Ortega y Gasset

Ortega y Gasset hoy sigue enseñando

 

Por Jorge Rouillon

En un concurrido acto, la obra del filósofo español fue recordada en un diálogo entre los politicólogos Andrés Ortega y Natalio Botana, en el comienzo del ciclo "Cara a cara con los intelectuales", que organizan LA NACION y Zurich

"Creo que Ortega vuelve, y no sólo en España", dijo ayer Andrés Ortega, nieto del filósofo Ortega y Gasset, al hablar ayer en el ciclo "Cara a cara con los intelectuales", organizado por LA NACION y Zurich en la Feria del Libro.

El disertante -que no conoció a su abuelo, ya que falleció cuando él tenía poco más de un año- compartió un panel sobre "Ortega y Gasset, periodista y pensador de la comunicación", con Natalio Botana, politicólogo, académico de Ciencias Morales y Políticas en la Argentina y en España, y columnista de LA NACION.

Graduado en Ciencias Políticas, Andrés Ortega es columnista y editorialista del diario El País, de Madrid, y dirige la edición española de la revista Foreign Policy; fue también director del gabinete de análisis y previsión del presidente Felipe González.

Al abrirse el acto, que moderó Verónica Chiaravalli, subeditora de la sección Cultura de LA NACION, el visitante confesó que era la primera vez en su vida que hablaba a fondo de algo referente a su abuelo. Y reconoció que lo embargaba la emoción al recordar al filósofo a medio siglo de su muerte y en el 75° aniversario de su libro más famoso, "La rebelión de las masas".

Comentó que en los últimos años se ha acordado la traducción de sus obras con editoriales de Alemania, Francia, Italia, Portugal, Grecia, Bulgaria, Bielorrusia, Croacia, Ucrania, China, Japón, Corea del Sur, Estados Unidos y otros países. ¿Por qué ese interés?, se preguntó. "Orteguianamente, se podría decir que por el momento histórico", dijo.

Tiempo de interregnos

Estimó que mucho nos liga a la época en que Ortega desarrolló su pensamiento, una época de interregnos que el llamó "un vacío entre dos organizaciones del mando histórico: la que fue y la que va a ser". Andrés Ortega consideró que este interregno va a durar hasta 2020, hasta abarcar a dos generaciones desde la caída del muro de Berlín.

Halló otra similitud en el predominio actual de la técnica, que él ya analizó. O en "sentirnos algo náufragos, en términos individuales o colectivos", deslizó. "Y ello pese a que, por ejemplo, la integración europea haya superado sus vaticinios aunque se encuentre ahora, también, algo perdida, sin rumbo."

Andrés Ortega, que no es filósofo ni pretende serlo, sino periodista, dijo que su abuelo llevaba el periodismo en la sangre, en sus venas (hoy diríamos en su ADN). Era hijo de un periodista y nieto de otro, dueño del periódico El Imparcial. Y contaba que había nacido "encima de una rotativa", queriendo decir, en una metáfora, que había vivido el periodismo desde niño.

El nieto estimó que el estilo de Ortega está muy ligado a su afán periodístico: amenidad, claridad -la famosa "cortesía del filósofo"- para hacer comprensibles los temas complejos. Pretendía influir, educar hacia la filosofía. En 1932, en una rara nota autobiográfica, escribió: "Quien quiera crear algo -y toda creación es aristocracia- tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí, por qué, dócil a mi circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico".

Hubo menciones para sus artículos en El Sol, Crisol, El espectador, Revista de Occidente. Y desde ya, a las notas que publicó en LA NACION, entre 1923 y 1952, de las cuales una selección fue editada el año último por este diario en un libro de homenaje.

Natalio Botana coincidió en esa inclinación que sentía Ortega a comunicar su pensamiento a través de la prensa, a tomar contacto directo con el público, como lo hacía en las conferencias. Era lo contrario, dijo, de una suerte de intelectual que encontramos hoy, arrinconado en su oficina, cuyos estudios circulan en papers anodinos para ser leídos por sus colegas. "Para él no tenía sentido el pensamiento si no desbordaba hacia un público más vasto."

Botana recordó las visitas de Ortega a la Argentina en 1916, 1928 y 1939 (cuando se quedó en Buenos Aires hasta 1942). Y analizó cómo fue viendo al país. La primera vez se vio maravillado ante la abundancia argentina. Paradójicamente, apuntó Botana, entre 1914 y 1916 el producto bruto había tenido una caída similar a la de la crisis de 2001-2002. Pero Ortega veía bullir ese país, al cual habían llegado en 1913, antes de la guerra, nada menos que 260.000 extranjeros. Y donde había un Estado organizado, aunque no dejaba de avizorar en su aparato una tendencia futura a la burocratización y centralización de la vida social.

En 1928 despertó polémica con "El hombre a la defensiva". Acertó al ver la tensión entre ideales inalcanzables y realidades mucho más modestas. Y advirtió una arrogancia, que caracterizó en el guarango o la guaranga, que eran más porteños que argentinos, porque, en realidad, conoció Buenos Aires con sólo una salida hacia Rosario o La Plata. Botana recordó a Chesterton, a quien alguien le preguntó una vez que volvió de París a Londres qué le habían parecido los franceses. "Mire, en realidad, no los he visto a todos". En 1939, Ortega vio una Argentina crepuscular, oscura.

Entre otros, en la platea, llena, se vio al ex gobernador de Corrientes Ricardo Leconte, a la presidenta del Mozarteum, Jeannette Arata de Erize, a la vicepresidenta de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, Marta Campomar, y a su directora, Inés Viñuales.

Hubo preguntas y comentarios. Botana concluyó: "Deberíamos volver a leer a Ortega, a escucharlo; es un hombre que nos enseñó a pensar".
 


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