Sostenibilidad en Ortega

Compilado por Jackson Davis

  Esta selección de textos representa el esfuerzo de muchos años de buscar una "metafísica de sostenibilidad" en el pensamiento de Ortega. Mi primer encuentro con esta idea ocurrió leyendo una nota del prólogo orteguiano "A «Historia de la filosofía», de Émile Bréhier" de 1942 [véase la selección abajo], que fue citada por Philip W. Silver en su libro Ortega as Phenomenologist (1978, p. 104), en el cual Ortega dice que para Aristóteles "«ser» va a significar el esforzado sostenerse de algo en la existencia."

  Mi esfuerzo de buscar otros pasajes sobre la sostenibilidad en las obras de Ortega fue recientemente facilitado por la publicación de la Concordantia Orteguiana compilado por Javier Fresnillo Núñez y Fernando Miguel Pérez Herranz. Agradezco al Profesor Fresnillo Núñez la copia que me mandó para uso en mi proyecto. Con su ayuda pude identificar todos los pasajes en los textos de las Obras Completas (edición de 1984) donde ocurre las palabras derrivadas del raíz "sost-" (indicado en rojo en cada selección).  Agrego unas pocas donde la derivación es del raíz "sust-" que tiene el mismo sentido.

  Para cada selección he indicado el título, la fecha de composición o publicación de la obra en que ocurre, y la cita de las Obras Completas (O. C.) con el número del tomo y de las páginas en que aparece la selección. He añadido algunos pasajes de dos obras no incluídas en esa edición: "Meditación de nuestro tiempo" de 1928, publicado en Meditación de nuestro tiempo: las conferencias de Buenos Aires, 1916 y 1928 (México: Fondo de Cultura Económica, 1996); y "Sobre la realidad radical" de 1930, publicado en Qué es conocimiento? (Madrid: Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1984).

  Los pasajes seleccionados aquí representan los que, en mi opinión representan los más pertinentes a una metafísica de sostenibilidad. Los he puesto en orden cronológico para mejor ver el desarollo de esta idea en el pensamiento de Ortega. Porque no soy académico, los ofrezco a consideración con la espera que alguna persona con más fluidez literaria que yo pueda producir un papel presentando estas ideas en una forma más sistemática. Para más información o si tienen preguntas sobre estas ideas, pueden hacer contacto conmigo por longknowledge@yahoo.com.


      Es, pues, el arte una actividad de liberación. ¿De qué nos liberta? De la vulgaridad. Yo no sé lo que tú pensarás, lector; pero para mí, vulgaridad es la realidad de todos los días; lo que traen en sus congliones unos tras otros minutos; el cúmulo de los hechos, significativos e insignificantes, que son urdimbre de nuestras vidas, y que sueltos, desperdigados, sin más enlace que el de la sucesión, no tienen sentido. Mas sosteniendo, como a la pompa el tronco, esas realidades de todos los días, existen las realidades perennes, es decir, las ansias, los problemas, las pasiones cardinales del vivir del universo. A estas son a las que llega el arte, en las que se hunde, casi se ahoga el artista verdadero, y empleándolas como centros energéticos logra condensar la vulgaridad y dar un sentido a la vida.

"Moralejas. II. Poesía nueva, poesía vieja."

13 de agosto de 1906 (O. C., I, 51)


      Del arsenal de sensaciones, dolores y esperanzas humanas extraen Newton y  Leibniz el cálculo infinitesimal; Cervantes, la quinta esencial de su melancolía estética; Buddha, una religión. Son tres mundos diversos. El material es el mismo en todos; sólo varía el método de elaboración. De la propia manera el mundo de lo verosímil es el mismo de las cosas reales sometidas a una interpretación peculiar: la metafórica.

      Ese universo ilimitado está constituido con metáforas. ¡Qué riqueza! Desde la comparación menuda y latente, que dio origen a casi todas las palabras, hasta el enorme mito cósmico que, como la divina vaca Hathor de los egipcios, da sustento a toda una civilización, casi no hallamos en la historia del hombre otra cosa que metáfora. Suprímase de nuestra vida todo lo que no [SIC: Debe ser "nos"!] es metafórico y nos quedaremos disminuídos en nueve décimas partes. Esa flor imaginativa tan endible y minúscula forma la capa inconmovible de subsuelo en que se descansa la realidad nuestra de todos los días, como las islas Carolinas se apoyan en arrecites de coral.

"Renan. Teoría de lo verosímil. III"

abril de 1909 (O. C., I, 453-454)


      Las impresiones forman un tapiz superficial, donde parecen desembocar caminos ideales que conducen hacia otra realidad más honda. La meditación es el movimiento en que abandonamos las superficies, como costas de tierra firme, y nos sentimos lanzados a un elemento más tenue, donde no hay puntos materiales de apoyo. Avanzamos atenidos a nosotros mismos, manteniendonos en suspensión merced al propio esfuerzo dentro de un orbe etéreo habitado por formas ingrávidas. Una viva sospecha nos acompaña de que, a la menor vacilación por nuestra parte, todo aquello se vendría abajo y nosotros con ello. Cuando meditamos, tiene que sostenerse el ánimo a toda tensión; es un esfuerzo doloroso e integral.

  Meditaciones del Quijote. Meditación preliminar. 6. Cultura mediterránea 

1914 (O. C., I, 340)


      ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez tomando el pulso a la vida y no hallándolo? ¿Quién no ha sentido, en ocasiones, vacío el orbe de justificación? En esas horas de balance vital, a que antes me refería, sopesamos las grandes cosas que pretenden llenar la vida y darle solidez racional, sentido, precio o sugestión —el arte, la ciencia, la religión, la moral, el placer—, y a lo mejor nos parece como si estuvieran huesos, como si sólo poseyeran la máscara de sí mismas y se alzaran fraudulentas ante nosotros al modo de falaces promesas. Si queremos plantar en ellas el vértice de nuestro corazón, que se estremece sobre un abismo de nada, notamos que ceden, que se resquebrajan como cáscaras, que se esfuman como ficciones, que vacilan tanto como nuestra pobre víscera cordial, menestrosa de sostén, de una tierra firme donde asentarse, de un fondo sólido donde hincar su ancla. Como Arquímedes, nos contentaríamos con un punto de apoyo, pero que sea suficiente, que se baste a sí mismo y no necesite, a su vez, de otro donde afanarse, a así hasta el infinito.

      En tales momentos nos sentimos profundamente infelices.

"Ideas sobre Pío Baroja. VIII. Teoría de la felicidad"

1916 (O. C., II, 79)


      No en vano ha sido el viento siempre para la imaginación humana símbolo de la divinidad, del puro espíritu. En la Biblia suele Dios presentarse bajo la especie de un vendaval, y Ariel, el ángel de las ideas, camina precedido de ráfagos. Mientras por materia entendemos lo inerte, buscamos con el concepto de espíritu el principio que triumfa de la materia, que la mueve y agita, que la informa y la transforma y en todo instante pugna contra su poder negativo, contra su trágica pasividad. Y, en efecto, hallarnos en el viento una criatura que, con un mínimo de materia, posee un máximo de movilidad: su ser es su movimiento, su perpetuo sostenerse a sí mismo, transcender de sí mismo, derramarse más allá de sí mismo. No es casi cuerpo, es todo acción: su esencia es su inquietud. Y esto es, de uno u otro modo, en definitiva, el espíritu: sobre la mole muerta del universo una inquietud y un temblor.

"Muerte y resurrección." El Espectador II

1917 (O. C., II, 151)


. . . Sólo una cosa [puede hacer el pobre rostro del hombre que oficia de poeta ante las fisionomías de la posía de Mallarmé]: desaparecer, volatizarse ye quedar convertido en una pura voz anónima que sostiene en el aire las palabras, verdaderas protagonistas de la empresa lírica. . . .

La deshumanización del arte. Sigue la deshumanización del arte

febrero de 1924 (O. C., III, 372)


. . . En la situación normal, las cosas que hacemos y padecemos, por afectar lo más íntimo de nosotros, se nos convierten en problemas, nos angustian y acosan. Por eso sentimos nuestra existencia como un peso que sostenemos a pulso, fatigosamente. . . .

"Amor en Stendhal. VII. Enamoramiento, éxtasis e hipnotismo"

agosto de 1926 (O. C., V, 590)


. . . Poned al recién nacido, que no sabe tenerse, un bastón entre pies y manos; se agarrará con tal fuerza, que podéis, levantando el bastón, verlo sosteniendose en vilo. . . .

"La querela entre el hombre y el mono"

1927 ( O. C., III, 555)


. . . Los más viejos y los más jóvenes desconocen este duro destino de no habe flotado numca; quiero decir de no haberse sentido nunca la persona como llevada por un elemento favorable, sino que un día tras otro y lustro tras lustro tuvo que vivir en vilo, sosteniéndose a pulso sobre el nivel de la existencia. . . .

"Dinámica del tiempo. ¿Masculino o femenino? I."

27 de junio de 1927 (O. C., III, 472)


. . . La vida nos es dada, mejor dicho nos es arrojada o somos arrojados a ella, pero eso que nos es dado, la vida, es a la vez un problema que necesitamos resolver nosotros. Y lo es no sólo en esos casos de especial dificultad que calificamos peculiarment de conflictos y apuros sino que lo es siempre. Cuando han venido ustedes aquí han tenido que decidirse a ello, que resolverse a vivir este rato en esta forma. Dicho de otro modo: vivimos sosteniendonos en vilo a nosotros mismos, llevando en peso nuestra vida por entre la esquinas42 del mundo. Y con esto no prejuzgamos si es triste o jovial nuestra existencia: sea lo uno o lo otro está constituido por una incesante forzosidad de resolver el problema de sí misma.

      42 dificultades [tachado]

. . .

. . . Hemos sido arrojados en nuestra vida y, a la vez, eso en que hemos sido arrojados tenemos que hacerlo por nuestra cuenta, por decirlo así, fabricarlo. O dicho de otro modo: nuestra vida es nuestro ser. Somos lo que ella sea y nada más, pero ese ser que somos no está predeterminado, resuelto de antemano sino que necesitamos decidirlo nosotros, tenemos que decidir lo que vamos a ser, por ejemplo, lo que vamos a hacer al salir de aquí. A esto lo llamo de siempre «llevarse a sí mismo en vilo, sostener a pulso el propio ser». . . .

. . .

. . . [H]ablamos con frecuencia de que sufrimos una «pesadumbre», de que nos hallamos en una situación «grave». Pesadumbre, gravedad so metafóricamente traspuestas del peso físico, del ponderar un cuerpo sobre el nuestro y pesarnos, al orden más íntimo. Y es que, en efecto, la vida pesa siempre, porque consiste en un llevarse y soportarse y conducirse a sí misma. Sólo que nada embota como el hábito y de ordinario nos olvidamos de ese peso constante que arrastramos y somos, pero cuando una ocasión menos sólita se presenta, volvemos a sentir el gravamen. Mientras el astro gravita hacia otro cuerpo y no se pesa a sí mismo, él que vivir [SIC: Debe ser "vive" como en la próxima obra.] es a un tiempo peso que pondera y mano que sostiene. . . .  

"Meditación de nuestro tiempo (Conferencias en Buenos Aires: 1928)

[Primera Conferencia. Introducción al presente]

23 de septiembre de 1928 (Meditacion de nuestro tiempo, pp. 190-192)

 

[NOTA: Compárese estos pasajes con los casi idénticos que aparecen en las próximas selecciónes de ¿Qué es filosofía? de 1929 y también con las tres primeras selecciones de Unas lecciones de metafísica de 1932-1933, más abajo.]


. . . La vida nos es dada —mejor dicho, nos es arrojada o somos arrojados a ella— pero eso que nos es dado, la vida, es un problema que necesitamos resolver nosotros. Y lo es no sólo en esos casos de especial dificultad que calificamos peculiarment de conflictos y apuros, sino que lo es siempre. Cuando han venido ustedes aquí han tenido que decidirse a ello, que resolverse a vivir este rato en esta forma. Dicho de otro modo: vivimos sosteniendonos en vilo a nosotros mismos, llevando en peso nuestra vida por entre la esquinas del mundo. Y con esto no prejuzgamos si es triste o jovial nuestra existencia: sea lo uno o lo otro, está constituida por una incesante forzosidad de resolver el problema de sí misma.

. . .

. . . [N]uestra vida es nuestro ser. Somos lo que ella sea y nada más —pero ese ser no está predeterminado, resuelto de antemano, sino que necesitamos decidirlo nosotros, tenemos que decidir lo que vamos a ser; por ejemplo, lo que vamos a hacer al salir de aquí. A eso llamo «llevarse a sí mismo en vilo, sostener el propio ser». . . .

. . .

. . . [H]ablamos con frecuencia de que sufrimos una «pesadumbre», de que nos hallamos en una situación «grave». Pesadumbre, gravedad son metafóricamente traspeustas del peso físico, del ponderar un cuerpo sobre el nuestro y pesarnos, al orden más íntimo. Y es que, en efecto, la vida pesa siempre, porque consiste en un llevarse y soportarse y conducirse a sí misma. Sólo que nada embota como el hábito y de ordinario nos olvidamos de ese peso constante que arrastramos y somos —pero cuando una ocasión menos sólita se presenta, volvemos a sentir el gravamen. Mientras el astro gravita hacia otro cuerpo y no se pesa a sí mismo, el que vive es a un tiempo peso que pondera y mano que sostiene. . . .

¿Qué es filosofía? Lección X. [Vivir es constantemente decidir lo que vamos a ser]

1929 (O. C., VII, 417-419)


      Cuando se mira desde dentro este hecho tremebundo que es nuestra vida, la de cada cual, pronto advertimos que consiste radicalmente en un dinamismo. Quiero decir que nuestra vida no es nunca un simple estar, un puro yacer. Vivir es siempre vivir, por algo o para algo; es un verbo transitivo. De aqui que no pueda existir una vida humana sin un interés vital, que sostiene, constituye y organiza esa vida. En el momento que todo interés vital se aflojase por completo y efectivamente, la vida dejaría de ser.

. . .

      El guarango o la guaranga siente un enorme apetito de ser algo admirable, superlativo, único. No sabe bien qué, pero vive embriagado con esa vaga maravilla que presiente ser. Para existir necesita creer en esa imagen de sí mismo, y para creer necesita alimentarse de triumfos. Mas como la realidad de su vida no corresponde a esa imagen, y no le sobrvienen auténticos triumfos, duda de sí mismo deplorable. Para sostenerse sobre la existencia necesita compensarse, sentir de alguna manera la realidad de esa fuerte personalidad que quisiera ser. Ya que los demás no parecen espontáneamente dispuestos a reconocerlo, tomará el hábito de aventajarse él en forma violenta. De aquí que el guarango no se contente con defender su ser imaginario, sino que para defenderlo comence desdo luego por la agresión. El guarango es agresivo, no por natural exuberancia de fuerzas, sino, al revés, para defenderse y salvarse. Necesita hacerse sitio para respirar, para poder creer en sí, dará codazos al camino entre la gente para abrirse paso y crearse ámbito. Iniciará la conversación con una impertinencia para romper brecha en el prójimo y sentirse segura sobre la ruinas.

"Intimidades. El hombre a la defensiva"

septiembre 1929 (O. C., II, 655 y 662)


. . . [L]as ciencias experimentales sí necesitan de la masa, como ésta necesita de ellos, so pena de sucumbir, ya que en un planeta sin fisicoquímica no puede sustentarse el número de hombres hoy existentes. . . .

La rebelión de las masas. IX. Primitivismo y técnica

1930 (O. C., IV, 199)


      La naturaleza está siempre ahí. Se sostiene a sí mismo. En ella, en la selva, podemos impunemente ser salvajes. Podemos inclusive resolvernos a no dejar de serlo nunca, sin más riesgo que el advenimiento de otros seres que no lo sean. Pero, en principio, son posibles pueblos perennemente primitivos. Los hay. Breyssig los ha llamado «los pueblos de la perpetua aurora», los que se han quedado en una alborada detenida, congelada, que no avanza hacia ningún mediodía.

      Esto pasa en el mundo que es sólo Naturaleza. Pero no pasa en el mundo que es civilización, como el nuestro. La civilización no está ahí, no se sostiene a sí misma. Es artificio y requiere un artista o artesano. Si usted quere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted de sostener la civilización . . ., se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda usted sin civilización. ¡Un descuido, y cuando mira usted en derredor todo se ha volatizado! Como si hubiesen recogido unos tapices que tapaban la pura Naturaleza, reaparece repristinada la selva primitiva. La selva siempre es primitiva. Y viceversa, todo lo primitivo es selva.

. . .

      Los principios en que se apoya el mundo civilizado –el que hay que sostener– no existen para el hombre medio actual. No le interesan los valores fundamentales de la cultura, no se hace solidario de ellos, no esta dispuesto a ponerse en su servicio.

La rebelión de las masas. X. Primitivismo e historia

1930 (O. C., IV, 201, 202)


. . . Vida es lucha con las cosas para sostenerse entre ellas. . . .

La rebelión de las masas. XIV. ¿Quién manda en el mundo? II

1930 (O. C., IV, 199, 201, 202, 236)


. . . Significa [la palabra «vida»] el conjuto de lo que hacemos y somos, esa terrible faena —que cada hombre tiene que ejecutar por su cuenta— de sostenerese en el Universo, de llevarse a conducirse por entre las cosas y seres del mundo. . . .

Misión de la universidad. Cultura y ciencia

1930 (O. C., IV, 341)


. . . Es evidente que nuestra vida no comienza por hacerse cuestión de lo que la rodea: al contrario, comienza por hallarse en medio de un repertorio de algos que van apareciendo ya encajados como utensillos en ella misma. Tratemos de representarnos la vida del hombre primitivo: la tierra es para él lo sólido que le sostiene y que le permite andar a diferencia del agua que le lava, limpia y refresca, pero no le sostiene si él no nada. El arbol es lo que le da madera, frutos, sombra. Si no existieran todos estos utensillos primigenios el hombre no encontrase facilidades en torno para sostenerse vitalment, el hecho que llamamos vida no existiría. Vida es, pues, por lo pronto encontrarse a sí mismo y, junto consigo mismo, con necesidades o menesteres y, junto con ellas, un repertorio de facilidades que enecajan en esas necesidades y las resuelven. Este repertorio primigenio, conste, no es descubierto en un cierto instante de la vida sino que es consubstancial con éste, vivir es ya, ab initio, usar de esos útiles o facilidades. Traten, si no, de pensar, en una vida donde no hubiese adecaución alguno originario entre las necesidades y los medios. Claro es que sería imposible: no sólo de vivir sino hasta de pensarla, sería otra cosa radicalmente distinta de esa que llamamos vida.

"Sobre la realidad radical. [Cuarta lección]"

1930 (¿Qué es conocimiento?, p. 88)


. . . Todo lo que somos positivamente lo somos gracias a alguna limitación. Y este ser limitado, este ser manco, es lo que llamamos destino, vida. Lo que nos falta y nos oprime es lo que nos constituye y nos sostiene. Por tanto, aceptemos el destino. . . .  

"Vicisitudes en las ciencias"

9 de marzo de 1930 (O. C., IV, 68)


. . . El adagio popular dice que una mentira hace ciento. La mentira es un ejemplo particular de acción en que el hombre abandona su verdadero ser. Toda verdad del hablar supone la verdad de pensar. Pero no hay verdad en nuestro pensar si no hay una verdad anterior a uno, la verdad de ser, de ser el que auténticamente se es. Y, quien miente en su mismo ser sólo puede sostenerse en la existencia fingiendo un universo falso.

"No ser hombre de partido. I. ¿Quién es usted?"

15 de mayo de 1930 (O. C., IV, 79)


. . . La vida no es el sujeto solo, sino su enfronte con lo demás, con el terrible y absoluto «otro» que es el mundo donde al vivir nos encontramos náufragos. No creo que haya imagen más adecuada de la vida que esta del naufragio. Porque no se trata de que a nuestra vida le acontezca un día u otro naufragar, sino que ella misma es desde luego y siempre hallarse inmerso en un elemento negativo, que por sí mismo no nos lleva, sino al contrario, nos anula. De aquí que vivir obigue constante y essencialmente a ejecutar actos para sotenerse en ese elemento o, lo que es igual, para convertirlo en medio positivo. . . .

"En el centenario de Hegel. II"

1931 (O. C., V, 420-421)


. . . [N]uestra vida es eso, de modo irrecusable –necesidad de sostenernos en un medio que nos es ajeno, desconocido– . . .

"En el centenario de una universidad"

1932 (O. C., V, 470)


      Mi incesante batalla contra el utopismo no es sino la consecuencia de haber sorprendido estas dos verdades: que la vida —en el sentido de vida humana, y no de fenómeno biológico— es el hecho radical, y que la vida es circunstancia. Cada cual existe náufrago en su circunstancia. En ella tiene, quiera o no, que bracear para sostenerse a flote.

[Prólogo] "A una edición de sus obras"

1932 (O. C., VI, 348)


. . . La vida es precisamente un inexorable ¡afuera!, un incesante salir de sí al Universo. Si yo pudiese vivir dentro de mí, faltaría a lo que llamamos vida su atríbuto esencial: tener que sostenerse en un elemento antagónico, en el contorno, en las circunstancias. . . .

"Goethe, el libertador"

marzo 1932 (O. C., IV, 426; XII, 140)


. . . El hombre que conserva la fe en el pasado no se asusta del porvenir, porque está seguro de encontrar en aquel la táctica, la via, el método para sostenerse en el problemático mañana. . . .

"Pidiendo un Goethe desde dentro. Carta a un alemán"

abril de 1932 (O. C., IV, 396)


      La vida nos es dada —mejor dicho nos es arrojada o somos arrojados a ella—, pero eso que nos es dado, la vida, es un problema que necesitamos resolver nosotros. Y lo es no sólo en esos casos de especial dificultad que calificamos peculiarmente de conflictos y apuros sino que lo es siempre. Cuando han venido ustedes aquí had tenido que decidirse a ello, que resoverse a vivir este rato en esta forma, que traerse a sí mismos aquí. Dicho de otro modo: vivimos sosteniéndonos en vilo a nosotros mismos, llevando en peso nuestra vida por entre las esquinas del mundo. Y con esto no prejuzgamos si es triste o jovial nuestra existencia: sea lo uno o lo otro está constituida por una forzosidad de resolver el problema de sí misma.

. . .

. . . Hemos sido arrojados en nuestra vida, y a la vez, eso en que hemos sido arrojados tenemos que hacerlo por nuestra cuenta, por decirlo así, fabricarlo. O dicho de otro modo: nuestra vida es nuestro ser. Somos lo que ella sea y nada más; pero ese ser no está predeterminado, resuelto de antemano sino que necesitamos decidirlo nosotros, tenemos que decidir lo que vamos a ser, por ejemplo, lo que vamos a hacer al salir de aquí. A esto llamo «llevarse a sí mismo en vilo, sostener el propio ser». . . .

. . .

. . . [H]ablamos con frecuencia de que sufrimos una «pesadumbre», de que nos hallamos en una situación «grave». Pesadumbre, gravedad son metafóricamente traspeustas del peso físico, del ponderar un cuerpo sobre el nuestro y pesarnos, al orden más íntimo. Y es que, en efecto, la vida pesa siempre, porque consiste en un llevarse y soportarse y conducirse a sí misma. Sólo que nada embota como el hábito y de ordinario nos olvidamos de ese peso constante que arrastramos y somos; pero cuando una ocasión menos sólita se presenta, volvemos a sentir el gravamen. Mientras el astro gravita hacia otro cuerpo y no se pesa a sí mismo, el que vive es a un tiempo peso que pondera y mano que sostiene. . . .

Unas lecciones de metafísica. Lección II

1932-1933 (O. C., XII, 36, 37)


. . .

      Si la vida consistiese sólo en su primer atributo y fuese no más que un enterarse y darse cuenta —como ha creído toda la época moderna— equivaldría el vivir a asistir a un espectáculo, cómico, trágico o gris; uno sería sólo espectador. Pero además es circunstancial, es estar el hombre, quiera o no, entregado a un contorno determinado, tendremos que la vida es darme cuenta, enteramente de que estoy sumergido, náufrago en un elemento extraño a mí, donde no tengo más remedio que hacer siempre algo para sostenerme en él, para mantenerme a flote. . . .

Unas lecciones de metafísica. Lección III

1932-1933 (O. C., XII, 47)


      El ser del hombre es lo que este suele llamar su vida. Somos nuestra vida. Ahora bien, la vida de cada cual consiste, por lo pronto, en que se encuentra teniendo que existir en una circunstancia, contorno, mundo o como quieran ustedes llamarlo. Esa circunstancia o mundo en que, quéramos o no, tenemos que vivir no podemos elejirlo nosotros, sino que, sin nuestra anuencia previa y sin saber cómo nos encontramos disparados sobre él, arrojados a él, náufragos en él y para sostenernos en él y vivir no tenemos más remedio que hacer siempre algo, que salir nadando. . . .

Unas lecciones de metafísica. Lección VI

1932-1933 (O. C., XII, 73)


. . . [E]sa respuesta de la gente, del vulgo, del común, que admito, una de dos: o la admito repensándola íntegramente y entonces propiamente no la recibo sino que la recreo con mi esfuerzo personal y haciéndola renacer de mi propia evidencia; o la admito sin revisarla, sin pensarla, por tanto, la admito precisament porque ya no la pienso sino porque la peinsa la gente, porque se dice. El fenómeno de abandono en el yo social, de no llevarse y sostenerse a sí mismo, sino de caer, como en un colchón, en la comodidad del «se dice», de la «gente», de la «opinión pública», de la masa, que ahora analizamos es el que acaece en iest último caso.

Unas lecciones de metafísica. Lección IX

1932-1933 (O. C., XII, 88)


. . . [Según el realista, s]on realidad las cosas porque están ahí y por sí, puestas por sí mismas, sosteniéndose a sí mismas en la existencia.

. . .

      En cambio, el idealista se encuentra con que le han quitado lo seguro, el mundo de debajo de las pies; se ha quedado sólo el sujeto como única relaidad. No hay, verdaderament, más que sus pensamientos. No puede, en consecuencia, apoyarse en nada porque no hay nada fuera de él. Tiene que sostenerse a sí mismo y como el Barón de la Castaña, tiene que salir del pozo tirándose a sí mismo de las orejas.

Unas lecciones de metafísica. Lección XII

1932-1933 (O. C., XII, 110, 111)


. . . [C]onsiste el vivir en que el hombre está siempre en una circunstancia, que se encuentra de pronto y sin saber como sumergido, proyectado en un orbe o contorno incanjeable, in éste de ahora.

      Para sostenerse en esa circunstancia tiene que hacer siempre algo —pero este quehacer no le es impuesto por la circunstancia, como al gramófono le es impuesto el repertorio de sus discos o al astro la línea de su órbita.

En torno a Galileo. II. La estructura de la vida sustancia ce la historia

1933 (O. C., V, 23)


. . . Lo humano es la vida del hombre, no su cuerpo, ni siquiera su alma. El cuerpo es una cosa: el alma es también una cosa, pero el hombre no es una cosa, sino un drama— su vida. El hombre tiene que vivir con el cuerpo y con el alma que le ha caído en suerte. Una y otra —cuerpo y alma— son los aparatos más próximos a él con las que tiene que vivir, es decir, con que tiene que existir en la circunstancea. Para existir en la circunstancia en que ha caído tiene que esforzarse en sostenerse dentro de ella— tiene que estar haciendo siempre algo. . . .

En torno a Galileo. V. De nuevo, la idea de generación

1933 (O. C., V, 23, 59-60, 123)


. . .[L]a vida consiste en que el hombre se encuentra, sin saber cómo, teniendo que existir en una circunstancia determinada y inexorable. Se vive aquí y ahora, sin remedio. Esta circunstancia en que tenemos que estar y sostenernos es nuestro contorno material, pero también nuestro contorno social, la sociedad en que nos hallamos. . . .

En torno a Galileo. X. Estadio del pensamiento cristiano

1933 (O. C., V, 23, 59-60, 123)


      Me encontré, pues, desde luego [1914], con esta doble averiguación fundamental: que la vida personal es la realidad radical y que la vida es circunstancia. Cada cual existe náufrago en su circunstancia. En ella tiene, quiera o no, que bracear para sostenerse a flote.

Prólogo para alemanes

1933-1934 (O. C., VIII, 44)


      La nota más trivial, pero a la vez lo más importante de la vida humana, es que el hombre no tiene otro remedio que estar haciendo algo para sostenerse en la existencia. . . .

"Historia como sistema"

1935 (O. C., VI, 13)


      Doctrina tal es lo que se ha llamado intelectualismo, la idolatría de la inteligencia, que aísla el pensamiento de su encaje, de su función en la economía general de la vida humana. ¡Como si el hombre pensase porque sí, y no porque, queira o no, tiene que hacerlo para sostenerse entre las cosas! . . .

"Ensimismamiento y alteración"

1939 (O. C., V, 309)


      El hombre, incluso el hombre de la calle, más todavía, incluso el hombre-masa que tanto desprecia al filósofo —el hombre-masa y el filósofo se desprecian mutualmente hasta la raíz—; el hombre —digo—, cualquiera que él sea, no sabe que, sín saberlo, va lanzado, ilusionado, sostenido, en su vivir, por una filosofía que queda quieta a su espalda.

. . .

. . . La ontología griega consiste en el análisis del modo de ser un cuerpo, según éste se presenta a nuestros ojos. El resultado de este análisis fueron las categorias, las cuales son la clasificación no de los entes que hay, no de las cosas, sino del modo de ser de esos entes. Por ejemplo: un color no puede existir sin un cuerpo por el cual se extienda. Por sí mismo, aislado, el pobre color no podría existir. Es menester que un cuerpo sostenga su existir. Por tanto el ser del cuerpo es una realidad mayor y primordial frente al ser de los colores. El color no será sensu tricto «cosa» sino sólo cualidad de una cosa. Su modo de ser, apoyado en la verdadera cosa que existe por su cuenta propia, será el ser sustancia, etc., etc. . . .

. . .

      Para Aristóteles, el ser del color no puede tener la pretensión de valer como ser primordial. Porque el color necesita extenderse por un cuerpo; necesita, por tanto, otra cosa que le sostenga en el ser. La realidad, pues, del color no es independiente, sino que depende de la cosa. La cosa es antes que su color: está detrás o debajo de su color, es substancia de el; en suma: es principio.

. . .

. . . Vida, sin una u otra filosofía es invivible. No que deba ser así, sino que, absolutamente, es así. Y quien no lo advierte es que ignora la torpe, la tosca, la irresponsable filosofía que le sostiene, que le orienta, y en que va envuelto como la tropilla pampera en la nublecita de polvo que el sol declinante orifica.

. . .

. . . Vivir significa, pues, encontrarse en determinadas circunstancias y tener que estar siempre haciendo algo para sostenerse en ellas.  

 

"La razón histórica" (Buenos Aires)

1940 (O. C., XII, 169, 171, 173, 191, 192)


. . . Creencia no es una idea a que prestamos nuestra mental adhesión, una idea que nos convence, por ejemplo, una «verdad científica». Las ideas, y especialmente esas «verdades científicas», nacen, se nutren y sostienen en la discusión, viven de razones. Pero las auténticas creencias no se nos presentan como ideas. Si así fuese, no las «creíamos». Creer algo es sernos la realidad misma; por tanto, algo que no se nos ocurre poner en cuestión, discutir ni —hablando con rigor— sostener. Son las creencias quienes nos sostienen, porque se nos presentan como la pura realidad en que «nos movemos, vivimos y somos».

"Del imperio romano. Introducción. Concordia y creencia"

verano 1940 (O. C., VI, 61)


      No desperdiciemos la ocasión de hacer notar la enorme importancia del descubrimiento que hace Aristóteles al intentar concebir el movimiento que es el pensar. Le pareció que veía al ser por dentro. El ser de las demás cosas puede parecer estático. Los mismos cambios y movimientos de los cuerpos parecen terminar en ser estabilizado. Pero en la realidad pensar, «ser» no es algo estático, no es figura quieta, sino que es un hacerse el ser a sí mismo, un incesante engendrarse; en suma, que el vocablo «ser» adquiere el valor de verbo activo, de ejecución, de ejercicio. A la concepción estática de los puros griegos este hombre nacido en el borde de la Helade sustituye una concepción dinámica. Ya no cabe poner como ejemplo de ser una figura geométrica que es puro aspecto o espectáculo, sino que «ser» va a significar el esforzado sostenerse de algo en la existencia.

[Prólogo] "A «Historia de la filosofía», de Émile Bréhier. (Ideas para una historia de la filosofía)Pensamento y «progreso hacia sí mismo» en Aristóteles"

1942 (O. C., VI, 415, n. (1))


. . . Recuerden ustedes el temple de ánimo con que salen de caza y sobre todo la sensación vital en que se hallan cuando, llegados al campo, inician la faena venatoria. Lo que sienten —¿no es cierto?— es una impresión como de haberse evadido no se sabe de qué cárcel o prisión. Parece como si el sentirse vivir cazando fuese toda una vida completamente opuesta por sus caracteres a la vida cotidiano. Ésta se halla constituída  por innumerable obligaciones, mayores o menores —y obligación significa sentirse ligado, atado, preso—; son las obligaciones que nos impone el trato con los demás. Trato que suele consistir en tratar con ellos asuntos cuya solución nos mantiene llenos de preocupacciones, las cuales, a su vez, sentimos como pesadumbres. La vida normal es, en efecto, pesadumbre, nos pesa porque tenemos que llevarla y sostenerla a pulso, a fuerza de voluntad. Pues bien, recordarán que al salir de caza ese sentimiento de evasión, de liberación, es a la vez un desaparecer la pesadumbre, un perder peso nuestra existencia y como si, en vez de sostenerla nosotros a pulso, fuese ella quien nos lleva en volandas. . . .

La caza y los toros. [La caza solitaria]

1945 (O. C., IX, 454-455)


. . . La vida es prisión en la realidad circunstancial. Puede el hombre quitarse la vida, pero si vive —repito— no puede elegir el mundo en que vive. Esto es siempre el de aquí y ahora. Para sostenernos en él tenemos que estar haciendo siempre algo. . . .

"Idea del teatro: Una abreviatura"

1946 (O. C., VII, 468)