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El
humanismo[1]
renacentista se desarrolla en un arco de tiempo que aproximadamente se
extiende desde la segunda mitad del siglo XIV hasta finales del siglo XVI.
Para Italia, y en general para Europa, éste es un período de
extraordinaria aceleración histórica en el que los acontecimientos se
suceden a ritmo vertiginoso, produciendo radicales transformaciones políticas
y espirituales. Un
tema de interminable discusión entre los historiadores es si el humanismo
constitutuye una ruptura neta con respecto a la época medieval o si es la
culminación de un proceso de maduración de temáticas filosóficas,
religiosas, sociales, económicas, etc. que ya habían surgido en el Medioevo
tardío. Indudablemente existen
excelentes argumentos para sostener ambas interpretaciones, pero –más allá
de la posición que se elija– ninguna reconstrucción histórica puede
prescindir de la imagen que los protagonistas de aquella época tenían del
propio tiempo y del significado que atribuían a sus obras.
Este punto no da lugar a ambigüedades ya que la evaluación es unánime.
En efecto, todas las grandes figuras humanistas perciben que el tiempo
que les ha tocado vivir es especial: un tiempo en el que la humanidad, luego
del largo sueño de barbarie del Medioevo, retorna a sus orígenes, pasa a
través de un “renacimiento” entendido según la tradición mística, es
decir, un “segundo nacimiento”, una renovación total que le permite
recobrar la fuerza, el ímpetu que sólo es posible encontrar en el
principio. Por lo tanto, para
la cultura del humanismo no se trata simplemente de desarrollar y completar
las realizaciones de la época precedente, sino de construir un mundo y una
humanidad completamente renovados, y esto –de acuerdo a la imagen del
“renacer”– es posible sólo gracias a la muerte, a la desaparición del
mundo y del hombre medievales. Para
la Edad Media cristiana, la tierra es el lugar de la culpa y el sufrimiento;
un valle de lágrimas en el que la humanidad ha sido arrojada por el pecado de
Adán y del que sólo es deseable huir. El
hombre en sí no es nada y nada puede hacer por sí solo: sus deseos mundanos
son solamente locura y soberbia; su obras, no más que polvo. El hombre puede
aspirar sólo al perdón de un Dios infinitamente lejano en su perfección y
trascendencia, que concede su gracia según designios inescrutables. La
concepción de la historia y la imagen del universo reflejan esta visión teológica. La historia no es la memoria de hombres, pueblos,
civilizaciones, sino el camino de expiación que lleva del pecado original a
la redención. En el límite
extremo del futuro luego de los terribles prodigios de la Apocalipsis, vendrá
el juicio tremendo de Dios. La Tierra, inmóvil y al centro del universo según
la concepción tolomeica, está circundada por las esferas de los cielos
planetarios y de las estrellas fijas que giran animadas por potencias angélicas.
El cielo supremo, el empíreo, es la sede de Dios, motor inmóvil que
todo lo mueve. A
su vez, la organización social coincide con esta visión cosmológica cerrada
y jerárquica: los nobles y las clases subalternas de los burgueses y los
siervos se encuentran rígidamente separadas y se perpetúan por vía
hereditaria. En el vértice del poder están los dos guías del pueblo
cristiano: el Papa y el Emperador, a veces aliados, pero a menudo enfrentados
en duras luchas por la preeminencia jerárquica.
La organización económica sigue el mismo esquema general.
En el Medioevo, al menos hasta el siglo XI, también la economía es un
sistema cerrado, basado en el consumo del producto en el lugar de producción. La
cultura del humanismo rechaza totalmente la visión medieval y, en su esfuerzo
por construir una humanidad y un mundo completamente renovados,
toma como modelo a la civilización clásica greco-romana. Así, el retorno al principio, el “renacimiento”, es un
retorno a los antiguos, un
rescatar la experiencia de una civilización a la que se le atribuyen esas
potencialidades originarias de la humanidad que el Medioevo cristiano había destruido
u olvidado. Al
principio, el humanismo se manifiesta sobre todo como un fenómeno literario
que apunta al redescubrimiento de la cultura clásica.
Con Petrarca comienza la búsqueda de manuscritos antiguos olvidados en
las bibliotecas de los conventos. Un
siglo después de Petrarca, se llega a conocer del mundo latino al menos diez
veces más de lo que se había conocido en un milenio. La llegada a Italia de numerosos doctores bizantinos
–primero en ocasión del Concilio de Florencia (1439) que debía sancionar
la reunificación de las iglesias ortodoxa y romana, y luego con la caída de
Constantinopla (1453)– renueva en Occidente el conocimiento del griego. La
literatura greco-latina, que de esta manera vuelve a la luz, se refiere a la
vida terrena. Es una literatura que habla de los hombres de este mundo,
radicalmente diversa a la literatura cristiana de los libros sagrados, de los
padres de la Iglesia, de los doctores medievales, donde Dios y la vida
ultraterrena constituyen el centro de todo interés.
Es precisamente la contraposición de las humanae litterae a las
divinae litterae lo que inicia la renovación cultural operada por el
humanismo. Sin
embargo, los códices antiguos no habrían servido de mucho si la sociedad
europea no hubiese sido capaz de mirar con nuevos ojos y con renovada
curiosidad los vestigios del mundo antiguo.
De hecho, en los humanistas se encuentra inmediatamente una actitud
nueva en relación a las obras literarias descubiertas. Antes
que nada, está el amor por el texto, que se trata de reconstruir en su
originalidad para liberarlo de las interpolaciones y deformaciones que
generaciones de clérigos habían insertado con la intención de adaptarlo a
la visión cristiana. El gran
descubrimiento asociado a esta actitud (y que va de la mano de la introducción
de la perspectiva óptica en la pintura) es la perspectiva histórica; el
texto antiguo fielmente reconstruido permite percibir con extrema claridad la
imposibilidad de conciliar al mundo greco-romano con el mundo cristiano.
Por consiguiente, la conciencia de la diferencia entre pasado y
presente se transforma, en el humanista, en conciencia del fluir de la
historia que la visión medieval había anulado. Por
otra parte, los textos antiguos redescubiertos muestran una variedad
extraordinaria de figuras de fuerte personalidad, orientadas a la acción, que
no huyen ni desprecian el mundo, sino que viven en la sociedad humana y allí
luchan por construir su propio destino. Estos
individuos se convierten en los modelos a seguir, porque su modo de vida
parece ser el más adecuado para responder a las exigencias y aspiraciones de
una sociedad en rápido desarrollo, que siente profundamente la necesidad de
elaborar nuevas formas de organización de la vida civil y nuevos instrumentos
para dominar a la naturaleza. Pero
la cultura del humanismo no se reduce a una imitación artificial de los
modelos del pasado. Por el contrario, su vitalidad consiste en la conciencia
de que el regreso a los grandes ejemplos de la antigüedad sería totalmente
vano si no diera lugar a una nueva orientación en la vida moral, artística,
religiosa, política, etc. Para
la cultura del humanismo, imitar a los antiguos significa sobre todo educar
a los hombres nuevos como lo hacían los antiguos, cultivando las
“virtudes” que ellos habían demostrado poseer en sumo grado y que habían
expresado en la vida civil. Sólo
con hombres así formados habría sido posible renovar verdaderamente la
sociedad humana. De
este modo, el humanismo renacentista hace suyo aquel ideal, a un tiempo
educacional y político, que figuras como Cicerón y Varrón habían
propugnado en Roma en la época de la República: el ideal de la humanitas,
palabra con que se tradujo al latín el término griego paideia, es
decir, educación. En una confluencia rica de significados, humanitas
llega a indicar el desarrollo, por medio de la educación, de esas cualidades
que hacen del hombre un ser verdaderamente humano, que lo rescatan de
la condición natural y lo diferencian del bárbaro.
Con el concepto de humanitas se quiso denotar una operación
cultural: la construcción del hombre civil que vive y opera en la sociedad
humana. El
instrumento al que recurrió este “primer humanismo” occidental fue la
cultura griega, a la que el mundo romano del siglo I A.C. se abrió velozmente
y encontró sistematizada en los ciclos de estudio de las
escuelas filosóficas del período helénico tardío.
Estas escuelas tenían una orientación ecléctica, habiéndose ya
extinguido la fase creativa del pensamiento griego. De todas maneras, a través de ellas llegaban al mundo romano
las temáticas, los métodos de investigación y el lenguaje desarrollados por
los grandes sistemas filosóficos de la tradición helénica.
Es en instituciones de este tipo que, gracias al ejemplo de personajes
relevantes como Cicerón, comenzó a formarse la nueva clase intelectual y política
romana, asimilando un saber filosófico y una cultura poética y artística
que la propia tradición había desatendido casi completamente.
Fue precisamente del encuentro con los grandes modelos griegos que
extrajo su linfa vital el espléndido florecimiento de la literatura latina en
los dos siglos separados por el nacimiento de Cristo. Luego,
después de casi mil años de cultura cristiana,
reaparece en Occidente el ideal de humanitas, la confianza en el
inmenso poder formador que la filosofía, la poesía y las artes ejercen sobre
la personalidad humana, que fue característica de Grecia primero y de Roma más
tarde, y en la que se identifica la esencia misma del humanismo renacentista.
Ahora el instrumento educativo está dado por los grandes clásicos de
la literatura latina, y en segundo lugar –dado el limitado conocimiento del
idioma– por los clásicos griegos. En
ellos se basan los studia humanitatis.
De aquí el nombre de humanistas atribuido a aquéllos que se
dedican a estos estudios que, a
principios del siglo XV en Italia, comprendían: gramática, retórica, poesía,
historia y filosofía moral. Sin
embargo, es necesario tener siempre presente que para el humanismo del
Renacimiento estas disciplinas no conforman un simple curso de estudios que
transmiten un conjunto de nociones o fórmulas.
Por el contrario, los studia humanitatis constituyen
fundamentalmente un vehículo para la educación de la personalidad, para el
desarrollo de la libertad y la creatividad humanas, y de todas esas cualidades
que sirven para vivir felizmente y con honor en la sociedad de los hombres.
En este sentido, los humanistas no son solamente literatos o eruditos,
sino los protagonistas de un grandioso proyecto de transformación moral,
cultural y política, un proyecto cuyo lema es Iuvat vivere (vivir es
hermoso) que testimonia el optimismo, el sentimiento de libertad y el renovado
amor por la vida que caracterizan a la época. Toda
la literatura del humanismo se concentra en exaltar al hombre y reafirmar su
dignidad en oposición a la desvalorización operada por el Medioevo
cristiano. No obstante la
diversidad de los temas, todos apuntan a un objetivo común: recobrar la fe en
la creatividad del hombre, en su capacidad de transformar el mundo y construir
su propio destino. El
ataque contra la concepción medieval es decidido y continuo. Una de las
primeras personalidades del Humanismo, Gianozzo Manetti, critica en su libro De
dignitate et excellentia hominis (La dignidad y la excelencia del hombre)
precisamente una de las obras más representativas de la mentalidad medieval,
el De miseria humanae vitae (La miseria de la vida humana), escrito por
aquel diácono Lotario di Segni que más tarde, con el nombre de Inocencio
III, sería uno de los papas más potentes de la Edad Media. A la miseria y degradación de la naturaleza del hombre, fácil
presa de vicios y pecados, a la debilidad de su cuerpo, Manettii contrapone
una exaltación del hombre en su totalidad de ser físico y espiritual. Pone
de relieve la proporción, la armonía del organismo del hombre, la
superioridad de su ingenio, la belleza de sus obras, la audacia de sus
empresas. Los grandes viajes, la
conquista del mar, las maravillas de las obras de arte, de la ciencia, de la
literatura, del derecho, constituyen el mundo del espíritu humano. El reino que el hombre ha construido para sí mismo gracias a
su ingenio. El hombre, además,
no está sobre la Tierra como un simple habitante, criatura entre las
criaturas: su posición es especial en cuanto Dios lo ha creado con la frente en alto para que contemplase el cielo y fuese
así espectador de las realidades supremas.
En el centro del pensamiento de Manetti está la libertad humana que,
además de ser un don de Dios, es una continua conquista por la que el hombre
lucha cotidianamente con su trabajo, llevando belleza y perfección a las
obras de la creación. Por
consiguiente el hombre no es un ser inerme y despreciable, sino el libre
colaborador de la divinidad misma.
2. La nueva imagen del hombre
Otra
gran figura humanista, Lorenzo Valla, ataca en su diálogo De voluptate
(El placer) uno de los aspectos centrales de la ética medieval: el rechazo
del cuerpo y el placer. Remitiéndose
a la concepción epicúrea, nuevamente conocida gracias al redescubrimiento de
Lucrecio, Valla arremete en dura polémica contra toda moral ascética, ya sea
estoica o cristiana, que lleve al hombre a humillar su cuerpo y a rechazar el
placer. Para Valla toda acción humana –aun aquella que parece dictada por
otros móviles– está motivada por fines hedonistas. Aún el aspirar a una
vida después de la muerte se encuadra en este sentido. ¿Qué puede ser, en
efecto, más hedonista que una vida celeste que las Sagradas Escrituras
designan con la expresión paradisus voluptatis (paraíso del placer)?
En el hombre no puede haber una oposición entre cuerpo y espíritu,
como no puede existir una parte buena y otra condenada a priori.
El placer, lejos de ser un pecado es más bien un don divino (divina
voluptas). En el placer, la
naturaleza se expresa con toda su fuerza y de la manera que le es más propia. Invirtiendo los términos del problema, Valla llega a afirmar
que peca verdaderamente quien humilla y reprime la naturaleza que palpita en
nosotros, rehusando el amor físico y la belleza. Por lo tanto, el himno a la felicidad de Valla que exalta al
hombre todo, no sólo supera el antiguo dualismo entre carne y espíritu, sino
también el pesimismo de los antiguos epicúreos.[3]
León
Battista Alberti –que fue filósofo, matemático, músico, arquitecto– es
una de esas extraordinarias personalidades universales que la época del
Renacimiento prodigó al mundo. El
centro de sus reflexiones es uno de los más típicos temas humanistas: que la
acción humana es capaz de vencer hasta al Destino.
En el Prólogo a los libros Della famiglia (La familia)[4],
Alberti niega todo valor a la vida ascética, rechaza toda visión pesimista
del hombre y otorga a la acción humana la más alta dignidad.
El verdadero valor del hombre reside en el trabajo, que permite la
prosperidad de la familia y la ciudad. Alberti
invierte la ética medieval de la pobreza y la renuncia, afirmando que el
florecer de las riquezas no sólo no va contra los principios religiosos, sino
que es una clara demostración del favor divino.
Además, la “virtud”, entendida como fuerte capacidad de querer y
obrar, como humana laboriosidad (también en los campos sociales y políticos),
es superior al Destino mismo. Para
Alberti, el hombre es causa de sus bienes y de sus males: solamente los estúpidos
reprochan al Destino el origen de sus desgracias.
El Destino o “Fortuna” es incapaz de condicionar totalmente la acción
humana cuando ésta es virtuosa. Y
si en algunos casos la “Fortuna” parece superar a la virtud, esta derrota
es sólo temporánea y puede tener una función educadora y creativa.
Por consiguiente, en la concepción de Alberti no hay lugar para el
retiro del mundo ni para la sumisión del hombre al Destino; al contrario, la
verdadera dignidad humana se manifiesta en la acción transformadora de la
naturaleza y de la sociedad. El
interés de Alberti, arquitecto innovador y teórico de la Arquitectura, se
dirige también a la construcción de la ciudad ideal (otro constante tema
humanista), en donde “la naturaleza se somete a las intenciones del arte”.
La ciudad ideal, hecha por el hombre y para el hombre según armónicas
estructuras geométricas, es el lugar de la acción humana y también el lugar
donde, a través del ejercicio de las virtudes sociales, es posible la
verdadera glorificación de Dios. Así
es como ya en los primeros humanistas aparecen claros los grandes motivos de
la exaltación del hombre y de sus capacidades creadoras, y la ruptura de la
concepción medieval. Pero a
fines del siglo XV, con el redescubrimiento de la filosofía platónica y de
las doctrinas herméticas, la imagen del hombre se proyecta a una dimensión
religiosa y adquiere valor cósmico. Protagonista
del movimiento neoplatónico y exponente central de la Academia florentina,
fue Marsilio Ficino. Bajo la
protección de Cósimo de Médicis, padre de Lorenzo, Ficino tradujo al latín
todas las obras de Platón, de Plotino y varios textos de los neo-platónicos
antiguos. Pero la obra que tuvo
mayor importancia en la construcción del pensamiento filosófico del
Renacimiento (y una gran resonancia en aquel tiempo) fue la traducción del Cuerpo
Hermético, o sea el conjunto de obras que contiene la enseñanza de
Hermes Trismegisto (el tres veces grande).
Los manuscritos de estos textos llegaron a Occidente por interés de Cósimo
quien disponía de agentes que buscaban y compraban los antiguos códices en
el Imperio Bizantino. Se
puede comprender la importancia excepcional atribuida por el mundo humanista a
las obras herméticas si se considera que Cósimo ordenó a Ficino dejar a un
lado la traducción de Platón para dedicarse a éstas.
Por lo tanto, la sabiduría de Trismegisto era considerada superior aún
a la del “divino” Platón. La
figura de Trismegisto adquirió tal popularidad que fue representada junto a
Moisés en el gran mosaico que se encuentra en el ingreso a la Catedral de
Siena. Los
textos herméticos, que contienen enseñanzas filosóficas, prácticas mágicas
y alquímicas, según la crítica moderna fueron escritos probablemente entre
el siglo II A.C. y el siglo III D.C. y son expresión de ambientes sincréticos
greco-egipcios. Sin embargo, no
es posible descartar que transmitan enseñanzas mucho más antiguas. Ficino
es una figura filosófica compleja, preocupada sobre todo por conciliar la
dignidad y la libertad del hombre, exaltadas por el primer Humanismo, con el
problema religioso que aquel no había afrontado adecuadamente. Aun siendo el más decidido propagador del platonismo, no
rechazó el cristianismo y hasta tomó las órdenes sacerdotales porque para
él cristianismo y platonismo coincidían en su más profunda esencia.
Sin embargo, precisamente partiendo del tema religioso, completó la
obra de glorificación de la naturaleza humana hecha por los primeros
humanistas y elevó al hombre casi al nivel de un dios. Del
neoplatonismo antiguo Ficino retoma la idea de la manifestación de la
divinidad, el Uno, en todos los planos del ser, por un proceso de “emanación”.
No hay, por tanto, un abismo entre el hombre y la naturaleza por un
lado y Dios por el otro, sino un pasaje ininterrumpido que va de Dios al ángel,
al hombre, a los animales, a las plantas, a los minerales.
El hombre está al centro de esta escala de seres y es el vínculo
entre lo que es eterno y lo que está en el tiempo.
El alma humana, punto medio y espejo de todas las cosas, puede contener
en sí todo el universo. Así
es cómo se expresa Ficino: «¿No
se esfuerza el alma para transformarse en todas las cosas, así como el hombre
es todas las cosas? ¡Se esfuerza
en manera maravillosa! Vive la
vida de las plantas en su propia función vegetativa, la vida de los animales
en la actividad sensible, la vida del hombre cuando con la razón trata las
cuestiones humanas, la vida de los héroes investigando las cosas naturales,
la vida de los ‘demonios’ en las especulaciones matemáticas, la vida de
los ángeles en el indagar los misterios divinos, la vida de Dios haciendo por
gracia divina todas estas cosas. Cada
alma humana hace, de algún modo, todas estas variadas experiencias, pero cada
una según su forma. Y el género humano en su conjunto tiende a transformarse
en el todo, porque vive la vida del todo. Por
esto tenía razón el Trismegisto
en llamar al hombre un gran milagro».
Es
esta misma máxima, atribuida a Trismegisto, la que una de las figuras más
singulares del Humanismo, Giovanni Pico della Mirándola, cita al comienzo de
su oración sobre la Dignidad del hombre.
Se trata de un texto que, por las intenciones propagandísticas con que
fue escrito, puede ser considerado un verdadero “manifiesto del
humanismo”. Pico, que pertenecía
a una rica familia principesca, había mostrado un precoz ingenio y una
extraordinaria curiosidad intelectual. Conocía
el griego, el árabe, el hebreo, el arameo; había estudiado a los grandes filósofos
musulmanos y hebreos; la Cábala lo había fascinado.
Con poco más de 20 años había tratado de recopilar y sintetizar toda
la sabiduría de su tiempo en 900 tesis que, según su intención, debían ser
discutidas públicamente en Roma por los más grandes doctos de la época,
convocados a su cargo desde todos los rincones del mundo.
Pero este extraordinario programa, que superaba los confines de las
religiones y las culturas, y que apuntaba a la paz y
la conciliación, fue inmediatamente congelado por la oposición eclesiástica.
Algunas tesis fueron declaradas heréticas, el gran debate fue
prohibido, Pico huyó a París donde fue arrestado por orden del Papa.
Logró salvarse sólo gracias a la simpatía de la que gozaba en el
ambiente intelectual y en la corte de Francia.
Poco después, Pico se refugió en Florencia donde, bajo la protección
de Lorenzo el Magnífico, pasó el resto de su breve vida.
La
oración sobre la Dignidad del hombre había sido pensada como
introducción al evento romano: se tendría que haber leído antes de comenzar
los trabajos, a fin de dar dirección a la discusión y delimitar su
horizonte. Al inicio de la oración
Pico presenta su concepción del ser humano, y lo hace con un artificio retórico
de gran efecto: Dios explica cómo ha creado al ser humano. He aquí el texto:
«No te he dado un rostro, ni un lugar propio, ni don alguno que te sea
peculiar, Oh Adán, para que tu rostro, tu lugar y tus dones tú los quieras,
los conquistes y los poseas por ti mismo. La naturaleza encierra a otras
especies en leyes por mí establecidas. Pero tú, que no estás sometido a
ningún límite, con tu propio arbitrio, al que te he confiado, te defines a tí
mismo. Te he colocado en el centro del mundo, para que puedas contemplar mejor
lo que éste contiene. No te creado ni celeste ni terrestre, ni mortal ni
inmortal, para que por tí mismo, libremente, a guisa de buen pintor o hábil
escultor, plasmes tu propia imagen. Podrás degenerar en cosas inferiores,
como son las bestias; podrás,
según tu voluntad, regenerarte en cosas superiores, que son divinas».[8]
Así,
para Pico el ser humano no tiene una “naturaleza” rígidamente determinada
que condicione sus actividades, como ocurre con los demás seres naturales.
El hombre es fundamentalmente ausencia de condiciones, libertad, elección.
El hombre puede ser todo: por libre elección puede colocarse en cualquier
nivel del ser, puede degradarse hasta vivir como los animales o elevarse a un
estado en el que participa de la vida divina. Es, por lo tanto, un puro
existir que se construye a sí mismo a través de lo que elige.
Es
difícil subestimar la importancia de una tal concepción de ser humano y la
influencia que ésta ha ejercido directa o indirectamente hasta nuestros días,
como aparecerá claramente en este ensayo. Esta concepción rompe con todo
determinismo y coloca a la esencia humana en la dimensión de la libertad.
En
la obra del humanista francés Charles Bouillé, De sapiente (el sabio)
la glorificación del hombre alcanza quizás su máxima expresión.
Bouillé, formado en el pensamiento de Ficino y Pico, afirma
–siguiendo a sus maestros– que el hombre no posee una naturaleza
determinada, sino que resume en sí todos los distintos grados del ser: existe
como la materia inanimada, vive como las plantas, siente como los animales, y
además razona y reflexiona. Gracias
a esta capacidad el hombre se asemeja a la Naturaleza creadora. Pero no
cualquier hombre es capaz de alcanzar este nivel, sólo el sabio puede
hacerlo a través una paciente obra de autoconstrucción, gracias a su virtud
y su arte. Aquí aparece
con toda claridad el ideal de hombre que la cultura del humanismo ha siempre
anhelado: el hombre superior, que supera a la “naturaleza” de los
hombres comunes, que se construye, eligiendo y luchando, una segunda
“naturaleza”, más alta, más cercana a la naturaleza de lo divino.[9]
En el ser humano existe esta posibilidad, como así también existe la
posibilidad de detenerse en un grado inferior del ser. Bouillé
retoma y trasciende la equivalencia microcosmos-macrocosmos típica del
hermetismo. El cosmos es todo pero no es conciente de lo que es;
el hombre es casi nada, pero pueder saber todo. Entre el hombre y el
mundo descansa la misma relación que existe entre el alma y el cuerpo.
El hombre es el alma del mundo y el mundo es el cuerpo del hombre.
Pero la conciencia de sí, que el hombre confiere al mundo, humanizándolo
en cierta medida, coloca al hombre por encima del mundo.
Todas
las corrientes filosóficas del Renacimiento están saturadas de
“naturalismo”, pero en este caso el término asume un connotación
especial, que nada comparte –es más, que es incompatible– con la concepción
moderna.
El
mundo natural no es –como en la visión científica actual– pura materia
inanimada sujeta a leyes mecánicas y ciegas, sino un organismo viviente
dotado de energías en todo semejantes a las del hombre.
Infinitas corrientes de pensamiento y de sensaciones lo atraviesan, uniéndose
a veces, y a veces oponiéndose entre sí.
Al igual que el hombre, posee sensación e intelecto, siente simpatías
y antipatías, placer y dolor. Según
la concepción hermética, el universo es un gigantesco individuo dotado de un
alma invisible que siente y conoce, el alma del mundo, y
de un cuerpo visible, dotado –como el humano– de distintos órganos y
aparatos. El universo es un macroantropos.
Por
lo tanto, la clave para acceder a la comprensión del mundo natural está en el
hombre. El hombre es el código, el paradigma del universo, ya que, como microcosmos,
presenta las mismas características fundamentales. La estructuralidad, la
armonía del cuerpo humano, el hecho de que todas sus partes se
interrelacionan y desarrollan funciones complementarias, se reflejan en la
solidaridad y la unidad del universo. Los
distintos planos del ser en los que el universo se articula –los minerales,
las plantas, los animales, los seres humanos, las inteligencias superiores–
no están separados ni se ignoran recíprocamente: están unidos por hilos
sutiles, por misteriosas correspondencias.
Cierta estrella lejana, cierta piedra, cierta planta, a pesar de la
diversidad y de la distancia que las separa, están ligadas entre sí por una
relación aún más profunda y esencial que la que existe con otras estrellas,
piedras o plantas de distinto tipo. Cada una, en su plano, es la manifestación
de una forma ideal; cada una es el signo de un aspecto esencial
de la naturaleza.
El
hombre, precisamente porque comprende en sí todos los planos del ser, por su
naturaleza proteiforme –una maravillosa síntesis del resto de la
naturaleza– es capaz de seguir los hilos misteriosos que se extienden de un
extremo al otro del Universo, de descubrir los influjos secretos que unen a
seres aparentemente distintos y lejanos.
Él puede leer en la naturaleza los signos que la mano de Dios ha
escrito, como si fueran las letras del libro sagrado de la creación.
Pero
además, si el alma y el intelecto actúan intencionalmente sobre el cuerpo
humano, ¿por qué no deberían actuar también sobre el cuerpo del mundo, del
cual el humano es una extensión? Si
la Luna hace crecer las aguas, si el imán atrae al hierro, si los ácidos
atacan a los metales, ¿por qué el hombre, que es todas estas cosas juntas,
no puede ejercer una acción sobre cada aspecto de la naturaleza?
Él puede conocer los odios y amores, las atracciones y repulsiones que
acercan o separan a los elementos. Pero
mientras estas fuerzas obran de manera inconsciente, el hombre puede usarlas y
dominarlas concientemente.
Así,
el humanismo del Renacimiento concibe la relación entre el hombre –en este
caso el hombre superior, el sabio– y la naturaleza, fundamentalmente como
una relación de tipo animista, mágico.
El sabio es un mago que, utilizando sus facultades intelectuales
y anímicas, somete a las fuerzas de la naturaleza o coopera con ellas.
Su arte puede acelerar, detener o transformar los procesos
naturales cuyos secretos conoce. La
astrología, la alquimia, la “magia natural” son las “ciencias”
características de la época.
Es
cierto que la astrología conlleva un fuerte elemento de determinismo y de
fatalismo, y por esto fue ásperamente combatida por Pico que, en cambio, era
favorable a la magia. Si el
destino de los hombres, de los países, de las civilizaciones es dictado por
los movimientos de los astros, que a través de sutiles vías llegan a
determinar sus comportamientos, no hay lugar para la libertad en la gran máquina
del Universo. Pero hasta las concepciones astrológicas del humanismo se
conforman al espíritu de la época, poniendo en primer plano al hombre y su
libertad. Así, el conocimiento
de los influjos astrales es entendido como el comienzo de un proceso de
liberación de la esclavitud que éstos imponen y, en un plano cósmico,
aporta las pruebas de la solidaridad que une entre sí todas las partes del
Universo.
La
ciencia de los astros y de las leyes de la naturaleza implica el uso de las
matemáticas. Pero este uso es
bien diferente del que le dará la ciencia moderna.
Fiel a la concepción pitagórica y platónica, el humanismo
renacentista no concibe a los números y las figuras geométricas como simples
instrumentos para el cálculo o la medición.
Los considera entes en sí, expresiones de la verdad más profunda, símbolos
de la racionalidad del Universo, comprensibles sólo a través de la facultad
más característica del hombre: el intelecto.
Así, el humanista Luca Pacioli, que redescrubre la divina proporción
o sección áurea, considera a la matemática –tal como lo hicieran Pitágoras
y Platón– fundamento de todo lo existente.
Se trata, por lo tanto, de una matemática mística y no de una ciencia
que encuentra su legitimación en medir, proyectar o construir.
Por
cierto, estos aspectos son también de fundamental importancia durante el
Renacimiento. El hombre de esta época es eminentemente activo: intenta,
prueba, experimenta, construye, impulsado por una ansiedad de búsqueda que lo
lleva a poner en discusión y someter a verificación las certezas consagradas
por la tradición secular. Este
espíritu de libertad, de apertura, constituye la condición para la revolución
copernicana y todos los grandes descubrimientos de la época.
Pero en la base del trabajo técnico, del arte, subyace siempre
la idea de un mundo natural que no se contrapone al hombre, sino que es su
prolongación. Y es por esta razón
que la actitud hacia las matemáticas y la técnica de Alberti, Piero della
Francesca y Leonardo, que hicieron vastísimo uso de ellas, es sustancialmente
diferente a la del técnico y del científico moderno.
La diferenciación entre alquimia y química, astrología y astronomía,
magia natural y ciencia se desconoce en esta época y vendrá mucho más
tarde. Aun Newton, en pleno siglo
XVIII, escribe un tratado de alquimia...
y los ejemplos de este tipo se podrían multiplicar.
Para
el humanismo del Renacimiento existe en la naturaleza un orden matemático que
puede ser descubierto y reproducido. Este
orden es divino y reconstruirlo a través del arte significa “acercarse a
Dios, haciéndose como Dios, creador de cosas bellas.”
[1] El término “humanismo” ha sido acuñado en tiempos relativamente recientes: fue introducido (como Humanismus) a principios del siglo XIX por el pedagogo alemán D. J. Niethammer para indicar la importancia atribuida al estudio de la lengua y la lieteratura griega y latina en la educación secundaria. La palabra latina “humanista” aparece en Italia durante la primera mitad del siglo XVI con la acepción del literato que se dedica a los studia humanitatis. Cfr. P. O. Kristeller: Renaissance Thought and its Sources, New York, 1979, págs. 21-22.
[2] G. Manetti. De dignitate et excellentia hominis. Páginas elegidas y traducidas por E. Garin en: Filosofi italiani del Quattrocento, Florencia 1942, págs. 230-243.
[3] L. Valla. De voluptate. Páginas elegidas y traducidas por E. Garin en: Filosofi italiani del Quattrocento, op. cit., págs. 174 - 199.
[4] L. B. Alberti. Opere volgari: Della famiglia. Cena familiaris. Villa. Ed. por C. Grayson, Bari 1960, Vol. 1, págs 3-12.
[5] Cfr. J. Doresse. L’ermetismo di origine egiziana. En Storia delle Religioni. Ed. por H.-C. Puech, Vol. 8, Roma-Bari 1977.
[6] Cfr. F.A. Yates. Giordano Bruno and the Hermetic Tradition. London 1964. Cap. I-IV.
[7] M. Ficino. Theologia platonica de immortalitate animorum, XIV, 3. Citado por G. De Ruggiero en Storia della Filosofia. Rinascimento, Riforma e Controriforma. Roma-Bari 1977. Vol. I, pág. 117.
[8] G. Pico della Mirandola. De hominis dignitate, Heptaplus, De ente et uno, e scritti vari. Ed. por E. Garin, Florencia 1942, págs. 105-107.
[9] El tema hermético del hombre superior, que se autoconstruye y supera el común nivel humano, acerca las concepciones del humanismo europeo a las de otras filosofías tradicionales. Efectivamente, este tema es central en el Sufismo y el Induismo, entre otros.
[10] Cfr. E. Cassirer. Individuum und Kosmos in der Philosophie der Renaissance, Leipzig 1927. Traducción italiana de F. Federici, Florencia 1935, págs. 142-148.
[11] G. De Ruggiero, op. cit., pág. 126.