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Por Sebastián Dozo Moreno
“Hay que llevar más la mano a la barbilla”, le oí decir a Julián
Marías de viva voz. Y esta sutil invitación a pensar, no la
dirigió Marías sólo a los filósofos de oficio, sino a todos los
hombres. La pedantesca distinción hecha por Arthur Schopenhauer
entre “filósofos y profesores de filosofía” seguramente no tenía
sentido para Marías, porque para este pensador español ser hombre
significa ser filósofo, en tanto que lo que define al hombre es la
conciencia, es decir, el pensamiento. El profesor de filosofía es
filósofo tanto como el profesor de matemáticas, el arquitecto, el
ama de casa, y el niño que pregunta: “¿Qué es la filosofía?”, sin
poder saber que sólo un filósofo es capaz de preguntas semejantes,
ya que el arte de pensar consiste esencialmente en saber
preguntar, pero también, en atender a las preguntas que plantea el
mundo con sus problemas y sus misterios.
¿Pero no hay ninguna diferencia entre un filósofo y un hombre que
jamás se detiene a pensar? Sí, la hay, pero es apenas una
diferencia de grado, porque el segundo no es que no piense, sino
que ignora que piensa, y procede como un albatros que arrastra las
alas sin elevarse jamás por una rara incapacidad de reconocer la
utilidad de sus prodigiosas extremidades. “Sus alas de gigante le
impiden caminar”, dijo Charles Baudelaire al comparar al genio con
un albatros, pero en el caso del que desconoce su condición de
filósofo, habrá que decir: “Por ignorar sus alas, no sabe qué es
volar”. Y aunque Platón definió al hombre como un “bípedo implume”
(un ser con dos pies y sin plumas), un filósofo con vuelo como
Julián Marías nos recuerda que el hombre se eleva por encima de sí
mismo cuando realiza un simple acto de concentración reflexiva.
El que no se detiene, en cambio, no se da el tiempo para saber qué
es lo que piensa y siente. No aguza la razón. No permite a su
conciencia ser ella misma, es decir, cumplir su vocación de hacer
de espejo del hombre y del mundo. “Somos la conciencia del
universo”, dijo Miguel de Unamuno, queriendo decir que el hombre
se define por esta capacidad de espejar la realidad (pensarla),
para dotarla de autoconocimiento. “Somos el universo que se
piensa”, dijo a su vez Ernesto Cardenal. Sí, pero sobre todo,
somos el ser que se sabe a sí mismo, o bien, parafraseando a
Aristóteles, somos “el pensamiento que se piensa”.
Todo hombre, en suma, es un filósofo natural en tanto que está
dotado de conciencia. Pero sólo honra su condición aquel que se
detiene y lleva la mano a la barbilla para inmovilizar la cabeza,
fijar la atención y flexionarse sobre sí mismo, es decir,
reflexionar. Y conste que Marías habló de llevar la mano a la
barbilla y no lo contrario: quien lleva la barbilla a la mano es
el apesadumbrado, que busca descargar el peso de su cabeza en la
palma por cansancio vital (“El Pensador” de Rodin se llamó
originariamente “El Poeta”).
La sutil frase de Julián Marías puede traducirse entonces como:
“Hay que estar más atentos, en tanto que la atención es la
condición ineludible para que el hombre perciba el mundo con
intensidad. El hombre con la mano en la barbilla (es una imagen
simbólica, por supuesto) se sustrae a la tiranía del tiempo y a
las ocupaciones para hacer pie en el río de Heráclito, de furiosa
corriente. Es el que además de “ser”, sabe “estar” presente en el
mundo y ante sí mismo.
Y acá damos con una de las claves del pensamiento de Julián
Marías. Para este humilde gran pensador: “En español y en
portugués hay un verbo maravilloso, y es el verbo estar”. Y
explica: “es el verbo de la realidad y el verbo de la instalación.
El hombre está instalado en el mundo; está instalado en su
corporeidad, en su condición sexuada; en su situación social; en
su lengua. Yo estoy, yo estoy aquí, yo estoy viviendo. Es decir,
el gerundio, el gerundio español o portugués, el gerundio que es
la forma de la vida, justamente se conjuga con el verbo estar”.
Mientras que “ser” es el verbo esencial por excelencia, “estar” es
el verbo existencial, y uno y otro son indivisibles y se
complementan. Pero mientras que “ser” es algo inevitable, el
hombre puede desertar de sí mismo y fugarse de su presente al
desatender la vida en la que está inmerso. Y cuando esto ocurre,
el hombre, en vez de vivir la vida, es vivido por ella; en vez de
pensar, es pensado; en vez de elegir, es conducido; en vez de
trabajar y crear, “funciona” y es manipulado.
Para crecer en el orden del ser, es preciso “estar”, y se logra
resistiendo a la tentación de las evasiones livianas, así como de
las melancolías y ansiedades que arrancan al hombre (planta
pensante) de su “aquí y ahora” raigal.
Y aún hay que agregar que ese “estar” íntegro al que invita Julián
Marías no es fruto de una actividad meramente racional. Para el
autor de “Una vida presente”, fiel discípulo de Ortega y Gasset,
la razón no es algo que esté desligado de la vida concreta, sino
que, por definición, es algo vital. Quien está presente piensa el
mundo con sus sentidos, su memoria, su intuición y todas sus
potencias, como que el hombre es, ante todo, conciencia encarnada,
y no fantasma que cavila. La abstracción del pensamiento,
entonces, debe ser resistida con valentía, para que el oficio de
pensar no se convierta en evasión y lujo banal. En este sentido,
Marías es hijo espiritual de San Agustín y de Pascal, para los que
el corazón es tanto el órgano de la afectividad como el del
conocimiento. Y es hermano intelectual de Miguel de Unamuno, que
escribió: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento”, y de
Xavier Zubiri, maestro suyo, que acuñó el concepto de
“inteligencia sintiente”. Es, ciertamente, en virtud de esta
concepción “cordial” del conocimiento que el autor de “La España
real” fue un hombre comprometido con su país y su tiempo. Para
Marías, pensar nunca fue algo distinto de vivir y amar. Y tan es
así, que cuando murió su mujer, la escritora Dolores Franco
Manera, se debilitó a tal punto su pasión por la filosofía, que
confesó no tener otro deseo en la vida que ir al encuentro de su
compañera de este mundo. Para terminar, aclaremos algunos puntos.
Decir de Julián Marías que fue un filósofo católico es un error,
porque fue más bien un católico que filosofaba, lo cual es bien
distinto. También se dijo que fue el “discípulo de Ortega y Gasset”,
y es otro error si no se dice, además, que fue el maestro de las
generaciones que quedaron huérfanas de Ortega. Se ha dicho,
finalmente, que “don Julián” murió el 15 de diciembre último, lo
cual es una verdad histórica indubitable, y a la vez, un flagrante
error metafísico, porque ese hombre que “hasta ayer tuvo un
espacio bajo el día”, al decir del poeta, y que respondió al
nombre terrenal de Julián Marías, está ahora “instalado” en la
inmortalidad.
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