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Por Prof. Marcia Gabriela Spadaro
El hombre deviene a un mundo que le es dado tanto por la
naturaleza (su medio físico circundante, su mismo cuerpo y
psiquis) como por los otros hombres (cultura, religión, política,
organización social, etc.) mundo que habrá de limitarlo o
determinarlo. Este mundo es anterior a su presencia, es un mundo
pre-existente que posee sus respectivas legalidades es decir, que
es un mundo ordenado tanto por leyes naturales como por leyes
sociales.
En cuanto el hombre deviene a este kosmos2,
las determinaciones de éste se le imponen y lo configuran
condicionado, es más su propia onticidad pertenece a este
kosmos que le antecede a tal punto que no es libre de ser. En
sencillas palabras el hombre no ha elegido nacer (como cualquier
ente existente3) por lo
tanto la vida es un hecho compelido, no elegido y obviamente no
disponible de nuestra elección, pero tampoco hemos elegido qué,
dónde ni cuándo ser4.
Ahora bien, estas legalidades determinan las acciones del hombre
desde su misma interioridad, ya que él mismo es un ser legalizado,
o sea, inscripto dentro de un orden, por ende al no poseer alas no
puede volar. Por estas razones Julio C. Colacilli de Muro
denominará que estas legalidades han de ser los amos del hombre.
No obstante, dadas las características de este trabajo pasaremos
por alto el amo natural y nos internaremos de lleno en lo que
genéricamente llamamos amo social, amo que le deviene por su rasgo
de humanidad. La necesaria dependencia del hombre en un estado
inicial lo determina forzosamente como un ser social cuya
vida sólo tiene perspectiva de plenitud humana en relación con
sus semejantes. Es decir, esta natural indefensión del hombre
al nacer implica la dependencia obligada a un grupo social que
satisfaga sus necesidades vitales y afectivas hasta que el sujeto
alcance un desarrollo considerablemente autónomo, esté capacitado
para satisfacerlas por sus propios medios o acciones sin recurrir
a los otros5. Evidentemente
esta autonomía sólo opera en plano vital no así el afectivo o el
espiritual, donde el hombre siempre requiere del otro6,
de lo contrario no sería naturalmente social ni su plenitud
se hallaría en su relación con sus semejantes, de tal modo que la
autosuficiencia no le es inherente a la naturaleza humana7.
En consecuencia la sociedad acoge al hombre permitiéndole su
supervivencia (puesto que en su estado original no posee el poder
autónomo de lograrla) marcando al ser a través de imposiciones
(hechos compelidos) legales de tipo normativos, éticos,
culturales, etc. a fin de perennar y expandir el orden ya
establecido. Manuel Trias, en Esencia y fin de las humanidades,
nos los justifica de esta manera: “El infante tiende a ser un
pequeño déspota y se destruiría a sí mismo si se lo dejase obrar a
su arbitrio. Destruiría también el orden del adulto”8.
Sin embargo no difiere substancialmente de la postura de Colacilli:
“Las sociedades se perpetúan enseñando a los individuos de cada
generación las pautas culturales referentes a la conducta que se
espera de ellos; si la cultura no se transmitiera, no habría
posibilidad de incorporar nuevos miembros al sistema social y éste
moriría a corto plazo.”9
De hecho, si las sociedades no educaran a sus miembros no los
integrarían y éstos, a su vez, la destruirían, puesto que ella se
constituye como tal en tanto que ella conserva su identidad, la
cual es de aspecto funcional y halla existencia en la
manifestación del orden acordado10.
Una sociedad que no educa se condena ella misma a su muerte.
Hemos visto que es un imperativo humano la relación con los otros
hombres, los cuales constituyen una sociedad o una comunidad, es
un imperativo integrarse a ella, ser en el pleno sentido de la
palabra un ciudadano. A su vez es un imperativo de las sociedades
integrar a sus futuros miembros. El único modo de ser
verdaderamente ciudadano es siendo un agente activo de su
realidad, así como la sociedad únicamente se desenvuelve como tal
en la medida que se abre a los ciudadanos y su modo de acción es
la educación. Por ende el hombre necesita de la educación para ser
un agente activo y la sociedad la necesita para poder perennarse.
“Ya a través de la imitación, ya mediante una educación
sistematizada, la sociedad impone al individuo sus pautas
culturales para que éste adquiera y desarrolle los hábitos
adecuados que lo llevarán a desempeñarse eficazmente en
determinado papel social; la satisfacción de sus necesidades
personales y, en particular, la de lograr respuestas favorables
para su conducta por parte de los demás, pone al individuo en
condiciones de aceptar, casi sin proponérselo, la legalidad
cultural que la sociedad emplea para integrarlo a su
funcionamiento.” 11
En primer lugar vemos reafirmado en el párrafo citado lo que se ha
venido sosteniendo, acerca de la educación como modus operandi
de la sociedad. Justamente la sociedad educa al individuo conforme
al rol adscripto o adquirido que el sujeto desarrollará en cuanto
sus potencias psíquicas, intelectuales y físicas se lo permitan.
Los integrantes de la sociedad, son los órganos de esta
unidad viva, cuya vida depende del funcionamiento adecuado
de sus miembros. De modo que la sociedad no sólo requiere de la
educación como medio de conservación su identidad, si no también
como condicionante ineludible de su salud12.
Para ello el hombre debe conocer sus legalidades y poder operar
con ellas.
Por otro lado, las mismas necesidades psíquicas de reconocimiento,
trato afectivo o la aceptación del otro, llevan al hombre a
introyectar las legalidades sociales, aún cuando no las ha
reflexionado. Es decir, el conocimiento es una relación entre el
sujeto y el objeto, pero, a su vez, la disciplina filosófica (la
gnoseología) que estudia esta relación es en sí misma reflexiva
porque para estudiar el conocimiento primero debió conocer; por lo
tanto el hombre acepta la legalidad cultural desde el inicio de su
vida cuando aún no ha podido dar cuenta de la conceptualización
lógica o causal de la magnitud de su admisión. Simplemente la
satisfacción de las necesidades que la sociedad le brinda al
individuo afianza el sentimiento de seguridad (disminución de la
incertidumbre e inestabilidad) en ella13.
“Teántropos podrá –a favor o en contra de su propia integridad-
aceptar o rechazar los fines educativos que su sociedad le
proponga, pero esto sólo podrá hacerlo cuando ya haya adquirido la
capacidad de discernir; cuando ya esté en condiciones de pactar
con ella; es decir, cuando entren en juego las leyes de la
libertad.”14
En consecuencia, para que el hombre devenga un órgano social
deberá aprender a ser autónomo, o sea, a operar sobre la realidad
a fin obtener los resultados esperados. Sólo puede alcanzar sus
objetivos en la medida que conoce las legalidades que los
sostienen, entonces conforme a estas legalidades el hombre puede
prever o predecir los acontecimientos a devenir,
como también puede convertirse en un co-legislador y
transformar los hechos de acuerdo a sus finalidades15
(agente activo de las legalidades, revirtiendo la pasividad de su
condición inicial). De modo que el hombre proyecta tanto sobre su
mundo natural como su mundo social metas e incluso utopías que
afectan a su relación con éstos, y en la medida que el hombre
puede dar cuenta de las legalidades que circunscriben esta
realidad, que ansía moldear complaciente a sus fines puede
verdaderamente transformarla realizado sus objetivos, ya sea
acabada como inacabadamente16.
Así, mientras la sociedad ha educado al hombre, le ha brindado el
saber necesario para la preservación del orden preestablecido (es
decir, para que cada hombre cumpla la función de perpetuar el
statu quo) éste en la medida que sus necesidades o
expectativas no son satisfechas por dicho orden se a presta
transformarlo. La insatisfacción proviene de una discrepancia
individual con los medios que la sociedad otorga para la
satisfacción de sus necesidades, ya sea porque ésta le ha
resultado indiferente o porque no le otorga la intensidad adecuada
a la mencionada satisfacción. Esta insatisfacción es el motivo que
moviliza a la búsqueda del cambio, a la búsqueda de la
satisfacción, dejando de ser el hombre un simple mantenedor para
advenir un instaurador de nuevos ordenes17.
En fin, sólo si el hombre conoce a sus amos, él puede ser amo de
sus propios actos18. Al ser
amo de sus actos (o como dirían los antiguos griegos “ser dueño de
sí”) el individuo realiza su libertad ya que “La libertad no es
una meta para el hombre; es su modus operandi y, como tal,
tiene sus grados de excelencia”19.
La libertad le es connatural, pero conforme a la claridad de
discernimiento el hombre puede hacer un mejor uso de ella, por
ello la libertad es condición necesaria pero no suficiente para el
logro de su plenitud humana20.
Observemos, por un lado, que el buen uso de la libertad lo brinda
una educación proyectada hacia anhelos éticos que permiten que el
hombre haciendo uso de sus conocimientos disminuya el campo de sus
molestas limitaciones, de tal modo que en tanto la educación es
una condición necesaria para desarrollar con excelencia la
libertad, modo de todos los actos humanos, ésta resulta la llave
de la humanización. Y, por otra parte, si miramos a la libertad
desde una óptica socrática – platónica, no estaríamos de acuerdo
con la postura de Colacilli, ya que para éstos la libertad
(también en entendida como gobierno del propio factum)
implica una serie de virtudes, entre ellas la prudencia en tanto
que la prudencia es deliberación correcta o adecuada del
transcurso de nuestras acciones.
“Una característica esencial de los actos libres consiste en
que mediante ellos el hombre está en condiciones de modificar un
orden dado e, inclusive, destruirlo; pero esta modificación o
destrucción trae siempre como consecuencia la instauración
inmediata de otro orden, que sustituye al anterior de acuerdo
siempre con la legalidad natural; por el contrario, se concierta
sólidamente con él, constituyéndose en uno de los
instrumentos de presión más
altamente diversificados; lejos de ejemplificar la
indeterminación, los actos libres constituyen una variedad muy
enérgica de determinismo.”21
Aquí se nos devela el doble filo del saber y de la libertad:
mientras éstas nos impiden ser esclavos, ser dominados, ser
heterónomos (regidos por la ley del otro), facilitando nuestra
autonomía, es decir instaurándonos nuestra propia legalidad
conforme a nuestras predisposiciones internas y produciendo
modificaciones en el orden social que es lo que al hombre le
permite configurarse como ser político; el exceso de este
ejercicio innovador traería un efecto contraproducente, ya que el
ser libre de este individuo consistiría en convertirse él en amo
de los otros hombres y en tal caso cambiaría las legalidades
preestablecidas sin ningún objeto de provocar la satisfacción de
la comunidad, más que el mero provecho propio.
El hombre esclavo es parte de una masa alienada22,
definida por Julio C. Colacilli de Muro, como una entidad global,
tangible y poderosa que actúa en provecho de la totalidad y tiene
como consecuencia la anulación de la voluntad del hombre (inmola
la individualidad)23. La
educación sistemática o no, deviene de este orden al que el ser
adviene sin voluntad, y tendrá como fin conformar un hombre
statu quo, sostenedor y continuador del orden implantado, este
hombre statu quo, mientras no se fomente la anulación
permanente de su voluntad, siempre que sea una instancia por la
que el hombre transitará brevemente (mientras su facultad
deliberativa no esté correcta y maduramente desarrollada, no
obstante el adulto deberá darle las razones por las cuales lleva a
término las decisiones que por él toma y se responsabiliza, siendo
así no una actitud nociva sino protectora, prudente, preservadora
del individuo inconsciente de peligros, irresponsable de sus
actos) cuya teleología será afín de internalizar el orden para más
tarde comprenderlo, no se opone absolutamente al hombre político
agente activo de su realidad, de lo contrario es necesario para la
constitución del mismo.
Marcia Gabriela Spadaro nació en 1979 en Buenos Aires,
Argentina. En el 2002 egresó de la Facultad de Filosofía y
Humanidades de la Universidad de Morón (Argentina) como Profesora
en Filosofía.Actualmente ejerce como profesora ayudante en la
cátedra de Historia de la Filosofía Medieval y como colaboradora
graduada en la cátedra Fundamentos del Pensamiento Occidental,
pertenecientes a la mencionada Facultad. También se desempeña como
docente en la cátedra Lógica y Metodología de la Facultad de Cs.
Económicas y ha sido docente de la Cátedra Problemática Cultural,
Económica y Social del a Facultad de Informática y técnicas
Especiales, ambas de la Universidad de Morón.
Desarrolla para el Instituto de Educación a Distancia de la misma
Casa de Altos Estudios un programa de Capacitación a distancia
para docentes de Filosofía a desarrollarse en el año 2005. Es
Organizadora en las Primeras Jornadas de Cátedra de Filosofía
Medieval “San Agustín y el pensamiento contemporáneo” a celebrarse
en agosto del 2004.
Es secretaria de la revista Sofós de la Casa de Cultura de
Ituzaingó (Bs. As., Argentina) y es co-directora de la revista
Tántay (Bs. As., Argentina). Y durante el año 2002 ha sido
directora de la revista Polifonía de los estudiantes de la
Facultad de Filosofía y Humanidades de la cuál egresó. Ha
presentado ponencias en congresos de Filosofía de la Pontificia
Universidad Católica Argentina, y en la Fundación Universitaria
San Pablo- CEU (Madrid, España) y de Arte en la Universidad de
Guadalara (Guadalajara, México) en la Universidad de Buenos Aires
(Argentina).
Publica artículos, además de en la presente, en la Escuela de
Filosofía ARCIS de la Universidad de Santiago de Chile, la revista
Gribralfaro de la Universidad de Málaga (España). Recientemente ha
realizado el Proemio y el comentario de la obra poética “Árbol era
esa mujer” de Víctor Hugo Alvitez Moncada a editarse prontamente
por las Ediciones Pisadiablo de Chimbote, Perú. Por estas
publicaciones ha recibido recientemente una Mención de Honor del
Rector Dr. Mario Armando Mena de la Universidad de Morón.
A su vez, junto a la actividad filosófica es autora de cuentos
fantásticos publicados en el formato de libro electrónico bajo el
título “El encanto del insecto y otros cuentos” en el portal del
Crisol Hispano.
Dirección electrónica:
marciaspadaro@fullzero.com.ar
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Notas:
Storni, Fernando J., Ideas y
propuesta para la educación argentina. 1989, Academia de
Educación, Bs. As.
“Cada
sociedad humana es un organismo vivo; es una estructura óntica
integrada por individuos humanos que se vinculan entre sí, y con
un hábitat, por uno o más sistemas de relaciones que
constituyen lo que genéricamente se denomina “cultura””
.
Colacilli de Muro, J. C. “El hombre y sus amos o la educación
para la libertad”. ed. cit.. p.33.
Colacilli de Muro, J. C. “El
hombre y sus amos o la educación para la libertad”. ed. cit..
p. 33.
(Refiriéndose a Teántropos)
“El uso de su libertad le permitirá, tarde
o temprano, introducir cambios en el ordenamiento de su vida, pero
será necesario que antes sienta en carne propia lo que es un orden
impuesto y qué relaciones pueden establecerse entre éste y
los órdenes preferidos”. Colacilli de Muro, J. C. “El
hombre y sus amos o la educación para la libertad”. ed. cit..
p.73.
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