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Por: José María
Díaz Nafría
Los logros técnicos parecen seguir un
ritmo trepidante, cosechando victoria tras victoria, mientras las
personas no saben cómo adaptar sus vidas a la muy movediza
circunstancia tecnológica. Los beneficios de los nuevos trebejos
técnicos son coreados a los cuatro vientos por las agencias
comerciales, hasta el punto de que el silencio que tanto agradó a
los oídos de San Juan de la Cruz es hoy, a tenor de esas voces,
inaudible. Y detrás de esos gritos sonrientes la realidad de las
relaciones sociales; de la estructura económica y política; de
la comunicación interpersonal y colectiva sufre modificaciones
radicales, cuyas consecuencias apenas son debidamente contempladas
para una valoración realista de lo que tan gratuitamente llamamos
“técnica”. ¿A qué debemos llamar con propiedad técnica? ¿Cuáles
son las partes en que se articula un acto técnico? ¿Tiene
sentido que la vida gire entorno a las mutaciones técnicas? ¿Es
razonable el devenir técnico? ¿Podemos hacer que la técnica
gire entorno a la vida? Estas y muchas cuestiones pueden abordarse
recurriendo al muy aguzado filo del instrumento intelectual que
nos legó Ortega y que, como varios teóricos de la tecnología
han insistido repetidas veces, nos ofrece unas herramientas teóricas
de la máxima penetración para el análisis de las cuestiones técnicas.
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