipo de estructura organizativa que permita canalizar la voluntad de las mayorías. Las asambleas vecinales seguramente son el indicador de que puede surgir el germen de una nueva organización, pero deberán superar la etapa del espontaneísmo y de la deliberación excesiva, pues de lo contrario será un fenómeno pasajero que no solamente no crecerá sino que se desgastará con el tiempo. Uno de los problemas a resolver es el de poder tener niveles organizativos que permitan la delegación de funciones y responsabilidades sin caer en los estamentos burocráticos proclives a la manipulación y en el mediano plazo a una nueva traición de dirigentes enquistados. En ese sentido la gente tiene muy afinada su intuición para percibir cualquier distorsión, pero al no existir modelos de lo nuevo (precisamente por ser nuevo) se oscila entre formas viejas que no convencen a nadie o el rechazo total a toda forma y la consecuente permanencia en un pluralismo inorgánico que no puede avanzar mucho más allá de lo consignístico o lo reivindicativo.

Tal vez el análisis del concepto de consenso nos pueda aproximar a una respuesta.

 

El ejemplo del juego de ajedrez

 

Hace un par de décadas, en la Rusia de la Unión Soviética, como un modo de difundir aún más el juego de ajedrez, ya de por sí popular en ese país, se decidió organizar una serie de partidas muy particular. La misma se organizó a través de un periódico, y consistía en que uno de los jugadores era un gran maestro y su adversario era el público; el mecanismo consistía en publicar cada jugada del gran maestro en el periódico y luego la gente enviaba cartas indicando la jugada que correspondía como respuesta; la jugada más votada por el público era la que se tomaba como válida, a la cual respondía el maestro y así siguiendo hasta terminar cada partida.

Al poco tiempo los organizadores se encontraron con una particularidad por ellos no prevista: las jugadas más votadas eran siempre las peores.

Ello significó el fracaso de la idea, sobre todo porque la interpretación de ese fenómeno podía llevar a conclusiones contrapuestas con la ideología reinante en ese país en esa época. Arribar a la conclusión de que “las mayorías se equivocan” no era precisamente el efecto deseado.

Seguramente los elitistas e individualistas de diversas partes del mundo se habrán regocijado por semejante frustración del colectivismo.

¿Podría haber resultado de otro modo este particular torneo de ajedrez?

¿Podría superarse la ingenuidad del colectivismo con algo más interesante que el egoísmo del individualismo elitista?

Tal vez, si en lugar de que el público votara en forma aislada, se hubieran formado grupos que intercambiaran y consensuaran la mejor jugada posible a su criterio, los mayores conocimientos de unos servirían para levantar el nivel de otros, arribando ya por conocimiento ya por imaginación a mejores respuestas. Y si además las mejores jugadas de cada grupo se hubiesen llevado a otro nivel de intercambio entre los más diestros, para consensuar a su vez la jugada óptima, se hubiese llegado a estar cada vez más cerca de la jugada ideal, al tiempo que todos irían aprendiendo más en el intercambio.

Si en ese intercambio aparecieran propuestas de jugadas absurdas, rápidamente los que saben un poco más explicarían porqué esas jugadas no son convenientes, y no solamente entonces se consensuaría una mejor respuesta, sino que además se capacitarían los que saben menos.

 

El consenso

 

Del ejemplo anterior podemos concluir que el excesivo horizontalismo conduce a la mediocridad y el excesivo verticalismo conduce al elitismo. A su vez la mediocridad conduce al fracaso y el elitismo a la formación de cúpulas privilegiadas.

Si aplicamos esto a las organizaciones sociales, podemos ver como los sistemas formalmente representativos terminan en burocracias, donde una minoría se atribuye el derecho de decidir por los demás en virtud de su mayor especialización y conocimiento para abordar temas más o menos complejos. En ciertas épocas se solía justificar este tipo de organización con el argumento de que “el pueblo no está capacitado” para tomar decisiones. Hoy más que nunca podemos decir que la gente está preparada para abocarse a tomar las grandes decisiones, y en todo caso se tendrán que auto generar los mecanismos de delegación para la implementación específica. Pero cualquier sistema de delegación debe prever mecanismos ágiles de revocatoria como condición fundamental para evitar el enquistamiento de cúpulas. Sin embargo, tampoco se puede trabajar con la libertad operativa que se requiere para ciertas decisiones rápidas, si se está revocando mandatos continuamente; tal cosa puede llevar al desgaste y la inmovilización, terminando en un retorno a las formas verticales por resultar en apariencia más ágiles o “eficientes”.

El consenso es el punto de equilibrio entre la horizontalidad y la verticalidad. Desde luego que el consenso difícilmente sea absoluto, siempre habrá personas que por más que se intercambien opiniones y se expresen argumentos contundentes no estarán de acuerdo con la mayoría; de ninguna manera se debiera interpretar tal cosa como falta de participación en las decisiones. Las decisiones hay que tomarlas en algún momento y los debates no pueden extenderse eternamente porque el consenso no sea absoluto; lo importante es que exista la posibilidad cierta de exponer ideas y puntos de vista por parte de todos, que luego del intercambio la mayoría otorgue el consenso para una determinada acción y esta se ejecute.

Es importante entender que el consenso no es una “competencia de propuestas” donde cada uno va con predisposición de discutir con el otro; desde luego que siempre existe el derecho de discutir, y finalmente lo que se termina consensuando es lo que la mayoría aprueba, pero no se va con la predisposición de discutir sino con la predisposición de ponerse de acuerdo. En el consenso hay también necesarios liderazgos de personas que conocen más de ciertos temas o tienen mejor criterio o sentido común, y es totalmente válido que esos liderazgos genuinos ayuden a orientar las decisiones. Lo importante es que esos liderazgos no se dan por decreto, ni por que alguien tiene más dinero, ni porque alguien es pariente de otro; estos liderazgos del consenso surgen por el propio mérito de quienes lo detentan, se sostienen en la medida que los demás lo reconocen, y se acaban cuando lo anterior deja de ocurrir.

 

La Revocatoria

 

Las opciones que hoy existen para la revocatoria de mandatos, no son lo suficientemente expeditivas, resultando mecanismos excepcionales y por lo general manipulados por las trenzas políticas. El juicio político es un procedimiento complejo y excepcional que ni siquiera está al alcance de la gente; la revocatoria de mandato por iniciativa popular que si bien existe en algunas jurisdicciones, en la práctica es un recurso que se termina utilizando en raras ocasiones.

Seguramente que una verdadera Ley de Responsabilidad Política  para que todo funcionario que traicione el mandato de la gente pueda ser despedido de inmediato, será un avance para lograr la democracia participativa. No obstante se deben resolver también los procedimientos en las instancias intermedias por las cuales se llega a canalizar el descontento popular en una acción efectiva. Una cosa es que existan los canales de participación y otra cosa es que se utilicen. En un grupo pequeño, donde todos se conocen y se interrelacionan con cierta frecuencia, el consenso del conjunto hacia quienes se les han delegado funciones o representación, es algo que se está poniendo a prueba permanentemente y si las objeciones hacia alguien van en aumento al punto de que pierda el consenso, la revocatoria puede ser automática y hasta casi de hecho. Pero en la medida que salimos de lo perceptual y comenzamos a tener diversas instancias de representatividad la cosa cambia. Por ejemplo, si en un municipio de 50.000 habitantes hay 20 personas descontentas con un funcionario municipal, sería una desproporción que se iniciara un procedimiento de revocatoria de mandato con las firmas de 20 personas; se debiera requerir una suma de voluntades que guarde una mínima relación con la cantidad de habitantes. Pero podría ocurrir que efectivamente sean varios miles de personas los que están descontentos, y entonces la pregunta es ¿cómo se organizan para unir sus voluntades e iniciar el procedimiento de revocatoria?. Desde ya que si el funcionario produce con su mal accionar tal explosión social que se moviliza todo el pueblo en su contra, la cosa estará más fácil, pero muchas veces no se llega a casos tan extremos y el descontento general no pasa de ser una suma de descontentos individuales que no se canalizan. También puede ocurrir que algunos pocos lideren la iniciativa de revocatoria y entonces otros adhieran, pero en ese caso se puede dar lugar a manipulaciones.

 

La iniciativa de la gente

 

Es muy común plantearse la problemática de falta de participación de la gente en cuestiones que supuestamente deberían interesar a la mayoría. Si bien es cierto que la suma de frustraciones ha inundado de nihilismo a nuestra sociedad y eso frena la participación, también es cierto que en muchas ocasiones son los convocadores los que fallan. Los cambios en las sociedades no se producen espontáneamente, nada es espontáneo, siempre hay procesos que se van acumulando y desembocan en la movilización de conjuntos humanos y también hay gente que toma la iniciativa y anima al resto. Hay personas que tienen mayor iniciativa, que les gusta ser protagonistas, ya sean militantes de un partido, sindicato o de una organización social, o simplemente vecinos animosos y emprendedores. Pero no se puede pretender que toda la población pueda seguir el ritmo de los más activos; tal pretensión lleva al desgaste y a provocar reacciones opuestas, para que finalmente se frustren hasta los más activos porque “la gente no participa”. Una cosa es garantizar que todo el que quiera pueda participar y otra cosa es que todos participen.

Hay gente con vocación por la actividad social y hay gente más pasiva, eso no es un secreto, el tema es lograr que no termine habiendo un divorcio entre los pocos activos y la mayoría pasiva sino que exista una polea de transmisión desde la mayoría más pasiva hacia los más activos y no una manipulación por parte de los más activos. Esa polea de transmisión que funciona en base al consenso debe contemplar instancias de participación gradual, ritmos adecuados y formas organizativas eficaces.

Cuando no existe esta polea de transmisión, las minorías activas se terminan aislando y desde su espacio de poder miran al resto de la sociedad como un sujeto pasivo sin intencionalidad, justificando íntimamente su emplazamiento por la inacción de la mayoría; y este mecanismo suele darse no solamente en las minorías que buscan poder y dinero a expensas de los demás, sino que también opera tal mecanismo entre los que supuestamente buscan el bien común, y al quedar aislados terminan haciendo las cosas a su modo, sin consensuarlas.

Todos los seres humanos tienen iniciativas de todo tipo, y por supuesto que en lo social también, aunque más no sea porque les afecta. Hasta el rechazo a la política es una iniciativa política. Pero por supuesto que no todos tienen los mismos ritmos, y entre una persona que desea manifestar su opinión emitiendo su voto una vez cada tanto y un militante que dedica su vida a una causa, hay una inmensa gama de posibilidades de participación que si no se realizan es porque no existen los canales ni los procedimientos adecuados para cada situación.

 

La polea de transmisión

 

Así como un motor transmite movimiento a través de una polea para que gire una rueda, las acciones de los representantes deberían girar en el sentido de la voluntad de la gente.

Cuando anteriormente hablamos de la decadencia de las instituciones del sistema y decíamos que cuando una casa tiene fisuras por todos lados hay que construir una nueva, hablábamos de muchas instituciones que hoy son totalmente formales y vacías, o por aún están ocupadas por los corruptos. Seguramente un institucionalista nos diría que la polea de transmisión de la que venimos hablando ya existe; se supone que en los barrios existen sociedades de fomento o centros de participación ciudadana donde los vecinos pueden intercambiar sobre sus inquietudes, se supone que existen representantes de diferentes barrios que podrían ser los concejales, y así siguiendo hasta llegar al presidente, pasando por intendentes, diputados, gobernadores, etc. Se supone que en un lugar de trabajo hay delegados que representan los intereses de los trabajadores frente a la seccional local de un sindicato y el secretario de tal seccional los representa ante la dirigencia sindical y estos ante la patronal y el Ministerio de Trabajo. Abundan los ejemplos de supuestos canales ya previstos, pero la gente siente que ninguno funciona, pues como ya mencionamos la ambición por el poder y el dinero ha maleado todo y la gente ya no cree en las instituciones.

Por eso cuando hablamos de que es necesario lograr instancias de participación gradual que operen como polea de transmisión, a través del consenso, para que la voluntad de la mayoría se pueda canalizar en acciones concretas, nos estamos refiriendo a la nueva sociedad que hay que construir. Y esta nueva sociedad debe partir de nuevos valores, de la solidaridad, la honestidad, la coherencia y una serie de valores que abundan en el corazón de la gente común y escasean en la dirigencia. Y esa fuerza nueva que hoy está queriendo expresarse necesita encontrar la forma de canalizarse eficazmente, y esto no podrá ser a través de las cañerías tapadas y corroídas de un mundo viejo que queremos cambiar.

La falta de un modelo a veces hace que mecánicamente tendamos a adoptar formas viejas, y entonces quedamos atrapados y nos frustramos. Hay conjuntos de personas muy bien intencionadas que al organizarse con formas obsoletas terminan adoptando los vicios de lo que antes criticaban; y no por mala intención sino por la acción de forma de los viejos modelos. Es fácil cometer este error porque precisamente las formas nuevas, por ser nuevas no las conocemos y tendemos a adoptar las viejas por acción de la memoria o inducidos por lo que vemos alrededor.

 

La acción de forma y los emplazamientos

 

Si un pequeño grupo de personas se sientan en círculo para conversar sobre un tema, cada uno se sentirá a la par de los demás y más confiado para dar su opinión y rebatir o apoyar la de otros. Si en cambio el grupo es más grande y las sillas se disponen en fila mirando todas hacia un frente donde en un escritorio más elevado se encuentra otra persona, la predisposición será a dar mayor importancia a lo que dice quien está sentado en el escritorio, y muchos evitarán opinar por no sentirse autorizados.

Abundan los ejemplos en la vida cotidiana acerca de cómo puede variar la conducta de las personas según sean las situaciones en que se insertan, la forma en que están planteadas las relaciones y el emplazamiento que cada cuál tiene.

¿Qué queremos decir con esto?

Hay un dicho popular que reza “la ocasión hace al ladrón”; una interpretación de tal dicho es que muchas personas que en situaciones normales no se les ocurriría robar, si se les presenta una ocasión servida en bandeja, lo harían. Desde luego que esto no es una verdad absoluta ni mucho menos eterna porque el ser humano tiene intención propia y no es un mero reflejo de una situación; y desde luego que hay gente cuyos valores éticos son tan firmes que jamás robarían,  mientras que hay otros que con tal de robarse algo, si no se les presenta la ocasión la inventan. Sin embargo está claro que hay formas organizativas, sistemas de relaciones y modos de emplazarse que pueden predisponer o favorecer cierto tipo de conducta, aunque en última instancia uno siempre puede elegir lo que hace.

Hemos puesto un ejemplo extremo como es el de robar, partiendo del conocido refrán, pero en realidad este fenómeno ocurre en cuestiones más triviales muy a menudo.  Sin embargo, la sumatoria de conductas inadecuadas, aunque no parezcan graves individualmente, puede tener consecuencias sociales de importancia, y a la inversa también.

En un trabajo anterior “El derecho a la rebelión y la lucha no violenta”, hablábamos de la burocratización en la violación de los derechos humanos, y analizábamos como toda una secuencia de pequeñas acciones realizadas por diversos actores podía terminar en la violación de un derecho humano, y cada eslabón de esa cadena no sentirse responsable del resultado final, por el efecto de la licuación de la responsabilidad.

Con el mal funcionamiento de una organización pueden pasar cosas parecidas. Si las formas, los procedimientos y los emplazamientos, no son los que facilitan el accionar individual que interralacionado con otros conduzca al objetivo deseado, es muy probable que se fracase.

Si dos grupos de pandilleros buscan enfrentarse entre sí para trabarse en una riña y lo consiguen, habrán realizado las acciones correctas para el objetivo que tenían: apalearse mutuamente para tener una imagen de hombres recios.

Pero si un grupo de personas bien intencionadas se reúne para llevar adelante acciones solidarias que resuelvan sus problemas y los de otros, pero se organizan de tal modo que al poco tiempo empiezan las manipulaciones, los celos, los protagonismos excluyentes y terminan a las trompadas, tenemos que pensar que algo falló en el modo de organizarse, ya que su objetivo no era precisamente una riña.

De modo que, si partimos de la base que todos los crápulas que hoy ocupan espacios de poder se tienen que ir, y que el poder debe estar en manos de la gente organizada en una democracia real, debiéramos atender a las formas organizativas que faciliten y potencien las virtudes de la buena gente, y no que terminen potenciando lo peor de cada uno.

Si la herramienta para acceder al poder por vía democrática es una organización política, esta debería tener un tipo de organización que potencie las buenas intenciones de sus integrantes, y no una organización que potencie los defectos o promueva los malos entendidos y las confusiones; una organización donde los peldaños sean a la medida del pie de las personas solidarias y capaces y no a la medida de las garras de los oportunistas y burócratas.

 

El autobús y la canoa

 

Una vez un grupo de personas decidió organizarse para hacer un viaje y pasarla bien. Sin embargo, como todos tenían una mala experiencia por haber viajado en autobús con choferes malhumorados que manejaban bruscamente, optan por alquilar un viejo autobús y conducirlo entre ellos.

Al momento de subirse empiezan a organizarse para manejar el autobús. Hay quienes opinan que para evitar un control centralizado de la situación, la conducción del vehículo debe ser compartida por todos; pero entonces se encuentran con que hay un solo volante, una sola pedalera, una sola palanca de cambios y un único asiento para el chofer. Intentan entonces ponerse de acuerdo para que uno maneje el volante, otro apriete el embrague, otro el freno, otro el acelerador y otro maneje los cambios. Bastan unos minutos para darse cuenta que de un modo tan complicado no pueden siquiera poner en marcha el vehículo. Comienzan algunas discusiones, porque algunos culpan a otros de no coordinar bien los movimientos con los demás, o porque uno acelera demasiado o el otro suelta el embrague demasiado rápido, etc., mientras que los que observan se quejan de que no pueden participar y dicen que si estuvieran ellos en la conducción harían mejor las cosas. Como resultado de la discusión algunos de desaniman y se bajan del vehículo desistiendo del viaje.

Los restantes que quedan en el autobús, deciden entonces que lo mejor será turnarse en el manejo, discuten un momento quien es el primero, finalmente se ponen de acuerdo y arrancan. Claro que durante el recorrido todos los que no están manejando comienzan a darle instrucciones al conductor, indicándole para donde tiene que ir, donde tiene que doblar, a qué velocidad, cuando tiene que frenar, etc. Ante eso el ocasional chofer comienza a sentir que él es el que maneja el autobús, él es el que tiene la mayor responsabilidad para conducir bien y no chocar, y los demás son unos ociosos que hablan porque no saben. Comienzan las discusiones y finalmente deciden que maneje otro, pero a las contradictorias instrucciones de quienes observan se agregan las del anterior conductor que como ya le había tomado la mano al vehículo habla con más experiencia descalificando todo lo que hace el nuevo conductor.  Algunos se cansan de opinar y de que en definitiva el chofer maneje a su antojo y se duermen en los asientos, sobresaltados cada tanto por alguna brusca frenada, o por el elevado tono de voz de quienes siguen recriminando al conductor.

En un momento dado una de las personas que estaba durmiendo en el fondo siente olor a quemado y le avisa al conductor, pero éste, cansado ya de tantas recriminaciones y convencido como está de que él sabe lo que hace y nadie puede decirle nada, no hace caso de la observación y al poco rato el vehículo se detiene seriamente averiado.

Finalmente los pasajeros bajan del autobús, quedando de a pie, malhumorados y reprochándose entre sí.

Al rato de caminar llegan a la orilla de un río, donde se encuentran con algunos de los pasajeros que se habían bajado anteriormente y habían hecho dedo para llegar hasta el lugar. Acampan a la orilla del río y durante la noche reflexionan e intercambian sobre su truncada travesía. Se reconcilian quienes discutían, porque en el fondo todas eran buenas personas, y se dan cuenta que lo que ocurrió es que no habían realizado una buena elección con el autobús, ya que ese vehículo estaba diseñado para que lo conduzca una sola persona y los demás se queden quietos.

Luego de pensar un momento, y observando un inmenso tronco que estaba en la orilla, deciden construir una gran canoa con un remo para cada persona. Ya durante la construcción, como hay trabajo para todos, se dividen funciones y tareas, hacen turnos para el descanso y cuando hay alguna duda sobre como trabajar la madera, todos escuchan los consejos de uno de ellos que trabajó en una carpintería.

Una vez finalizado el trabajo, botan la canoa al río y comienzan a remar, escuchando los consejos de otro de ellos que había navegado antes. Todos van remando simultáneamente y a ritmo parejo, ya que si algunos se dejan estar u otros se aceleran demasiado la canoa comienza a girar en círculos o se desvía del rumbo. A veces es necesario que algunos remen y otros no, ya que hay que sortear algún escollo. Se turnan para los descansos, y algunos aprovechan ese tiempo para pescar, siguiendo los consejos de otro de ellos que había sido un pescador experto.

Y así van estos amigos, cumpliendo su objetivo de hacer un viaje todos juntos, sin discordias, pasándola muy bien y aprendiendo a hacer cosas que antes no sabían. Porque en el fondo eran todas buenas personas, sólo les faltaba encontrar el vehículo adecuado.¿Y si alguna de las personas hubiese sido individualista, qué hubiera pasado?, seguramente habría tenido que corregir su actitud, o se habría quedado solo en el autobús fundido, tratando vanamente de ponerlo en marcha, aferrado al volante, exclamando ridículamente, ¡mío, todo mío!.

 

Este es un sencillo ejemplo que sirve para ilustrar de cierto modo un fenómeno actual: la gran mayoría de las personas sienten que la forma de organizarse de la sociedad ya no da para más, que las dirigencias persiguen su propio interés y no representan el interés de la gente; en otras palabras, las viejas instituciones decadentes le quedan demasiado chicas a un ser humano que ha evolucionado. Pero el problema a resolver es que a la hora de organizarse entre la gente para intentar reemplazar las organizaciones obsoletas, ante la falta de modelos se corre el riesgo de apelar a viejas formas, creyendo que el único problema eran las personas, y resulta que las viejas formas condicionan también comportamientos negativos aunque la gente sea positiva.

 

 

Las nuevas formas de organización para una democracia real

 

Pretender plantear una nueva forma organizativa con la rigidez de una matriz o modelo acabado y terminado, sería contradictorio con el espíritu de lo que estamos planteando. Pero también sería contradictorio quedarnos en un mero planteo del problema y esperar que la organización surja por generación espontánea; para la creación de una nueva organización son necesarias las ideas, el intercambio, la experiencia, la evaluación, las nuevas ideas y las correcciones.

En definitiva el intento de este material es contribuir con algunas pocas ideas, basadas en algunas experiencias, que seguramente se sumarán a otras ideas y otras experiencias.

 

La viabilidad de la participación

 

De nada serviría que existan canales de participación para una democracia real, si la gente no los utiliza. Ya vimos que lo que actualmente se consideran canales de participación o bien están vacíos o bien terminan siendo autopistas libres para que por ellas se encaramen rápidamente los crápulas en el poder. Pero supongamos que diseñamos los canales adecuados a prueba de crápulas y con opciones reales de participación, pero la gente no participa. Esto suele ocurrir y será interesante tener en cuenta algunas cosas.

Antes dijimos que la predisposición a la participación varía según las personas. Si el diseño de las actividades para la participación social excede el interés o la disponibilidad de la mayoría, en la práctica sólo unos pocos participarán. 

Si en cambio en el diseño de las actividades de participación se atiende a niveles, lugares, frecuencias y áreas de interés, habrá más posibilidades de que participe la mayoría y comenzará a funcionar la polea de transmisión del poder soberano de la base social hacia los representantes del pueblo.

Y lo más importante: muchas veces la gente no participa porque siente que lo que opina, aunque coincida con la mayoría, queda en palabras; para que la gente quiera participar se debe lograr que la opinión de la gente sea vinculante con las decisiones de los representantes. La gente tiene que tener siempre la libertad de reunirse y debatir cuando quiera y donde quiera, como de hecho ocurre y sin necesidad de ningún enmarque. Pero la cuestión que estamos analizando son los criterios para que la opinión de la gente sea vinculante con las decisiones de los representantes, y en ese sentido sí son necesarios los enmarques, que en la medida que tengan consenso serán normativas.

 

Niveles

 

Para los distintos niveles de compromiso que cada uno quiera tener con la problemática conjunta, deberán existir opciones de participación. La participación mínima seguramente será el sufragio en elecciones, que por ahora es el único nivel asegurado en la democracia formal. El siguiente nivel podrá ser la participación en consultas populares vinculantes para opinar sobre decisiones de interés general que deban ser sometidas a consulta, tanto a nivel municipal, como provincial y nacional. Un siguiente nivel podrá ser la participación en asambleas extraordinarias ocasionales para el tratamiento de temas que deben debatirse antes de pasar a la consulta popular. Otro nivel podría ser la participación en Asambleas o Foros periódicos (semanales o mensuales). Posteriormente vendrían ya instancias de representación, desde los primeros delegados hasta llegar al presidente, pasando por todos los cargos intermedios.

Cualquier persona puede participar en cualquier nivel (en el caso de los niveles de representación se requerirá que otros lo elijan y siempre y cuando no le revoquen el mandato); como en la práctica hay personas con mayor interés o vocación o disponibilidad por la participación, obviamente que a mayor exigencia de dedicación menor será el número de gente que participe, pero siempre tendrán la posibilidad, y siempre habrá un nivel que les resulte accesible para opinar y decidir.

 

Lugares

 

Desde luego que para que la posibilidad de participación aumente, habrá que prever ámbitos de participación arraigados, tanto en los barrios como en los lugares de trabajo y de estudio. Y siempre la decisión de la mayoría deberá ser vinculante con respecto al área de influencia; es decir que si se debaten temas nacionales en un barrio, la opinión de ese barrio sumará a la del resto del país, pero si se debaten temas del barrio, lo que se decida se deberá ejecutar a través de los representantes del mismo.

 

Frecuencias

 

Siempre conviene diseñar las actividades de participación con una frecuencia que resulte viable, que no lleve a la saturación. Debe primar el sentido común, ya que si para cada pequeña decisión que debe tomar un representante a quien se le delegó una función hay que hacer una asamblea, entonces pierde sentido la delegación de mandato que se hizo y hace inviable la toma de decisiones. La gestión requiere de ejecutividad, y para ello se requiere tener cierta libertad de acción, y para los casos en que un representante se desvíe de los objetivos trazados por el conjunto, estarán los mecanismos de revocatoria de mandato. Las Asambleas deberían trazar la estrategia y los representantes ejecutarla, bajando a consulta los temas conflictivos o con dificultades. De ese modo la frecuencia de las reuniones no será desgastante, ni los temas tratados serán secundariedades. Lo mismo vale para las consultas populares o cualquier tipo de actividad de participación.

 

Áreas temáticas

 

Salvo temas de interés general que involucran a la mayoría, las personas tienen mayor interés de participación obviamente si el tema a tratar, a votar o a debatir les afecta o les interesa particularmente. La apertura del intercambio de opiniones por áreas de interés mejora la participación y agiliza la operatoria. Y desde luego que cualquier decisión en un foro temático que afecte a personas que no participan, deberá ser consultada a nivel general.

 

La participación vinculante

 

Deberá haber instancias de intercambio, tanto en los foros temáticos como en las Asambleas, como en todos los niveles, y seguramente habrá una ida y vuelta de las opiniones, ya que muchas veces la opinión puede ser equivocada si falta información suficiente. Pero luego de que el tema se agotó en su tratamiento, hay que decidir, y allí el que decide es el pueblo y el representante ejecuta. Y no hablamos de decidir en secundariedades sino en los grandes temas, tanto a nivel barrial, como municipal, provincial y nacional.

Es importante entender este concepto porque hoy suelen estar en boga las propuestas de los seudo-progresistas que pretenden distraer a la gente dándole la posibilidad de participar en lo inocuo para los intereses de los crápulas: dejan que los niños de los colegios elijan el dibujo para un escudo, dejan que los vecinos decidan que árboles poner en la plaza, y si alguna vez implementan el presupuesto participativo a su modo, seguramente nos dejarán que decidamos sobre el 10% mientras se roban el otro 90 %.  

La gente debe decidir en todo.  

Si se trata de presupuesto participativo, deberá ser en el 100 %; desde luego que habrá que tener la madurez suficiente como para priorizar en base a las urgencias de los más necesitados y evaluar cada gasto en base a las posibilidades reales. Pero una vez decidido, el representante ejecuta lo que decide la gente.

Si se trata de política exterior, desde luego que la gente no va a decidir sobre el color del traje que se tiene que poner el canciller, ni cuantos canapés se comerá en un agasajo. El pueblo deberá decidir la política hacia los países latinoamericanos, la política soberana en la relación con las potencias, etc.

Hay que debatir los grandes temas. Hay que decidir los grandes temas. “El pueblo delibera y se gobierna y luego implementa a través de sus representantes”, debería establecer una nueva constitución para una democracia participativa.

 

 

Los voluntarios

 

La mejor gente son los voluntarios. Los desacuerdos entre diferentes ideas se pueden resolver, pero si no existiera el trabajo voluntario de quienes las expresan, difunden, defienden y trabajan para hacerlas realidad, nada sería posible. Hay voluntarios en el trabajo social, en el trabajo político, en el trabajo sindical, en la salud, en la educación, en la defensa del medio ambiente. En todas las áreas hay voluntarios.

Su contrapartida son los que se mueven solamente por el interés monetario. Están los punteros barriales pagados por los partidos tradicionales, están los legisladores que cobran fortunas por calentar una banca de tanto en tanto, están algunas ONG financiadas por el poder económico para devolver en acción social el 1 % de lo que nos roban.

Desde luego que cuando hablamos de esta organización social que emerge desde la base social para implementar una democracia participativa, una pregunta posible es ¿ Quién pone en marcha semejante organización?; seguramente no serán los gobernantes actuales, ni nadie que arme la cosa de arriba para abajo, imponiendo sus condiciones. Tampoco serán algunas organizaciones intermedias sospechadas de recibir fondos de alguna multinacional.  

A esta organización social la tienen que poner en marcha los voluntarios.  

No basta con decir que la gente se reúna, debata, opine y decida. No basta con que existan los canales de participación. Es necesario también que los voluntarios hagan punta, armen los ámbitos y contagien entusiasmo a los demás. Toda la organización social de la democracia participativa debe tener su motor en el voluntariado. Desde ya que a medida que se sube en el nivel de participación y se requieren funciones de tiempo completo, como podrían ser los funcionarios públicos que deben dedicarse a pleno, deberán ser remunerados, pero con salarios y dietas razonables y acordes con lo que ganan los trabajadores; pero quienes sean elegidos para esas funciones seguramente serán quienes han desarrollado tareas voluntarias y no los oportunistas de hoy en día.

Existen voluntarios en muchos lugares, a veces están insertos en alguna organización y a veces no. Cuando se trata de organizaciones, como partidos políticos o agrupaciones gremiales o sociales, existen ámbitos propios de participación (el partido, el sindicato o la agrupación), donde ya existen ciertas ideas generales más o menos homogéneas sobre diversos temas.  Tal cosa no debiera constituirse en un factor de poder sobre el resto de los voluntarios que no pertenecen a ninguna agrupación.

Este es un fenómeno a considerar, porque si los bloques de militancia son monolíticos y cierran filas con una postura determinada, pueden tender a condicionar la organización social, tal vez con la buena intención de quien está convencido de que sus ideales son los mejores, pero influyendo en la libre toma de decisiones. Esto podría desgastar y desanimar a otros, y luego las posturas que surjan de ese foro, no necesariamente representarían la opinión general. Como desde luego nadie puede impedir que la gente se organice como quiera y opine lo que quiera, lo ideal es que existan diversidad de organizaciones y puntos de vista, de modo de evitar las hegemonías. Si existen varios puntos de vista y varios estilos de proceder, todos tendrán que esmerarse en mejorar sus argumentos y su actitud si pretenden que su punto de vista sea el que más consenso tenga. Desde luego que los voluntarios que militan en una organización debieran identificarse como miembros de la misma, para que todas las cartas estén sobre la mesa.

 

Las Organizaciones Políticas

 

Preferimos hablar de organizaciones políticas en general y no solamente de partidos, porque si bien hoy por hoy son los partidos políticos los que pueden llevar representantes a una elección, a futuro esto puede cambiar.

Algunos podrían considerar la posibilidad de una democracia real sin partidos políticos o sin organizaciones de tipo político, y el descrédito de los partidos tradicionales contribuye a fomentar esta postura. Sin embargo, hay que distinguir entre el funcionamiento que hasta ahora han tenido la mayoría de los partidos, y la función que debería cumplir una organización política en una democracia real.

Cuando hablamos de que en el seno de la sociedad se debatan las decisiones fundamentales de todo nivel, aspiramos a que, como en el ejemplo del juego de ajedrez, el intercambio sirva no solamente para que se haga lo que decide la mayoría sino también para que la mayoría tenga oportunidad de profundizar en el conocimiento de los temas, aunque no sea en su especificidad, pero sí en los lineamientos generales, en la filosofía de fondo, en los principios éticos que deben respaldar cada decisión. Hablamos de que la gente antes de tomar una decisión conozca todas las caras de la moneda, los pro y los contra. Hablamos de decisión pero también de formación, de levantar el nivel. Las organizaciones, en la medida que se adecuen a los principios de una democracia directa y participativa, pueden cumplir con una importante función, en el sentido de que en su seno se profundiza el análisis, se desarrollan planteos más abarcativos y universales, se establecen principios y metodologías de acción y se elaboran propuestas más integrales. Todo esto ayuda a enriquecer el debate y nutre de puntos de vista y de información, y aunque se pueda estar o no de acuerdo con dichas posturas, permite que las decisiones que se tomen sean más elaboradas y cotejadas con variedad de puntos de vista.

Pero para que este tipo de organizaciones políticas contribuya a una democracia real, tanto las organizaciones ya existentes como las nuevas que se conformen con gente que no concuerda con las anteriores, deberían abrir la participación y establecer mecanismos de democracia directa en su propio seno. Si no lo hicieran, y si el fenómeno de la participación popular fuese en aumento, las organizaciones que no tengan en cuenta esta apertura serán refractarias  y quedarán fuera del proceso histórico.

Desde luego que una cosa es el funcionamiento social, en el que se debe garantizar la libertad absoluta de ideas, y otra cosa es una organización política que parte de ciertos postulados básicos. Por ejemplo, en una sociedad todas las personas tienen derecho a practicar el deporte que quieran o ningún deporte, pero si alguien se anota para practicar básquet, debe atenerse a ciertas normas mínimas que hacen a ese tipo de juego: no podrá patear la pelota por ejemplo, pues en ese caso mejor se hubiese anotado en un equipo de fútbol. En las organizaciones políticas, hay diferentes filosofías de fondo, diversos principios y metodologías de acción, y gracias a esa diversidad la gente elige en cuál participa, o si no participa en ninguna o si inventa una nueva.

No obstante, más allá de esas condiciones mínimas, de ese denominador común que no se discute en una organización y sí puede discutirse en una sociedad, la forma organizativa debiera ser abierta para la participación, evitando los manejos de cúpulas que deciden entre unos pocos. Desde luego que también en las organizaciones políticas hay funciones delegadas y se necesita cierta libertad operativa para ejercerlas; no se puede estar en asamblea permanente para votar cada pequeño detalle de lo que se debe hacer. Pero también debe existir el mecanismo de revocatoria de mandato para sacar a alguien de su función si la mayoría interpreta que no la cumple bien o no representa los ideales de la organización.

Todos los mecanismos de consenso y toma de decisiones descriptos para la democracia directa y participativa, debieran funcionar en los partidos y organizaciones políticas, como también en los sindicatos y organizaciones sociales. Desde ya que si alguien funda una organización totalitaria donde todos deben obedecer a su líder y no emitir opinión, podrá hacerlo si encuentra quien lo siga, pero difícilmente podrá influir semejante organización en los consensos sociales del mundo que viene.

 

Un nuevo concepto de poder

 

Mucha gente siente rechazo hacia la palabra Poder, ya que la tiene asociada a la coacción, a la opresión o a la manipulación.  La oposición a esta imagen del poder, sería la ausencia de todo Poder, donde cada individuo se manejara libremente sin ninguna limitación ni condicionamiento, más que la libertad de los demás. Sin embargo, la imposibilidad práctica de organizar una sociedad sin ninguna regla y el consecuente temor al caos, hace que muchas veces se tienda a ver al sistema actual como un mal necesario. Si la crisis de representatividad aumentara al punto de generar un caos total, muchos empezarían a ver la posibilidad de un gobierno de “mano dura” como un mal menor, y eso es lo que hay que evitar.

Cuando hablábamos de que no bastaba con que los voluntarios que trabajan por un cambio tuviesen buenas intenciones, sino que además debían evitar caer en formas organizativas obsoletas, en cierto modo también nos referíamos a un nuevo concepto de poder.

Si criticamos a los que tienen “la sartén por el mango” porque ejercen un poder hegemónico, y si pensáramos que la cuestión pasa por arrebatarles la “sartén” , aún en el caso que lo lográramos seguiría habiendo un “mango de sartén” y al extender la mano para tomarlo necesariamente esa mano se transformaría en puño cerrado, pues no hay otro modo de tomar la sartén con fuerza y sin quemarse.

Si queremos construir una sociedad participativa, donde no haya un caos autodestructivo, pero tampoco un poder hegemónico, no podemos concebir al poder como un mango de sartén.

Un concepto que puede servir es el de las referencias sociales, como una suerte de liderazgos ejercidos por determinadas personas en base a sus acciones, conocimientos, o mejor criterio, o capacidad analítica, coherencia, honestidad, etc. Dichos atributos no son mensurables por una computadora, ni tampoco son inamovibles; sencillamente las personas buscan referenciarse en buenos ejemplos y en tanto haya personas que corresponden a ese perfil, se convierten en referencias, y en la medida que dejan de corresponderse con ese perfil, dejan de ser referencia. Así de simple, como una suerte de mecanismo de elección y revocatoria de hecho.

Estas referencias sociales, operan tanto en grupos pequeños como en grandes conjuntos humanos, y sólo pueden serlo si las demás personas así lo sienten. Desde luego que el sistema muchas veces trata de potenciar desde los medios de difusión falsos liderazgos, y en todo caso de la gente ha dependido si se dejaba o no engañar. Pero en los tiempos que se avecinan los medios de prensa cada vez tendrán menos poder hipnótico y se buscarán referencias más cercanas, entre la gente con la que se dialoga cotidianamente. Y en todo caso las referencias para grandes conjuntos humanos surgirán a través de esos canales de comunicación humana.

La gente voluntaria, que intenta ser coherente y solidaria, que intenta razonar en función de ayudar a resolver las necesidades del conjunto, se irá convirtiendo en referencia social y en ello radicará esa suerte de nuevo concepto del poder que ayudará a reordenar la sociedad.

Es importante entender este concepto, porque ante la crisis de las instituciones obsoletas, se puede ir al otro extremo de interpretar que el viejo sistema de poder debe ser reemplazado por su opuesto, el horizontalismo absoluto. Y el mayor problema de esto radica en que no va a funcionar, y entonces, ante la falta de organización muchos deseen volver al momento anterior, como una suerte de mal menor, o inclusive retrotraerse a épocas más autoritarias aún, en respuesta al desorden.

En el horizontalismo absoluto se parte de la siguiente premisa: “todos tienen derecho a expresarse”; y eso está muy bien, sólo que no se contempla la otra parte de los derechos: “todos tienen derecho a escuchar a quien quieren y no tienen obligación de escuchar a todos y cada uno de los que quieran opinar”. Pretender obligar a que un conjunto humano deba prestar la misma atención a la “sanata” de un opinador crónico que a las ideas criteriosas de alguien a quien el conjunto siente como referencia, además de significar una falta de sentido común, es una suerte de autoritarismo horizontalista.

Se puede ser autoritario en la verticalidad pero también en la horizontalidad.

 

Recordemos esta vieja frase:

 

En la antigüedad los grandes soberanos pasaban desapercibidos.

Sus sucesores, menos grandes, eran adulados y respetados.

Los sucesores de éstos, menos grandes aún, eran temidos.

Los sucesores estos últimos, eran despreciados.

 

Posiblemente en esta época nos hallemos en el último peldaño de la involución, si vemos el desprecio que la gente tiene por sus dirigentes. Posiblemente en este siglo no corresponda hablar de soberanos, como se hacía antiguamente, pero tal vez se acerque una nueva era donde los pueblos puedan organizarse en base a verdaderas referencias sociales, respetadas por todos, y hasta a veces pasando desapercibidas por su grandeza y sabiduría.

El poder de la referencia social es un poder que no está a disposición de quien encarna esa referencia, sino que es un poder que siempre está en la gente que lo transfiere o lo quita en la medida que alguien se convierta en referencia o deje de serlo. La referencia social, ya sea en un grupo o en conjuntos mayores, facilita el consenso, orienta la dirección y permite la organización.

 

Quien es una referencia social para un conjunto humano cabalga sobre el sutil corcel de un poder delegado, pero se caerá de bruces en el preciso instante en que se crea que es él quien tiene el poder.  

La vocación de poder

 

Cuando hablamos de democracia real, nos referimos a que las decisiones de la gente debían ser vinculantes y sobre temas centrales, no solamente sobre secundariedades. La gente no debe limitarse a peticionar, o a exigir, ni mucho menos a pedir por favor a sus representantes. La gente debe ejercer su poder soberano, y para ello hace falta una organización que funcione como polea de transmisión de la voluntad general hacia el representante que ejecuta e implementa, pero además de la organización, debe existir en la gente la vocación por ejercer su poder legítimo.

En este sentido se debe dar un salto cualitativo definitivo: el ser humano actual no necesita amos, sólo necesita oportunidad de ejercer su libertad de opción y decidir su destino.

La mística del poder de la gente debe tener fuerza y decisión, para terminar con todo vestigio de sumisión y resignación. El poder de quienes oprimen y estafan a los pueblos es enorme, y sólo puede ser derrotado por el poder de la gente organizada y con objetivos claros.

En tal sentido, el debate y el intercambio deben servir para que las decisiones sean consensuadas, pero no puede volverse en contra en el sentido de dispersar las voluntades o relativizar todo. A veces la fuerza movilizadora de la indignación ante las injusticias se diluye en discusiones sin sentido o verborragia inoperante. Para que esto no ocurra debe haber imágenes claras de los objetivos

El motor de la participación debe ser la vital necesidad de caminar hacia una sociedad más justa y solidaria y no el mero deseo practicar la dialéctica. Si eso está claro, se priorizará la acción antes que las discusiones desgastantes. Y desde luego que para decidir las acciones hay que consensuarlas, pero es importante el equilibrio, y eso solamente se logra si se sabe lo que se quiere.

 

La unión de los sectores progresistas

 

Desde luego que en el proceso social actual, donde se van vinculando las coincidencias y dando los consensos, intervienen también organizaciones que tienen posturas ideológicas asumidas y proyectos políticos y sociales. Desde luego que en la medida que se parta de los diagnósticos y del rechazo al sistema imperante, muchas serán las coincidencias entre organizaciones y con la gente que no milita en ninguna organización. Sin embargo, estas primeras coincidencias no necesariamente son indicadores de una construcción sólida aún.       

Hay quienes creen que la toma del poder real pasa solamente por la toma del poder político, y con tal creencia suponen que una alianza electoral de sectores progresistas, por sí sola nos llevará a una revolución. Desde luego que tal opinión es bien intencionada, pero hay otras cosas a tener en cuenta. El poder real en la actualidad lo detentan quienes concentran el poder económico en el mundo, y tienen miles de recursos para frustrar una revolución que no tenga bases sólidas.

Es primero en la base donde se debe dar la unidad. Para ello debe haber unidad en acciones conjuntas mientras se llega al consenso de un proyecto común. Pero no puede ser el consenso de las cúpulas que luego se repartirán los cargos, sino el consenso de la gente para apoyar un proyecto. Porque si en el momento en que se tome el poder político no existe un resistente tejido social en diferentes niveles, comprometido con el proyecto a llevar adelante, ante la primer embestida del poder económico mucha gente podría retirar su apoyo al cambio. El poder económico sabe mucho acerca de como chantajear a algunos sectores, sabe mucho de como generar focos de violencia, sabe mucho de cómo presionar económicamente, sabe mucho de como difamar a través de los medios de difusión. La sociedad necesita tener anticuerpos contra todo eso para poder apoyar y defender transformaciones de fondo. Y eso solamente se consigue con el ejercicio de la organización social  previo a la toma del poder político.

Por otra parte ¿Cuál sería el proyecto?. Porque el sistema funciona eficazmente para sus intereses, deja la mayor parte de la gente afuera, pero funciona, es un mal conocido. ¿Cuál es el bueno por conocer? , hay que consensuarlo en el trabajo de base social. Porque para hacer transformaciones de fondo, hay que cambiar el sistema, y para cambiar el sistema hay que tener un proyecto integral, y ese proyecto tiene que funcionar bien y ser eficaz. Si el proyecto no funciona, y el sistema mete palos en las ruedas y la gente no está preparada, al poco tiempo empezará a descreer del proyecto y deseará regresar al malo conocido, y tal vez se pierdan muchos años antes de que se vuelva a replantear un cambio de fondo.

La unión de las fuerzas progresistas no puede limitarse a un mero aliancismo electoralista que se desarme ante el primer desacuerdo sobre políticas de fondo o ante la primer embestida del poder económico. Hay que construir la unión en la base y con toda la gente, lo más rápido posible, pero sin saltearse los pasos necesarios.

Para este momento histórico se necesitan referencias fuertes, nítidas, claras y coherentes; un eclecticismo electoralista en el mejor de los casos terminará en reformas pero no en transformaciones de fondo.

 

Algunas herramientas organizativas

 

Si el germen de la democracia real debe existir previamente a la toma del poder, habría que comenzar lo antes posible a poner en práctica la organización social. Para ello, y a modo de resumen de algunos conceptos vertidos anteriormente, se podría atender a los siguientes puntos:

 

Fomentar la organización de grupos arraigados, en base a temas de interés común a sus integrantes; que para que el funcionamiento sea más dinámico convendrá que no sean grupos mayores de 30 personas, y con división de funciones.

Converger en foros temáticos entre diversos grupos, para acciones conjuntas y debate de proyectos e ideas.

Convergencia en Asambleas Vecinales de todos los vecinos que quieran participar y de los grupos temáticos. Exponer, intercambiar, consensuar, decidir y actuar.

Conformar foros temáticos por ciudad, con asistencia de representantes de cada grupo de base que esté trabajando en el tema respectivo.

Realizar consultas populares para que la gente que no participa en asambleas ni foros pueda opinar con su voto sobre propuestas específicas que se hayan debatido.

Poner en marcha medios de difusión propios (ya que los medios del sistema difícilmente otorguen espacios), tales como programas de radio y publicaciones barriales, donde se difundan actividades y propuestas.

Dado el objetivo de que toda la población participe, se debiera proyectar la generación de suficientes grupos de trabajo como para asegurar que, ya sea por la comunicación directa, o por la difusión de la revista barrial, se pueda llegar a todos los vecinos de todos los barrios. No hay que limitarse a esperar que la gente venga, hay que ir hacia ella..

Conformar planteles profesionales que trabajen en la elaboración de propuestas específicas para implementar en cada municipio, según pautas generales que les dé la misma gente. Tales propuestas, una vez consensuadas, debieran conformar una suerte de plan de gobierno, disponible para quien esté dispuesto a implementarlo.

Además de las propuestas en el plano municipal, debatir las transformaciones que se deberían hacer a nivel nacional, orientándose hacia el consenso de un verdadero proyecto integral.

Fomentar la circulación de la información, propuestas y puntos de vista por toda la red de la organización social, de modo que se puedan ir construyendo referencias sociales, no solamente en la escala perceptual de una asamblea o un foro, sino también a escala regional y nacional (sin depender de los medios de difusión del sistema), como modo de construir un verdadero poder social coherente.

Guillermo Sullings 

Abril de 2000

GENERACIÓN ACONCAGUA 

generacionaconcagua@ciudad.com.ar

 

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