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Inmediatamente
después de la segunda guerra mundial, el panorama cultural francés se ve
dominado por la figura de Sartre y por el existencialismo, la corriente de
pensamiento que él contribuyó a difundir a través de su obra de filósofo y
escritor, y de su engagement o compromiso político-cultural.
La
formación filosófica de Sartre recibe principalmente la influencia de la
escuela fenomenológica. Becado en Alemania en los años 1933-34, Sartre entra
en contacto directo con el pensamiento de Husserl y Heiddeger.
Es precisamente en la fenomenología y en su método de investigación
que Sartre encuentra los instrumentos para superar la filosofía académica
francesa de su tiempo, fuertemente teñida de espiritualismo e idealismo, y
hacia la que siente un neto rechazo.
La
búsqueda de Sartre parte del campo de la sicología. Es más, su ambición
juvenil es revolucionar los fundamentos de esta ciencia. Sartre se siente
profundamente insatisfecho con la sicología moderna, con su planteo
positivista y su pretensión de tratar a los fenómenos síquicos como si
fueran fenómenos naturales, aislándolos, separándolos de la conciencia que
los ha constituIdo. Para Sartre –que hace propia la posición de Husserl–
la conciencia no es un simple contenedor de “hechos” síquicos, ni una
suerte de espejo que pasivamente refleja, o deforma, la realidad externa; la
conciencia es fundamentalmente intencional, activa, posee su propio
modo de estructurar los datos sensibles y de construir “realidades” que,
aun dependiendo de éstos, presentan características que les son propias y
específicas.
La
aplicación del método fenomenológico a temas de sicología se formaliza en
tres ensayos: La imaginación (1936), Esbozo de una teoría de las
emociones (1939) y Lo imaginario (1940). Para Sartre no se trata de
estudiar esta o aquella emoción, o de recoger datos sobre particulares
comportamientos emotivos –como lo haría un sicólogo tradicional–, sino
de ir a las estructuras fundamentales de la conciencia que permiten y explican
el fenómeno emotivo. La emoción y la imaginación son tipos organizados de
conciencia, modos particulares de relacionarse con el mundo, de atribuir un
significado a las situaciones que se viven. Además, las imágenes mentales no
son simples “repeticiones” de datos externos, de objetos, o de hechos; la
función imaginativa, al contrario, revela la propiedad fundamental que tiene
la conciencia de tomar distancia de las cosas, de trascenderlas, y de crear
libremente otra realidad, como la actividad artística demuestra en sumo
grado.
Pero
Sarte no tarda en alejarse de Husserl por la importancia central que éste
asigna a los aspectos lógicos y gnoseológicos en su investigación. Para
Sartre, en cambio, es fundametal el estudio de la relación entre la
conciencia humana real, existente, y el mundo de las cosas al que la
conciencia, por su misma constitución, hace siempre referencia, pero por el
que se siente limitada y oprimida. Siguiendo esta línea, Sartre se acerca
siempre más a Heidegger y a su problemática ontológica y existencial, hasta
llegar a una visión filosófica cuyo centro es la idea de una
“complementariedad contradictoria” entre la conciencia (el para sí)
y el mundo (el en sí).
Sartre
reformula el concepto fundamental de la fenomenología –la intencionalidad
de la conciencia– como trascendencia hacia el mundo: la conciencia trasciende
a sí misma, se supera continuamente hacia el mundo de las cosas. Pero el
mundo, a pesar de ser el soporte de la actividad intencional de la conciencia,
no es reductible a ésta: es lo otro para la conciencia, es la realidad
de las cosas y los hechos, realidad maciza y opaca, dada, gratuita.
El mundo es absurdo e injustificable: está ahí, pero podría no estar
porque nada lo explica; es contingente, pero sin embargo esta allí, existe.
O mejor dicho ex-siste, en el lenguaje sartriano, o sea emerge, asomándose
a la conciencia.
Lo
mismo vale para el ser humano: es contingente, está destinado a morir, podría
no estar, pero no obstante existe, está allí, arrojado en el mundo sin
haberlo elegido, en-situación, en un tiempo dado y en un lugar dado,
con ese determinado cuerpo y en esa determinada sociedad, interrogándose
“bajo un cielo vacío”. Y la náusea es entonces esa sensación de radical
desasosiego que la conciencia registra frente a lo absurdo y a la contingencia
de todo lo que existe, luego de haber puesto en crisis, o suspendido
según el lenguaje de Husserl, los significados y los valores habituales.
En
El ser y la nada (1943), la conciencia es descrita en lacerante tensión
con el mundo que la rodea (el ser) con el que se encuentra
necesariamente en relación, pero con el cual no se siente jamás en armonía
completa. La conciencia, que es libertad absoluta de crear los significados de
las cosas, de las situaciones particulares y del mundo en general, está
siempre obligada a elegir, a discriminar la realidad. Por su propia constitución,
ella contiene en sí misma a la nada en cuanto continuamente niega,
anula lo existente, proyectándose más allá de lo que ya está dado, de lo
que ya está hecho, creando nuevos proyectos, nuevas posibilidades.
En
esta tarea de incesante proyección y de auto-proyección que anula y
reconstruye el mundo, el hombre es, por esencia, sus propias posibilidades; su
existencia está de continuo puesta en juego por sus elecciones, proyectos y
actos. Por lo tanto, lo que
caracteriza a la realidad humana no es una esencia preconstituida, sino
precisamente el existir, con un incesante preguntarse sobre sí misma y sobre
el mundo, con su libertad de elegir y elegirse, con su proyección hacia el
futuro, con su ser siempre más allá de sí misma.
Pero
es justamente la libertad de elegir, esta libertad absoluta que es la esencia
misma de la conciencia, la que genera angustia. En El ser y la nada,
siguiendo tanto a Kierkegaard y como a Heidegger, Sartre define a la angustia
como la sensación de vértigo que invade al hombre cuando éste descubre su
libertad y se da cuenta de ser el único responsable de las propias decisiones
y acciones. A diferencia del
miedo, que se refiere siempre a un objeto, la angustia no tiene referencia
precisa, sino que es más bien “miedo a tener miedo” o, como decía
Kierkegaard, es “temor y temblor” frente a la indeterminación y a la
complejidad de las alternativas de elección que se presentan en la
existencia. Y es para huir de la
angustia que anida en la libertad, para eludir la responsabilidad de la elección,
que los hombres recurren a menudo a esas formas de auto-engaño que
constituyen los comportamientos de fuga y excusa, o a la hipocresía de la mala
fe, cuando la conciencia trata de mentirse a sí misma, mistificando sus
motivaciones y enmascarando e idealizando sus fines. Es el modo de ser no-auténtico de los burgueses descritos
despiadadamente algunos años antes en la novela La náusea (1938) y en
la colección de cuentos El muro (1939).
Pero
la conciencia, que es el fundamento de todo, por su propia contingencia no
puede encontrar justificación para sí ni en el mundo ni en sí misma. En la
conciencia se presenta entonces una dualidad –ineludible en cuanto
constitutiva– que deja entrever un fondo indescifrable, de no-trasparencia:
aun siendo libertad para crear nuevos posibles, libertad de dar significado al
mundo, la conciencia no puede jamás conformar un significado definitivo, no
puede jamás llegar a la cristalización de un valor.
En
la conclusión de El ser y la nada se dice: «...el para-sí es efectivamente
perpetuo proyecto de fundarse en cuanto ser y perpetua derrota de este
proyecto».[1]
En
síntesis, para el Sartre de El ser y la nada la esencia de la
conciencia humana está en el intento permanentemente frustrado de
autofundarse, de anclarse. Pero
ésta es una “fatiga de Sísifo”, como dirá Camus, un perpetuo hacer y
deshacer, un compromiso que es necesario asumir pero para el cual no ha sido
prevista ni recompensa ni esperanza alguna, y al que la muerte, como hecho
extremo, pone fin abruptamente. Por
lo tanto, están la rebelión y la denuncia de la mala fe, pero todo
“bajo un cielo vacío”. En
efecto, El ser y la nada no presenta ninguna propuesta positiva, no
indica ninguna dirección para superar el jaque, el sin-sentido de la
existencia. El libro concluye con
la afirmación de que “el hombre es una pasión inútil” y con la admisión
de que todas las elecciones posibles son equivalentes y, en última instancia,
siempre negativas.
Estos
temas del existencialismo ateo –como fue llamado– se hicieron muy
populares y llegaron a transformarse en una verdadera moda en el clima de
pesimismo y de desconcierto en el que se encontraba Europa después de la
Liberación. Sartre, que había
participado sólo marginalmente en la resistencia contra los nazis,
“llevando alguna valija” –como él mismo dirá– se encontró dominando
la escena político-filosófica francesa, junto al marxismo y al humanismo
cristiano. Entre tanto, el horizonte político internacional se iba
oscureciendo nuevamente con los primeros síntomas de la “Guerra Fría”
entre la URSS y Estados Unidos, y nuevas amenazas de conflicto comenzaban a
condensarse sobre la Europa dividida.
Fue
así que, en el nuevo clima de post-guerra y en la confrontación con el
marxismo, Sartre se esforzó por reelaborar su existencialismo, enfatizando
principalmente los aspectos éticos y las implicancias intersubjetivas y políticas.
El existencialismo se reformula como doctrina humanista, en cuyo centro
están el hombre y su libertad, pero además invoca el compromiso militante en
la sociedad y la lucha contra toda forma de opresión y alienación.
Una
doctrina así estructurada debía servir como base para la construcción de
una nueva fuerza política, para la apertura de una “tercera vía” entre
el partido católico y el comunista. En
particular, Sartre se dirigía a la izquierda francesa, proponiendo su
existencialismo no sólo como filosofía anti-burguesa y revolucionaria, sino
como filosofía de la libertad, en contraposición al marxismo y su visión
determinista, que anula al individuo y a su especificidad.
El marxismo, sobre todo en su versión leninista, era considerado por
Sartre como totalmente carente de una visión coherente del hombre y de una
teoría del sujeto agente.
Es
entonces con esta intención que Sartre publicó, en el año 1946, El
existencialismo es un humanismo. Este
ensayo es una versión levemente modificada del texto integral de la
conferencia que había dado un año antes en el Club Maintenant en París.
La
conferencia había tenido el objetivo inmediato de responder a las acusaciones
y a los malentendidos que circulaban con respecto al existencialismo en los
ambientes de derecha y de izquierda. Los
adversarios de derecha lo calificaban como una doctrina del absurdo y de la
nada; atea, materialista, que mostraba los aspectos más crudos y sórdidos
del ser humano, y en la cual las relaciones interpersonales se configuraban
como una tortura recíproca. Los
adversarios de izquierda lo describían como una teoría decadente, un típico
producto del idealismo pequeño-burgués que conducía al inmovilismo y a la
resignación, y que, en su miope subjetivismo, no tomaba en cuenta los
verdaderos factores de opresión que actúan sobre el ser humano real, o sea
las diversas formas de dominio económico-social ejercidas por la sociedad
capitalista.
Después
de estos comentarios, necesarios para entender el cuadro filosófico-político
en que Sartre se movía, veamos cómo él mismo presenta y defiende la tesis
de que el existencialismo es un humanismo: «Trataré hoy de responder a todas
estas críticas dispares y es por ello que he titulado esta breve exposición
“El existencialismo es un humanismo”.
Muchos se maravillarán de que aquí se hable de humanismo.
Veremos en qué sentido lo entendemos como tal.
En todo caso podemos ya decir que entendemos por existencialismo una
doctrina que hace posible la vida humana y que, por otra parte, declara que
toda verdad y toda acción implican tanto un ambiente como una subjetividad
humana».[2]
Y
más adelante precisa: «Nuestro punto de partida es, en efecto, la
subjetividad del individuo, y esto por razones estrictamente filosóficas...
No puede haber, en principio, otra verdad que ésta: yo pienso, por lo
tanto soy. Esta es la verdad
absoluta de la conciencia que se aprehende a sí misma.
Toda teoría que considere al hombre fuera del momento en el cual él
se alcanza a sí mismo, es antes que nada, una teoría que suprime la verdad,
porque fuera del “cogito” cartesiano todos los objetos son solamente
probables; y una doctrina de probabilidad que no esté sostenida por una
verdad se hunde en la nada. Para describir lo probable es preciso poseer lo verdadero.
Entonces, para que exista una verdad cualquiera, necesitamos una verdad
absoluta; y ésta es simple, fácil de lograr, puede ser entendida por todos y
consiste en aprehenderse a sí mismo sin intermediarios.
Además, esta teoría es la única que da una dignidad al hombre, es la
única que no hace de él un objeto».[3]
Pero
a diferencia de lo que ocurre en la filosofía cartesiana, para Sartre el yo
pienso remite directamente al mundo, a los otros seres humanos. Continúa
Sartre: «De esta manera, el hombre que se aprehende a sí mismo directamente
con el “cógito” descubre también a todos los demás, y los descubre como
condición de su propia existencia. Él
cae en cuenta de que no puede ser nada (en el sentido en que se dice que
alguien es simpático, malo, o celoso) si los otros no lo reconocen como tal.
Para obtener una verdad cualquiera sobre mí mismo es necesario que la
consiga a través del otro. El
otro es tan indispensable para mi existencia como para el conocimiento
que yo tengo de mí. En estas
condiciones el descubrimiento de mi intimidad me revela, al mismo tiempo, al otro
como una libertad colocada frente a mí, la cual piensa y quiere solamente
para mí o contra mí. Así
descubrimos inmediatamente un mundo que llamaremos la inter-subjetividad, y es
en este mundo que el hombre decide sobre lo que él es y sobre lo que los
otros son».[4]
Luego
Sartre pasa a definir lo que es el hombre para el existencialismo.
Todos los existencialistas de distinta extracción, ya sea cristiana o
atea, incluso Heidegger, para Sartre concuerdan en esto: que en el ser humano
la existencia precede a la esencia. Para
aclarar este punto, Sartre da el siguiente ejemplo: «Cuando se considera un
objeto fabricado, como por ejemplo un libro o un cortapapel, se sabe que tal
objeto es obra de un artesano que se ha inspirado en un concepto.
El artesano se ha referido al concepto de cortapapel y, al mismo
tiempo, a una técnica de producción preliminar que es parte del concepto
mismo y que en el fondo es una “receta”.
Por lo tanto el cortapapel es por un lado un objeto que se fabrica de
una determinada manera y, por otro, algo que tiene una utilidad bien
definida... Por lo que concierne al cortapapel, diremos entonces que la
esencia –o sea, el conjunto de los conocimientos técnicos y de las
cualidades que permiten su fabricación y su definición– precede a la
existencia...».[5]
Así,
dice Sartre, en la religión cristiana, sobre la cual se ha formado el
pensamiento europeo, el Dios creador es concebido como un sumo artesano, que
crea al hombre inspirándose en una determinada concepción, la esencia del
hombre, tal como el artesano común fabrica el cortapapel.
En el Setecientos, la filosofía atea ha eliminado la noción de Dios,
pero no la idea de que la esencia del hombre precede a su existencia. Según tal concepción, dice Sartre, «...esta naturaleza, o
sea el concepto de hombre, se encuentra en todos los hombres, lo que significa
que cada hombre es un ejemplo particular de un concepto universal: el hombre».[6]
Pero
«el existencialismo ateo que yo represento» –prosigue Sartre– «es más
coherente. Éste afirma que si Dios no existe, hay por lo menos un ser
en el cual la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de ser
definido por algún concepto: este ser es el hombre, o como dice Heidegger, la
realidad humana. ¿Qué significa
en este caso que la existencia precede a la esencia?
Significa que el hombre ante todo existe, se encuentra, surge en el
mundo, y que luego se define. El
hombre, según la concepción existencialista, no es definible, en cuanto al
principio no es nada. Será
sólo después, y será como se habrá hecho».[7]
Y
más adelante precisa: «...el hombre no es de otro modo más que como él
mismo se hace. Este es el primer
principio del existencialismo. Y
es también aquello que se llama subjetividad y que se nos reprocha con este
mismo término. Pero, ¿qué
queremos decir nosotros con esto, sino que el hombre tiene una dignidad más
grande que la piedra o la mesa? Nosotros queremos decir que el hombre en
primer lugar existe, o sea que él es en primer lugar aquello que se lanza
hacia un porvenir y aquello que tiene conciencia de proyectarse hacia el
porvenir. El hombre es, al
comienzo, un proyecto que se vive a sí mismo subjetivamente; ...nada existe
antes de este proyecto; ...el hombre, ante todo, será
aquello que habrá proyectado ser».[8]
Por
lo tanto, el hombre no tiene una esencia determinada; su esencia se construye
en la existencia, primero como proyecto y después a través de sus acciones.
El hombre es libre de ser lo que quiera, pero en este proceso de autoformación, no tiene a disposición
reglas morales que lo guíen.
Refiriéndose
a uno de los inspiradores del existencialismo, Dostoievski, Sartre afirma: «Dostoievski
ha escrito: 'Si Dios no existe, todo está permitido'. He aquí el punto de partida del existencialismo.
Efectivamente todo es lícito si Dios no existe, y como consecuencia el
hombre está “abandonado” porque no encuentra en sí ni fuera de sí la
posibilidad de anclarse. Y sobre todo no encuentra excusas. Si verdaderamente
la existencia precede a la esencia, no podrá jamás dar explicaciones refiriéndose
a una naturaleza humana dada y fija; en otras palabras, no hay determinismo:
el hombre es libre, el hombre es libertad».
Y
continúa, «Por otra parte, si Dios no existe, no encontramos frente a
nosotros valores u órdenes que puedan legitimizar nuestra conducta.
Así, no tenemos ni por detrás ni por delante, en el luminoso reino de
los valores, justificaciones o excusas. Estamos
solos, sin excusas. Situación
que creo poder caracterizar diciendo que el hombre está condenado a ser
libre. Condenado porque no se ha
creado a sí mismo, y no obstante libre porque, una vez lanzado al mundo, es
responsable de todo lo que hace».[9]
«El hombre, sin apoyo ni ayuda, está condenado en todo momento a
inventar al hombre».[10]
Entonces,
según lo que Heidegger había enseñado, el hombre está solo, abandonado en
el mundo; además está obligado a elegir y a construirse en la elección. El abandono y la elección van junto con la angustia.
Hay que decir que Sartre, en el intento de recalificar al
existencialismo como un humanismo, se ha visto obligado a revisar este punto,
dándole una distinta función al concepto de angustia, que tanta importancia
tenía en su filosofía precedente. En El ser y la nada, Sartre había descrito la
angustia como la sensación de vértigo que el hombre experiementa cuando
reconoce que es libre y que debe asumir la responsabilidad de sus elecciones.
En El existencialismo es un humanismo, el significado de angustia se
traslada del ámbito subjetivo al intersubjetivo.
La angustia pasa a ser entonces el sentimiento de “aplastante
responsabilidad” que acompaña una elección que se reconoce no sólo como
individual, sino que involucra a otros seres humanos, o aún a la humanidad
toda cuando se trata de decisiones muy importantes y radicales.
He
aquí cómo Sartre se expresa: «Cuando decimos que el hombre se elige,
entendemos que cada uno de nosotros se elige, pero con esto también queremos
decir que cada uno de nosotros, eligiéndose, elige por todos los hombres.
En efecto, no existe tan siquiera uno de nuestros actos que, creando al
hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre que
nosotros juzgamos deba ser. Elegir
ser esto en lugar de aquello es afirmar, al mismo tiempo, el valor de nuestra
elección, ya que no podemos jamás elegir el mal; lo que elegimos es siempre
el bien y nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos».[11]
Sobre
estas bases Sartre construye su ética social de la libertad: «...Cuando en
un plano de total autenticidad, yo he reconocido que el hombre es un ser en el
cual la esencia está precedida por la existencia, que es un ser libre que sólo
puede querer, en circunstancias diversas, la propia libertad, he reconocido al
mismo tiempo que yo sólo puedo querer la libertad de los otros».[12]
Esta
ética de Sartre no se funda sobre el objeto elegido, sino sobre la
autenticidad de la elección. A
diferencia de cuanto afirmaba en El ser y la nada, ahora, para Sartre
no todos los comportamientos son igualmente carentes de sentido.
No obstante él reafirme que para actuar no es necesario tener
esperanza, la acción no es
necesariamente gratuita, absurda o infundada.
En efecto, es posible dar un juicio moral aunque no exista una moral
definitiva y aunque cada uno sea libre de construir la propia moral en la
situación en la cual vive, eligiendo entre las distintas posibilidades que se
le ofrecen. Este juicio moral se
basa en el reconocimiento de la libertad (propia y de los otros) y de la mala
fe. Veamos cómo lo explica
Sartre ahora: «Se puede juzgar a un hombre diciendo que está en mala fe.
Si hemos definido la condición del hombre como libre elección, sin
excusas y sin ayuda, quien se refugie detrás de la excusa de sus pasiones,
quien invente un determinismo, es un hombre en mala fe».[13]
«Pero se puede replicar: ¿Y si yo quiero estar en mala fe?
Respondo: No hay ninguna razón para que usted no lo esté.
Pero yo afirmo que usted está en mala fe y que la actitud de estricta
coherencia es la actitud de buena fe. Y,
además, puedo dar un juicio moral».[14]
Veamos
ahora, en qué modo el existencialismo –que en el fondo es un intento por
deducir todas las consecuencias de una posición atea coherente– llega a ser
un humanismo. «...el hombre está constantemente fuera de sí mismo; sólo
proyectándose y perdiéndose fuera de sí hace existir al hombre y, por otra
parte, sólo persiguiendo fines trascendentes él puede existir; el hombre,
siendo esta superación, y aprehendiendo los objetos sólo en función de esta
superación, está en el corazón, en el centro de esta superación.
No hay otro universo que no sea un universo humano, el universo de la
subjetividad humana. Esta conexión
entre la trascendencia como constitutiva del hombre (no en el sentido que se
da a la palabra cuando se dice que Dios es trascendente, sino en el sentido
del ir más allá) y la subjetividad (en el sentido de que el hombre no está
encerrado en sí mismo, sino que está siempre presente en un universo humano)
es lo que nosotros llamamos humanismo existencialista.
Humanismo porque le hacemos recordar al hombre que él es el único
legislador y que precisamente en el abandono él decidirá sobre sí mismo; y
porque nosotros mostramos que, no dirigiéndose hacia sí mismo, sino buscando
siempre fuera de sí un objetivo (que es aquella liberación, aquella actuación
particular) el hombre se realizará precisamente como humano».[15]
Éstas
son entonces las ideas fundamentales del humanismo existencialista, según
Sartre las formulara en 1945-46. Pero
el pensamiento de Sartre sufrió, en los años sucesivos, continuos reajustes
y, a veces, mutaciones profundas en un difícil itinerario que llevó al filósofo
primero a ser un “compañero de camino” del Partido Comunista francés y
luego a asumir una posición de abierta ruptura con éste, después de la
invasión de Hungría en 1956. Asimismo,
varias de las ideas expuestas en El existencialismo es un humanismo
fueron reelaboradas más tarde. Después
del encuentro con el marxismo, que lo estimuló a hacer un análisis más
profundo de la realidad social, Sartre pasó a sostener la idea de una
libertad ya no absoluta, sino condicionada por un conjunto de factores
sociales y culturales.
Él mismo admitió que las antítesis radicales de El Ser y la nada le habían sido impuestas por el clima de la guerra, en el cual no parecía posible otra alternativa que aquella entre ser con o ser contra. “Después de la guerra llegó la experiencia verdadera, la de la sociedad”, o sea, la experiencia de una realidad compleja y ambigua, con matices y gradaciones, donde la relación entre situación dada y elección individual, entre libertad y condicionamiento, no es clara ni directa. En la entrevista dada a la New Left Review en 1969, Sartre llega a dar la siguiente definición de libertad: «Yo creo que un hombre puede siempre hacer algo diferente de lo que se haya hecho con él. Ésta es la definición de libertad que hoy consideraría apropiada: esa pequeña diferencia que hace de un ser social completamente condicionado, una persona que no se limita a re-exteriorizar en su totalidad el condicionamiento que ha sufrido».[16]
Aun
con esta definición más restringida, Sartre no abandona el tema central de
toda su filosofía: que la libertad es constitutiva de la conciencia humana. Y aun en los años Setenta, discutiendo con los gauchistes
de la revuelta estudiantil del ‘68, Sartre –ya casi ciego– reafirma que
los hombres no son jamás totalmente identificables con sus condicionamientos,
que la alienación es posible precisamente porque el hombre es libre, porque
no es una cosa.[17]
Éste
es, en rápida síntesis, el camino filosófico recorrido por Sartre.
Camino sufrido, lleno de cambios y autocríticas, pero siempre
“dentro de una cierta permanencia”. Sartre
debió continuamente responder a los ataques de los burgueses ‘de bien’,
de los católicos y de los marxistas, pero las críticas más profundas y
radicales al intento de dar una formulación humanista a su filosofía, las
recibió de Heidegger, es decir, de aquél que había sido el inspirador de
varios aspectos de su existencialismo.
[1] J.-P. Sartre. L´etre et le néant. Essai d´odontologie phénomenologique, París 1943, trad. ital. de G. Del Bo, Milán 1965, pág. 744.
[2] J.-P Sartre. L’existencialisme est un humanisme, op. cit., págs. 42-43.
[3] Ibid., págs. 83-84.
[4] Ibid., págs. 85-86.
[5] Ibid., pág. 47-48.
[6] Ibid., pág. 49.
[7] Ibid., págs. 49-50.
[8] Ibid., pág. 51.
[9] Ibid., págs. 62-63
[10] Ibid., pág. 64.
[11] Ibid., págs. 53-54.
[12] Ibid., págs. 99-100.
[13] Ibid., págs. 96-97.
[14] Ibid., pág. 98.
[15] Ibid. págs. 107-108.
[16] Itinerary of a Thought: Interview with Jean-Paul Sartre, New Left Review, No. 58, Diciembre 1969, pág. 45.
[17] J.-P. Sartre. On a raison de se révolter, París 1974.