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Por Alicia Montesdeoca
Una relectura de Ortega señala el nuevo poder humano: yo soy yo y
mis creencias
El ser humano crea escenarios para sentirse real, y concreta sus
posibilidades creativas merced a sus creencias. Una nueva lectura
de Ortega señala: Yo soy yo y mis creencias. Ahora bien, las
creencias dejan de ser útiles cuando impiden a la realidad
desenvolverse en armonía con otras creencias, cuando surgen
factores de desequilibrio internos y externos. Si la creencia es
un instrumento para la creación material, se requiere que los
horizontes de las creencias se amplíen para que este poder siga
actuando y permitiendo que la conciencia de lo que somos emerja, a
través de ese poder de creación.
Uno de los motores que ponen en marcha la búsqueda de nuevas
explicaciones está en las paradojas con las que continuamente nos
tropezamos y que la inercia de un conocimiento lineal rechaza,
denominándolas excepciones a la regla, sin reconocerlas como
expresiones de la complejidad de la realidad, la cual se anuncia a
través de ellas.
Los fenómenos paradójicos nos estimulan a observar mejor los
efectos de las acciones que ponemos en marcha y cuyos resultados
no corresponden totalmente a lo esperado. A través de esas
manifestaciones paradójicas, podemos elaborar nuevos mapas de lo
real que queremos desentrañar, tal como los astrónomos construyen
los mapas siderales: suponiendo la existencia de algo no
cuantificado a partir de ciertos comportamientos o reacciones, de
origen desconocido, elaboran mapas de la realidad astronómica.
De esta manera intuitiva, nosotros nos aproximamos también a la
interpretación de lo que suponemos existe, creando modelos
teóricos que incluyen nuevos parámetros, deducidos a partir de los
comportamientos observados. De este modo se construye, o se
amplía, un nuevo entorno que nos permite explicarnos mejor a
nosotros mismos y a nuestra propia razón de ser. En el nuevo
entorno diseñado, se volverán a manifestar, tarde o temprano,
nuevas paradojas para nuevas búsquedas.
Escenarios de realidad
El ser humano crea escenarios para sentirse real, pero la realidad
que crea no resuelve los enigmas de la Realidad. Su acción es el
medio para su propia concreción como tal ser humano, dentro de la
sustancia misma de la que está constituido. Su esfuerzo no tiene
como fin la creación de lo externo a él: si acaso es un intento
para comprender su existencia o la materia de la que está hecho, a
partir de dar forma a las posibilidades que emergen de la propia
realidad. Dichas posibilidades se concretan gracias a las propias
creencias del actor o actores.
Las creencias se heredan de los antecesores y se renuevan con las
experiencias vividas por las nuevas generaciones de individuos y
sus sociedades. Las creencias se alimentan de esas experiencias
que a los sujetos les confirman en ellas, las cuales no se
cuestionan porque no se detecta la naturaleza y el origen de la
realidad en que se desenvuelven. De esta manera, la creencia pasa
de ser un instrumento de creación, a convertirse en una verdad
absoluta, inamovible.
El capital de las creencias
Las creencias de hoy son el fruto del esfuerzo de nuestros
antepasados por hacer posible la vida en la Tierra. Si ahora
creemos poseerla (la Tierra) es que sus esfuerzos dieron
frutos.”Hemos heredado todos aquellos esfuerzos en forma de
creencias que son el capital sobre que vivimos”, sostiene al
respecto José Ortega y Gasset, en su obra “Ideas y creencias”
(1940).
Ahora bien, como instrumento de creación humana, las creencias
dejan de ser útiles cuando impiden a la realidad desenvolverse en
armonía con otras creencias, cuando surgen factores de
desequilibrio internos y externos al individuo que las porta,
cuando dejan de permitir el crecimiento espiritual para
convertirse en un dogma de fe que causa destrucción en cualquier
entorno o nivel.
Si la creencia es un instrumento para la creación material, se
requiere que los horizontes de las creencias se amplíen para que
este poder siga actuando y permitiendo que la conciencia de lo que
somos emerja, a través de ese poder de creación.
Yo soy yo y mis creencias
Por todo lo expuesto, podemos incorporar el factor creencia, a la
definición de realidad que propone el insigne filósofo español
Ortega y Gasset, en su bien conocida frase: “yo soy yo y mis
circunstancias”. Esto daría como definición de realidad el que: “
yo soy yo, mis creencias y las de los otros con las que
construimos “las circunstancias”.
¿Cómo detectar aquellas creencias que fueron útiles en el pasado y
que hoy son obsoletas, porque frenan la evolución humana, el poder
del espíritu, el avance de la conciencia de lo que somos, el
encuentro con la unidad, la empatía con los otros seres humanos,
la comprensión de la realidad que vivimos y el sentido de los
acontecimientos que se suceden?
Para renovar el modelo que nos sostiene, para renovar el poder de
las creencias, hoy se cuenta con nuevos conocimientos, con nuevas
ideas que enriquecen el pensamiento y que provienen de las
ciencias físicas pero también de la nueva biología, de la
neurología, de las ciencias de la información, etc.
Nuevos conocimientos que nos acercan a la complejidad de la
realidad, al conocimiento de la existencia de otras dimensiones,
tan reales o más que las tres en las que parece que nos movemos.
La creencia como atractor
Es preciso que la acción humana tenga en cuenta la complejidad de
factores que se conjugan, en este momento, para materializar un
instante de realidad, poniéndose en cuestión, ante los nuevos
conocimientos, las interpretaciones que se hacen y que impiden
otras lecturas posibles.
Las creencias son como aquellos “atractores extraños” que permiten
que todos los factores que están en juego, como partículas de la
realidad a construir, estructurar, materializar (o como se quiera
definir la plasmación de una probabilidad), sean percibidos como
una única expresión o probabilidad de expresión que confirmaría
aquella creencia que subyace en nuestra concepción del mundo y de
las cosas. (El concepto "atractor extraño" se usa en el campo de
investigación del caos e indica que el sistema es atraído hacia un
tipo de movimiento determinado).
Muchos hablan del momento de transición por el que pasa la
sociedad humana y que se manifiesta en las condiciones planetarias
de las que tanto se debate hoy (guerras, epidemias, hambrunas,
cambio climático, etc.) Para todos los habitantes del planeta
Tierra, concebir hoy la cotidianidad en medio de tantas
convulsiones es un esfuerzo que no conoce “patrón medida”.
De ahí la necesidad de sabernos situar en las características que
definen este instante de incertidumbre, riesgos, confusión, caída
de símbolos, emergencia de patrones, aún en la nebulosa muchos de
ellos, a sabiendas de que la emergencia de algo nuevo siempre ha
supuesto contradicciones y luchas; infantilismos y
conservadurismos; dogmas y frivolidades; costos y precios
difíciles de evaluar.
El oráculo de la intuición
No podemos mirar el ciclo que vivimos, con todo lo que está
poniéndose de manifiesto, y perder de vista que es parte de un
proceso del cual no conoceremos hacia donde conduce, hasta que
dicho proceso no haya acabado de conjugar y armonizar todas sus
variables, que pasan por el procesamiento y asimilación de las
experiencias de todos los “participadores” (activos o pasivos,
conscientes o inconscientes, agentes o pacientes…). Siempre ha
sido así.
La humanidad siempre necesitó de oráculos para racionalizar la
situación y dar, a través de una buena receta, con las pautas a
seguir para el mejor obrar. Hoy la ciencia y la tecnología parecen
querer jugar ese papel. Yo diría que en estos momentos el mejor
oráculo es la intuición que como brújula nos indica el mejor
camino para amar, comprender y aceptar el momento en que vivimos y
la experiencia que como individuos y sociedad estamos adquiriendo,
en la creencia de que toda esta experiencia nos lleva a un mayor
ratio de consciencia. Los retos son grandes, pero siempre han sido
enormes, medidos en relación a las capacidades humanas de cada
época.
Incineración de un modelo
A este ciclo que vivimos le está correspondiendo la incineración
de un modelo. Esta incineración se manifiesta en el desajuste
entre conocimiento científico y vida cotidiana; entre emergencia
de un nuevo paradigma y obsolescencia de las instituciones nacidas
al amparo de la modernidad; entre las necesidades de supervivencia
de la especie y el tópico de que hemos dado con un modelo de
desarrollo incuestionable; entre la comprensión de la complejidad
y el sentido de la vida humana y los radicalismos en las formas
religiosas y políticas.
El problema está en cómo mantener el equilibrio individual y
social en medio de tantos desajustes. La paz interna que
necesitamos, para afrontar los retos que nos tocan vivir, sólo nos
la pueden dar la comprensión del momento en que vivimos, la
aceptación de lo que es, el conocimiento de la complejidad de la
realidad y sus manifestaciones, la humildad para reconocer que no
sirven las respuestas simples ni las recetas, ni los dogmas, pues
el reto es un nuevo reto. También el reconocer la experiencia
acumulada por la humanidad.
Esta etapa (con sus posibilidades) es una etapa más de la marcha
humana hacia la comprensión de lo que es como especie, aceptando
que en esta dimensión en la que se manifiesta nuestra vida y la de
nuestro entorno es sólo un espacio donde se dirimen las leyes que
rigen lo más grande que nos unifica (lo trascendente, el alma, la
vida, lo innombrable por desconocido y por incomprensible…), en un
universo multidimensional y sin límites que está plenamente
intracomunicado.
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