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Por Sebastián Dozo Moreno
“Hay que llevar más la mano a la barbilla”, le oí decir a Julián
Marías de viva voz. Y esta sutil invitación a pensar, no la
dirigió Marías sólo a los filósofos de oficio, sino a todos los
hombres. La pedantesca distinción hecha por Arthur Schopenhauer
entre “filósofos y profesores de filosofía” seguramente no tenía
sentido para Marías, porque para este pensador español ser hombre
significa ser filósofo, en tanto que lo que define al hombre es la
conciencia, es decir, el pensamiento. El profesor de filosofía es
filósofo tanto como el profesor de matemáticas, el arquitecto, el
ama de casa, y el niño que pregunta: “¿Qué es la filosofía?”, sin
poder saber que sólo un filósofo es capaz de preguntas semejantes,
ya que el arte de pensar consiste esencialmente en saber
preguntar, pero también, en atender a las preguntas que plantea el
mundo con sus problemas y sus misterios.
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