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1955 - Él y sus circunstancias


(La muerte del filósofo Ortega y Gasset, adalid de los valores republicanos, divide una vez más a la sociedad española).

Por: Patricia González (Profesora de Historia en Institutos de adultos)



El 18 de octubre de 1955 fallece, a los 72 años, el –según han denominado muchos autores- más grande pensador contemporáneo español, José Ortega y Gasset. Intelectual destacado, filósofo independiente, Ortega y Gasset es un columnista admirado y, como afirma Argüelles Meres, «un hombre con vocación de servicio público». Quiso elevar el nivel intelectual de su pueblo, que los ciudadanos tuviesen conciencia histórica a través de la prensa, de actividades cívicas y culturales. Un humanista que tras su muerte dejará una brillante obra que irradia una gran actualidad.


José Ortega y Gasset vivió épocas convulsas, participando activamente en la vida pública española desde 1914. Catedrático de Metafísica en la Universidad Central de Madrid, colaboró asiduamente en periódicos de la época como “El Imparcial” o “El Sol”. Fundador de la “Revista de Occidente” en 1923, pretendió elevar con ella el conocimiento de sus lectores, convirtiéndola en un referente de la cultura española y europea.


Con la Guerra Civil española comienza su destierro. Ortega había participado en la vida política de la Segunda República, fundando en 1931, junto con Gregorio marañón y Ramón Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República, siendo diputado de la misma.


Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil le obliga a abandonar España y comienza un periplo que le obliga a recorrer mundo. El 31 de agosto de 1936 Ortega y Gasset parte hacia Marsella, y en noviembre se instala con su familia en París, donde reside hasta agosto de 1939, para viajar a Argentina. En febrero de 1942 retorna a la Península y se establece en Lisboa (Portugal), hasta que en 1945 regresa a España –por primera vez desde que comenzó su periplo- pasando el verano en Zumaya (Guipúzcoa). Al día siguiente, la prensa nacional se hace eco de su vuelta, y las actuaciones del filósofo a lo largo de los últimos 10 años de su vida serán interpretadas por el Régimen como una claudicación del antiguo republicano ante la Dictadura. El regreso del intelectual a España no hace desaparecer su condición de exiliado, ya que se convierte en lo que suele llamarse “un exiliado interior”, pues no vuelve a recuperar su cátedra ni comulga con el régimen franquista.


En 1948 funda junto a su discípulo Julián Marías el Instituto de Humanidades, en un Madrid sometido a la censura impuesta por el franquismo. Tanto la conferencia inaugural del centro como el resto de las impartidas a lo largo del curso 1948-1949 son duramente criticadas y ridiculizadas por la prensa franquista. Desde entonces, el maestro decide centrarse en las invitaciones internacionales para impartir conferencias.


Los últimos años de Ortega en España son dinámicos y activos, intelectualmente hablando. A pesar de que el régimen le impide ocupar su puesto en la Universidad, en numerosas ocasiones es reclamado para impartir cursos y conferencias en el extranjero. En julio de 1949 es invitado a Aspen (Estados Unidos) para hablar sobre Goethe; del mismo autor alemán diserta poco después en Hamburgo y Berlín (Alemania). En abril de 1951 viaja al Reino Unido invitado por la Universidad de Glasgow (Escocia), donde le nombran doctor honoris causa, reconocimiento que repite tres años más tarde en Marburgo (Alemania). Las conferencias internacionales continúan hasta poco antes de su muerte: Torquay (Gran Bretaña), en octubre de 1954, o la Fundación Cini de Venecia, en el mes de mayo de 1955.


Uno de sus tres hijos. José Ortega Spottorno, recuerda, en su obra “Los Ortega”, que sus padres estaban realizando un viaje por el Cantábrico, pero que tuvo que suspenderse debido a la debilidad y al cansancio del filósofo. Tras acudir a la finca que su hermana Soledad posee en Mayorga de Campos (Valladolid) la familia se traslada a Madrid. Su hijo Miguel, médico digestivo, le diagnostica un tumor en el estómago –el 17 de septiembre-, y de forma fulminante muere 30 días después en su casa de la calle Montesquinza.


Ortega fallece a las 11,20 horas de la mañana. Esa misma noche amigos y familiares celebran una tertulia nocturna en el domicilio del pensador, donde se leen algunos de sus textos sobre la muerte. Es un deseo que había expresado en vida el filósofo. El aluvión de condolencias por la desaparición del intelectual comienza a llegar tanto al domicilio familiar como a la redacción de la “Revista de Occidente”. Jorge Guillén, Ramón Gómez de la Serna, Dionisio Ridruejo, Vicente Gaos, Ramón Menéndez Pidal, Victoria Kent, Igor Stravisnky. John Dos Passos o William Carlos William, entre otros, muestran su respeto a la familia por la pérdida.
Azorín, convaleciente de una operación, manifiesta en una entrevista a ABC su profundo pesar. Lo mismo hace Pío Baroja –que fallecería tan solo un año después- en el mismo diario y en su “Homenaje de Baroja a Ortega y Gasset”, el 20 de octubre de 1955: «Para mí, el hombre valía tanto como la obra, o más», afirma el escritor español. Pero entre todas las despedidas la más emotiva es la de su hermano Eduardo Ortega y Gasset, que desde el exilio venezolano escribe en el diario “El Nacional”, rememorando los tiempos felices de su juventud.


A los pésames de amigos y familiares se unen las condolencias de más de 2.000 personas anónimas depositan en el portal del filósofo.

Los seguidores de Ortega


Tras la muerte de Ortega, el ministro de Educación, Joaquín Ruiz-Giménez, convoca una misa en nombre de la Universidad de Madrid, a la que no acuden sus hijos. El maestro es enterrado en el cementerio de San isidro, arropado por cientos de personas que le acompañan al sepelio desde su casa. La prensa se hace eco del profundo respeto y silencio que acompaña a la comitiva en todo su recorrido.


Tan sólo un mes después de su muerte, el 18 de noviembre, Gregorio Marañón protagoniza junto al rector Pedro Laín Entralgo, entre otros, un homenaje oficial a Ortega en la Universidad de Madrid. Pero quizá, el homenaje que más hubiera gustado al filósofo es el que estudiantes universitarios protagonizan días después del entierro. La convocatoria se hace mediante una esquela desprovista de cualquier símbolo religioso, donde se inscribe: «Don José Ortega y Gasset. Filósofo liberal español. Madrid 1883-1955. Asiste al acto que la Juventud Universitaria ofrece a su maestro y guía. Patio de la Universidad Central, viernes 21 de octubre, a las 11 de la mañana».


Este día, cientos de estudiantes se concentran en la Facultad de Filosofía y Letras, situada en la calle San Bernardo, con una corona que más tarde tributarán al maestro y que dice: «A Ortega y Gasset, filósofo liberal de la juventud española». Allí leen distintos textos de la obra orteguiana, además de quejarse –de forma clara y acusadora- de no haber disfrutado de la presencia del maestro en la universidad: «Es el homenaje de los que pudimos haber sido discípulos suyos, de los que no lo somos y estamos sufriendo el vacío que él dejó al abandonar, por causas conocidas, su cátedra de Metafísica. Es el homenaje de la juventud universitaria, de los universitarios sin universidad que somos, de los que hemos tenido que aprender muchas cosas fuera de las aulas, en los libros que no son de texto, en idiomas que no son el español». El manifiesto pide silencio por el filósofo universal y finaliza: «Quedan sus libros, y aún podemos ser discípulos de él a través de ellos».


Tras la desaparición de Ortega, comenzará una oposición estudiantil hacia el Régimen. La vinculación entre la muerte de Ortega y la posterior revuelta estudiantil ha sido analizada por diversos historiadores y filósofos, entre ellos Xavier Tusell o Rockwell Gray. José Luis Abellán, futuro presidente del Ateneo de Madrid –que en 1955 cursa segundo de Filosofía y Letras-, manifestará más tarde en su obra “Ortega y Gasset y los orígenes de la transición democrática”, el sentir de los estudiantes tras la muerte del filósofo por no haber disfrutado en las aulas de sus enseñanzas. Su desaparición es la llama que enciende la mecha de la oposición universitaria al régimen franquista y que se manifestará en un huelga estudiantil en 1956.


El tratamiento escueto con que la prensa nacional cubre la muerte de Ortega se debe a las consignas de la Dictadura, que teme la revisión de las ideas del pensador. «En relación con la muerte de don Ortega y Gasset pueden publicarse hasta tres trabajos: la biografía y dos artículos. Título de información como máximo a dos columnas», dictan las normas que la Dirección General de Prensa del Régimen envía a las redacciones de los diferentes diarios nacionales.


Uno de los acontecimientos que más llaman la atención al mirar la prensa católica estos días es el tratamiento excesivamente sensacionalista con que se cubre la visita que el cura agustino Félix García hace al convaleciente. Los tabloides afirman que Ortega y Gasset se ha convertido al catolicismo al recibir la extremaunción, incluso, que ha llegado a besar un crucifijo. Ortega había manifestado en numerosas ocasiones a lo largo de su vida su condición de anticatólico; incluso su boda con Rosa Spottorno, en 1910, fue un ceremonial en que una de las partes se declaraba no católica. Sus hijos, Miguel, Soledad y José niegan las afirmaciones y envían una carta a ABC manifestando su indignación. La prensa más afín al Régimen destaca los “errores orteguianos” en política y religión, pero a pesar de ello la admiración que Ortega despierta entre numerosos periodistas del franquismo queda reflejada en muchos periódicos. Entre ellos destaca ABC, donde su director Luís Calvo admira enormemente al filósofo. Por eso, este diario es el que dedica más espacio al fallecimiento del pensador, haciendo oídos sordos a la censura impuesta por el Régimen.
Por su parte, la prensa internacional, compensa las críticas vertidas contra el maestro. Los principales periódicos europeos y americanos recogen el suceso. “Le Monde” (Francia), “The Times” (Gran Bretaña), casi todos los diarios alemanes o “The Washington Post” (EEUU), entre otros muchos. Todas las publicaciones extranjeras que se hacen eco de la desaparición destacan su enorme trascendencia en el pensamiento europeo.


Las líneas dedicadas por “The New York Times” a la muerte del pensador desatan una polémica, ya que se preguntan si con el filósofo moría la europeización de España, lo que causa la respuesta indignada del embajador de Franco en Washington, José María de Areilza. El diplomático insinúa que Ortega y sus pretensiones europeizantes fueron una de las causas de la Guerra Civil española. La familia, indignada, envía una carta al embajador por estas declaraciones.


La muerte del pensador supone un varapalo para el mundo cultural de la época. La vida intelectual de la España de 1955 está férreamente controlada por la censura franquista. La situación de la enseñanza secundaria y universitaria, del periodismo o de la investigación es precaria. La denominada “Edad de Plata” que había comenzado con la generación de 1898, que se desarrolla con la de 1914 –encabezada por Ortega- y que culmina con la de 1927, había sido plenamente arrasada por la Guerra Civil y la posguerra. Pero algunos de los intelectuales españoles de los 50 tienen a Ortega como ejemplo. Como explica el historiador Rockwell Gray, en su obra “José Ortega y Gasset”, El imperativo de la modernidad. Algunos católicos liberales como Julián Marías, Pedro Laín Entralgo o José Luís Aranguren «propugnaron una lectura rigurosa de Ortega». El ex falangista y disidente Dionisio Ridruejo había publicado con motivo del 70 cumpleaños de Ortega un artículo en el que se refería al maestro como modelo elemental de toda persona que se dedicase al mundo del pensamiento.


Su mejor defensor y continuador es Julián Marías, filósofo y ensayista, que en el año de la muerte de Ortega publica “La estructura social”, “Teoría y método” y “Filosofía actual y existencialismo en España”. Marías conoció a Ortega cuando tenía 18 años, mientras acudía a la universidad a las clases que el filósofo impartía desde su cátedra de Metafísica. Desde entonces Ortega y Gasset se convierte en su modelo intelectual y por lo que le dedicará distintos libros: “Ortega y la idea de razón vital” (1948); Ortega y tres antípodas. Un ejemplo de intriga intelectual” (1950); “Ortega, circunstancia y vocación” (1960); “Ortega ante Goethe” (1961), y “Acerca de Ortega” (1991).


Pero Ortega también tiene sus críticos. En 1955 el premio Nadal recae en manos de Rafael Sanchez Ferlosio por su obra “El Jarama”. No es un secreto el desencuentro que sentía Sanchez Ferlosio –hijo del falangista Rafael Sánchez Mazas- hacia José Ortega y Gasset y su discípulo Julián Marías. Lo mismo ocurre con otros compañeros de generación de Sánchez Ferlosio, como es el caso de Luís Martín Santos o Juan Goytisolo, que parodian al filósofo cuando ya es un anciano. Luís Martín-Santos, autor de “Tiempo de Silencio” (1962) caricaturiza en la novela al maestro en una de sus conferencias y, sin embargo como afirma el catedrático de Literatura Española Alfonso Rey, es clara «la deuda filosófica y epistemológica del novelista con respecto a Ortega».


Dejando de lado las críticas o alabanzas hacia el pensador, el escritor Javier Cercas interpretará más tarde lo que significó Ortega para el pensamiento español: «No digo que no se pueda –que no se deba- parodiar a Ortega: a veces es cursi, no siempre elude la retórica ni la chulería, como todo el mundo se equivoca; lo que digo es que no sé como se puede vivir, ni escribir, ni pensar en castellano sin Ortega».

 


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